Economía Crítica y Crítica de la Economía

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¿Sueñan los robots con la Renta Básica Universal?

Autor: Coral Martinez Erades y Juanca Martinez Coll

eldiario.es (Economistas Sin Fronteras)

Uno de los argumentos esgrimidos en favor de la Renta Básica Universal es que los robots están quitando el trabajo a los obreros; que los trabajadores se van a quedar masivamente sin empleo y por tanto necesitan una RBU que les permita vivir, dignamente, sin trabajar. Se proyecta así una sociedad futura “ideal” en la que una oligarquía capitalista posee un enorme ejército de robots controlados por una minoría privilegiada de obreros especialistas, mientras la mayoría social puede sobrevivir sin trabajar gracias a la RBU. ¿Es eso lo que queremos?

Quizás el actual miedo a los robots esté alimentado por esa imagen antropomórfica que nos ha dado de ellos la ciencia ficción. “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, describía en 1968 el mundo futuro de 1992 en el que los robots androides han sustituido a los humanos en los trabajos productivos y serviles. En 1982 Rydley Scott adaptó la novela al cine con el nombre de “Blade Runner”, esta vez ubicada en 2019. Recientemente se ha estrenado una nueva versión: “Blade Runner 2049”. Parece que ese futuro, utópico o distópico, nos lo ponen siempre próximo, pero cada vez más lejos, como la zanahoria al mulo. La promesa del palo (los robots) y la zanahoria (la RBU) se mueven con nosotras.

La RBU es un proyecto de la derecha ideológica ultraliberal. La defendió hace más de cincuenta años Milton Friedman, el economista neoliberal cofundador de la sociedad Mont Pelerin. Está experimentando con ella la coalición de centro derecha que gobierna en Finlandia, una especie de PP y C’s bálticos. La RBU más avanzada y en funcionamiento es la que se está aplicando en Alaska, gobernada por republicanos del ala más extrema como Sarah Pallin, la del “tea party”. La ha defendido más recientemente Jamie Dillon, el CEO de J.P. Morgan, en la última reunión de Davos, justificándola como respuesta necesaria a la robotización. Con la excusa de los robots, tratan de sustituir las prestaciones del Estado del Bienestar por rentas monetarias que se puedan gastar en el “libre mercado”.

Nos están engañando. Las máquinas, incluidos los robots, no le quitan el trabajo, ni nada, a nadie. Al revés, nos proporcionan más tiempo libre ya que con menos horas de trabajo podemos producir igual o mayor cantidad de bienes y servicios. A comienzos del siglo XIX los luditas y otros movimientos espontáneos trataron de romper las máquinas por miedo a perder sus empleos. Después se perdió el miedo, los obreros que trabajaban con máquinas obtuvieron sueldos más altos con menos horas de trabajo y se alcanzó el pleno empleo a pesar del extraordinario crecimiento de la población británica. Es cierto que los tejedores artesanos del s. XIX tuvieron que cambiar su forma de trabajar. Es cierto que los empleados de almacén actuales que conducen carretillas torito para mover paquetes están siendo despedidos porque hay carretillas robotizadas que hacen más eficazmente su trabajo. Pero si no encuentran empleo alternativo en España no es por los robots. Ni los robots, ni los inmigrantes, ni quien mañana se presente en tu puesto dispuesto a trabajar por un euro menos la hora son los causantes del desempleo en nuestro país. Hay otra respuesta a los robots, a los avances tecnológicos que aumentan la productividad, que consiste en crear más empleos y mejor repartidos.

En España hay mucho trabajo por hacer. En España se necesitan muchos trabajadores. Los sistemas sanitario, educativo, de cuidados al medio ambiente o a dependientes, menores y ancianos, son muy deficientes y con insuficientes trabajadores que, además, suelen lidiar con jornadas laborales exhaustivas. Hay industrias nacientes que producen o usan energías limpias y sostenibles, nuevos tipos de máquinas y generadores, nuevos productos, nuevos servicios. Las necesidades humanas están en continua expansión. Los deseos de la humanidad son y serán siempre insaciables y para satisfacerlos y progresar hace y hará falta siempre mucho trabajo. Lo que falta no es trabajo, es empleo. El empleo requiere una combinación de trabajo y capital, es decir, trabajadores y máquinas. Y en España, los que pueden invertir en máquinas (empresas y Estado) no lo están haciendo.

De momento y a pesar de los grandes avances tecnológicos, nunca como hoy ha habido tantas personas empleadas en el mundo. Según el Informe 2016 de la Federación Internacional de Robótica (IFR) el país más robotizado del mundo es Corea del Sur que tiene 53 robots por cada mil empleados. La tasa de desempleo en Corea es del 3,6%. El segundo es Singapur con 40 robots por cada mil empleados. Su tasa de desempleo es del 2,2%.  Los dos siguientes en robotización son Japón y Alemania con tasas de paro del 2,8% y del 3,7% respectivamente.

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El tiempo capitalista: la mercantilización de todo

Autor: Coral Martinez Erades

eldiario.es (Economistas Sin Fronteras)

Hay segundos más determinantes que décadas, años que pasan volando y momentos que se hacen eternos. El tiempo puede ser medido y percibido de distintas formas. Los griegos lo comprendían desde tres conceptos: Aión (duración de la vida), Crono (duración del tiempo o infinito) y Kairós (presente, decisivo). Mientras Crono es cuantitativo y terrenal, Kairós es cualitativo y tiempo de dioses.

Kairós representa un tiempo difícil de medir o comparar, relevante, determinante, adecuado, oportuno, en el que sucede lo especial, “el instante fugaz en el que aparece, metafóricamente hablando, una abertura que hay que atravesar necesariamente para alcanzar o conseguir el objetivo propuesto” 1 . Según Eurípedes “el mejor guía de cualquier actividad humana” 2. Sin embargo, Crono, un dios mucho más reconocido, es lineal y medible. Con Crono, los diferentes tiempos y momentos se comparan con una misma unidad de medida.

San Agustín, Kant, Husserl, Bergson y Heidegger analizaron la parte subjetiva del tiempo. Platón distinguía entre mundo inteligible y mundo sensible y Xavier Zubiri distingue entre tiempo mental y físico. Y más allá de la filosofía, Einstein demostró que a velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo pasa más despacio. Desde la economía, Marx y autores más recientes como Diego Levis o Álvaro Briales distinguen y caracterizan al tiempo capitalista.

En el tiempo capitalista, el tiempo de trabajo subordina al resto de tiempos cualitativos a través del dinero como unidad temporal de medida. El tiempo de trabajo es desde donde –y en torno al cual– articulamos el resto de tiempos. Claro ejemplo de ello son las vacaciones pagadas. Así, el reloj y el dinero determinan nuestra forma de valorar el tiempo abstracto, perdiéndolo, invirtiéndolo ohaciéndolo productivo. Comenzamos a utilizar el dinero como unidad de medida para otros tiempos y vamos mercantilizando no sólo el trabajo –convertido en trabajo asalariado o empleo–, sino otros aspectos de la vida, el tiempo que dedicamos a otras actividades. Eso es mercantilizar, convertir en transable, hacer que su valor de cambio prevalezca sobre su valor de uso y posibilitar que alguien pueda enriquecerse con ello.

Así, al igual que muchos espacios, muchos tiempos son mercantilizados. El tiempo de ocio no-lucrativo es colonizado por la enorme industria del entretenimiento; en el mercado laboral, la demanda de trabajo por parte del capital prima sobre las propias necesidades sociales; el tiempo dedicado a la educación es valorado –y el sistema educativo configurado– según su capacidad para satisfacer la demanda de trabajadores cualificados. Convertimos la educación en formación de capital humano y sacrificamos la filosofía, la música o el dibujo al dios Crono . Medimos cualquier actividad con la vara de la productividad y subestimamos toda actividad que no nos dé garantía de un alto valor transable.

Para más inri, la multiplicación de las fuerzas del capital –ésas que aumentan la división internacional de trabajo sólo porque ya lo han hecho previamente– hace que el trabajo haya transcendido su función como actividad creadora de riqueza material y busque la propia reproducción del trabajo. En este sentido, Álvaro Briales 3 argumenta que el tiempo en el que no estamos en un trabajo asalariado ni consumiendo es básicamente consumido por el “mantenimiento de la inmensa infraestructura social que pivota en torno al trabajar por trabajar”. Un trabajo ideado para auto-reproducirse.

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Hacia una economía más justa: MANUAL DE CORRIENTES HETERODOXAS

Autor: Economistas Sin Fronteras, Astrid Agenjo Calderón, Ricardo Molero Simarro, Desiderio Cansino Pozo, Marcos de Castro, Amaia Pérez Orozco, Alba Delgado, Luis Cardenas, Ivan H. Ayala, Fernando García-Quero, Jose Miguel Ahumada Franco, Laura de la Villa y Coral Martinez Erades

Economistas Sin Fronteras

Coordinación:


Astrid Agenjo, Ricardo Molero, Alba Bullejos y Coral Martínez


Índice:

Presentación, Astrid Agenjo y Ricardo Molero

Economía Ecológica, Desiderio Cansino y Marcos Castro

Economía Feminista, Amaia Pérez Orozco y Astrid Agenjo

Economía Institucional, Alba Delgado, Raquel Coello

Economía Marxista, Fahd Boundi y Marisa Bordón

Economía Post-keynesiana, Iván Ayala y Luis Cárdenas

Economía del Desarrollo, Fernando García Quero y José Miguel Ahumada

Epílogo, Laura de la Villa y Ricardo Molero

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La economía no existe

Autor: Coral Martinez Erades

Blog Zona Crítica en eldiario.es

La economía se consolida como disciplina a partir de una serie de supuestos de escasa relación con la realidad que pretende conocer. Autores como José Manuel Naredo o Karl Polanyi han tratado las convenientes causas y devastadoras consecuencias de partir de una dualidad (en realidad inexistente) entre economía y política. Cuando estudiamos cosmovisiones lejanas a la racionalidad occidental, como la comprensión del mundo de algunas comunidades indígenas ancestrales, descubrimos que partir de que economía y política son indisociables permite que los principios comunitarios y de reciprocidad primen sobre la búsqueda del provecho individual y la competencia o que el valor de uso prime sobre el valor de cambio, descubrimos que las cuestiones morales como las que plantean las jerarquías no desaparecen del análisis y gestión de la distribución material. De hecho, desde estas cosmovisiones, tampoco lo material es indisociable de lo espiritual y mucho menos el fin último de la organización social, política y económica, lo cual invita a cuestionar la promoción del crecimiento del PIB como fin supremo al que se debe subordinar absolutamente todo lo demás, como si más allá de la reproducción del capital no existiese la vida.

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Frente al TTIP, un otoño de luchas

Autor: Coral Martinez Erades y Mario Risquez Ramos

eldiario.es

En el primer capítulo de La Riqueza de las Naciones, escrito en una época en la que servicios públicos como el sistema de pensiones o la sanidad pública eran inconcebibles, Adam Smith, precursor y defensor de la teoría liberal sobre el comercio internacional, defendía el papel que debía asumir el Estado como garante de la defensa, justicia, obras e instituciones públicas, así como de aquellos “gastos de los soberanos” entre los que se incluían la educación y la cultura.

Tres siglos más tarde, en una Unión Europea dónde las grandes decisiones no se toman en el Parlamento Europeo, sino desde organismos que adolecen de un enorme déficit democrático –Comisión Europea, Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional-, y en una España donde se inyectan ingentes ayudas económicas a transnacionales en detrimento del bienestar de la mayoría de la población, cabría preguntarse sobre la posibilidad, no ya de una democracia participativa en la que podamos incidir sobre aspectos que afectan enormemente a nuestras vidas, sino de una democracia representativa en la que el principal regulador sea el Gobierno electo y no las grandes transnacionales que dominan el mercado.

Estos días se están llevando a cabo numerosas manifestaciones en todo el Estado para decir no al secuestro de la democracia representativa, no a la dilapidación de nuestras conquistas sociales, y, en definitiva, no al TTIP. El Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión o TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) es un Tratado de Libre Comercio que con absoluto secretismo se está negociando entre las élites políticas de Estados Unidos (EEUU) y la Unión Europea (UE). El Acuerdo busca hacer compatibles un gran abanico de normativas actualmente vigentes en ambos lados del Atlántico, en aras de poder aumentar tanto la cantidad como la variedad de productos y servicios que se comercian entre EEUU y la UE. Todo ello en un contexto en el que la crisis financiera y económica que azota a occidente, junto al buen desempeño económico de otras potencias como China, debilita la posición de EEUU y la UE como las dos grandes potencias económicas en el mundo.

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La mitificación de la lucha obrera. Apuntes sobre la movilización anti-TTIP

Autor: Coral Martinez Erades

Blog de Econonuestra en Público.es

“El TTIP ha descarrilado por las protestas” titula un reciente artículo de Owen Jones, autor del libro Chavs: la demonización de la clase obrera. En primer lugar, que el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión haya descarrilado está aún por ver. La globalización de políticas neoliberales no tiene por qué ser debatida y aprobada para que se implemente. En segundo lugar, si el TTIP tiene pocos visos de ser firmado y ratificado es debido al rechazo que genera entre las élites económicas y políticas a ambos lados del Atlántico, cuyos intereses no siempre coinciden.

Respecto a estos intereses irreconciliables planteo la siguiente hipótesis: los principales escollos para la firma del Tratado nacen de las disputas por el poder, no por el dinero. Los compartimentos de poder y dinero rara vez son estancos pero existen diferencias importantes. Como afirma Frank Underwood, el protagonista de House of Cards: “Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos pasados diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos”. Es decir, las diferencias en cuanto a denominaciones de origen o industria farmacéutica pueden resolverse o provocar que las cláusulas que les atañen sean excluidas del Acuerdo. Sin embargo, difícilmente las élites europeas estarán dispuestas a ceder a transnacionales estadounidenses el poder que ejercen sobre los grandes medios de comunicación o sobre la industria cultural.

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ICS: El nuevo mecanismo de resolución de controversias entre estados e inversores transnacionales.

Autor: Coral Martinez Erades

Blog de Econonuestra en Público.es

El Tratado de Libre Comercio entre Australia y EEUU (AUSFTA) no contempla un sistema de resolución de controversias entre inversores y estados porque ambos países consideraron, de forma explícita, que tienen sistemas legales robustos y desarrollados capaces de resolver las posibles diferencias entre inversores extranjeros y gobierno. Por el contrario y aún contando con un sistema que no es precisamente anti-inversores, la agresiva agenda de los lobbies de grandes corporaciones transnacionales europeas y estadounidenses parece no concebir una Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI o TTIP en inglés) sin tal mecanismo.

El “nuevo” Sistema Judicial de Inversión (ICS o Investment Court System), es más cortés -en las formas- que el “antiguo” mecanismo ISDS (Investors-State Dispute-Settlement) ya que: (i) el Tribunal de Primera Instancia (5 jueces de EEUU, 5 de la UE y 5 de terceros países) estará sujeto a revisiones de un Tribunal de Apelación (2 EEUU, 2 UE, 2 de terceros países) que operará sobre principios similares a los del Cuerpo de Apelación de la Organización Mundial de Comercio (OMC), (ii) las sentencias serán hechas por jueces designados públicamente, (iii) con una remuneración fija y (iv) cuyos puestos tendrán incompatibilidad con otros cargos.

No obstante, el ICS es tan eficaz como el ISDS a la hora de estrechar los márgenes de intervención estatal sobre cuestiones medioambientales, de salud, laborales, de servicios y contrataciones públicas, de derechos del consumidor así como de protección de datos y derechos de autor. Es decir, cuestiones cuyo reconocimiento legal afecta a diversos aspectos de nuestras vidas:

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TIIP: algo más que un TLC

Autor: Coral Martinez Erades

Blog de Econonuestra en Público.es

La Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre EEUU y la UE (ATCI) o TTIP por sus siglas en inglés, trasciende las históricas implicaciones de los Tratados de Libre Comercio (TLC).

En aras de un aumento en el volumen de intercambio de bienes y servicios entre EEUU y la UE, las élites políticas y económicas promotoras del TTIP consideran necesario eliminar y “armonizar” (hacer converger las regulaciones estadounidenses y europeas en una única regulación) lo que consideran barreras normativas y económicas al libre comercio. Dado que los impuestos a la importación son extraordinariamente bajos a ambos lados del atlántico (con una media de 3,5% en EEUU y 5,2% en la UE según la Organización Mundial de Comercio) las negociaciones se centran en áreas cuya regulación está actualmente bajo el control de gobiernos nacionales o sub-nacionales. En definitiva, se persigue alterar normativas fundamentales a la hora de mantener garantizados derechos laborales, sociales, medioambientales, del consumidor y de protección de datos entre otros.

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TTIP: la falsa promesa de riqueza y empleo

Autor: Coral Martinez Erades

Rebelión

Las élites económicas y políticas a ambos lados del atlántico promueven la negociación de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre EEUU y la UE (ATCI o TTIP por sus siglas en inglés) en base a predicciones sobre crecimiento del PIB y del empleo. El “pan barato y salarios altos” al que se refería Marx, parece haberse convertido en riqueza y empleo, “el único objetivo en aras del cual los freetraders han gastado millones” (Marx 1848). Sin embargo, el optimismo de estas predicciones solo es posible debido a lo que De Ville (2014) define como “un significativo grado de ambigüedad constructiva”. De Ville se refiere a aquellas variables fundamentales para calcular el impacto del TTIP, que aún están por determinar como el propio resultado de las negociaciones, particularmente en lo que se refiere a convergencia regulatoria.

La ideología que construye el discurso sobre los beneficios del Tratado se basa en la competitividad. Sin embargo, debemos ser conscientes de que las políticas liberales están orientadas a la competitividad espuria, esto es, rebajar el gasto público y empeorar las condiciones laborales, paradójicamente las principales herramientas para espolear la productividad. Tal y como argumenta Krugman (1994) la obsesión por la competitividad además de derivarse de preconcepciones inciertas, es realmente peligrosa. En el mismo sentido se pronuncia Husson (2013): “La idea de bajar salarios para crear empleo nunca ha funcionado y es una estafa. Cuando se observa a (…) Grecia, España y Portugal vemos una reducción muy fuerte del costo salarial, pero la contrapartida no es una mejor competitividad en términos de precios a la exportación, sino un aumento de las tasas de beneficios”.

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