Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Universidad, mercancía y reproducción de clases

Autor: Damian Herrera

ctxt.es

La economía capitalista requiere de una sociedad cuya estructura social se encuentre fuertemente jerarquizada. Una polarización básica subyacente divide a la sociedad en dos clases sociales diferenciadas por su relación con la propiedad de los medios de producción. Esta polarización básica, capitalistas/trabajadores, lleva más de un siglo sometida a un rápido proceso de división de la clase trabajadora que hace difícil unificar bajo el mismo marco de relaciones de clase a todas y todos los trabajadores, si bien, como denominador común, siguen compartiendo el hecho de que las condiciones de su existencia dependen de un salario. Tal proceso de fraccionamiento de la clase trabajadora es el reflejo de la fragmentación de la organización social del trabajo. La división del trabajo en el sistema económico capitalista deviene del control sobre la ejecución del trabajo, así como también de los efectos de una tecnología orientada hacia la productividad y la maximización del beneficio.

Durante los años 60 del siglo pasado, la teoría económica clásica planteó que la educación explicaba mejor que otros factores el incremento de la productividad industrial y el beneficio económico. Este hecho desató una fiebre expansionista de la educación en los gobiernos occidentales. La tecnología, por entonces, daba sus primeros pasos para dejar de ser sólo una herramienta en el proceso de transformación de la materia prima, y convertirse en la materia prima misma.

Bajo los presupuestos del modelo de acumulación capitalista contemporáneo, la economía iba a necesitar incrementar el conocimiento técnico de la masa laboral en todos los niveles de producción. Políticos y grandes capitalistas dieron carta blanca al empleo de recursos para su materialización. Organizaciones internacionales como el BM o el FMI, comenzaron a trabajar en esta línea.

A partir de entonces, las instituciones educativas, especialmente las de nivel superior, sufrieron una presión sin parangón en la historia. La riqueza de la nación pasaría a depender del conocimiento alcanzado por el conjunto de la sociedad. El mérito educativo tendría un lugar privilegiado como ascensor social al lado de la riqueza y de la propiedad. El talento se erigió como baluarte de las políticas educativas en el nuevo discurso económico y social de corte neoconservador que resurge con fuerza en los 80 y se desarrolla contumaz hasta nuestros días.

Sin embargo, la fiebre expansionista de la educación superior realmente llegó a pocos hijos e hijas de la clase obrera. Su participación en la Universidad en 1991 apenas era del 9,7%. En la actualidad, hijos e hijas de familias obreras urbanas y rurales, representan el 31%. A pesar de ello, la incipiente apertura de la universidad a la sociedad durante los años 70 en Europa no dejó de suscitar suspicacias entre algunos teóricos del determinismo tecnológico. Estos apuntaban posibles desestabilizaciones “gramscianas” de la mano de la democratización del conocimiento. Ya entonces, el sociólogo Pierre Bourdieu advirtió que tal cosa no se produciría debido a que la Universidad era un espacio dominado por las élites profesionales, y además, la expansión se estaba produciendo del lado de las ramas técnicas, carentes de pensamiento crítico, elemento de emancipación necesario.

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En defensa de una nueva política de rentas

Autor: Carlos Ochando

La Paradoja de Kaldor

Los sindicatos españoles mayoritarios llevan asumiendo durante bastantes años (incluso en la larga etapa de crecimiento económico entre 1995-2007), de manera implícita o explícita, una estrategia sindical de moderación salarial. El argumento que sustenta tal estrategia es la consideración de que la moderación salarial es la pieza clave para la consecución de otros objetivos, entre ellos, el crecimiento económico y la creación de empleo. Se trataría de una especie de “política de rentas voluntaria y/o implícita”.

La llegada de la crisis económica ha reforzado esta estrategia. El I Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva, firmado por CEOE-CEPYME, CCOO y UGT el 9 de febrero del 2010 para una vigencia de tres años (2010, 2011 y 2012), establecía un crecimiento salarial del 1% (2010), entre el 1% y 2% (2011) y entre el 1,5% y 2,5% (2012).  En el II ANEC que se firmó el 25 de enero del 2012 para otros tres años de vigencia (2012, 2013 y 2014), el compromiso de moderación salarial todavía fue mayor. Para 2012, los salarios pactados no debían exceder del 0,5%, en el 2013 el tope se fijaba en el 0,6% y para el 2014 se pactó una fórmula un poco más compleja: el aumento de los salarios pactados debía ajustarse al ritmo de la actividad de la economía española (aunque, en realidad, el objetivo se fijó en el 0,6%).

En julio de 2014, Gobierno, CEOE-CEPYME, CCOO y UGT pactaron un “Acuerdo de propuestas para la negociación tripartita con el objetivo de fortalecer el crecimiento económico y el empleo” y en mayo del 2015 se llegó a un acuerdo de rentas para los años 2015, 2016 y 2017. En 2015 la subida salarial pactada fue del 1% (dejando que la subida salarial se pueda adecuar a las circunstancias de cada empresa); para el 2016 hasta el 1,5% y para 2017 la subida se dejó abierta, dependiendo de la evolución del PIB en 2016 y de las previsiones macroeconómicas del gobierno para ese año 2017. La negociación fue muy larga y difícil porque la CEOE insistía en la necesidad de mantener la moderación salarial (proponía una subida salarial del 0,6% para el 2015 y del 0,8% para el 2016 y que las subidas salariales estuvieran vinculadas a la evolución del PIB).

El crecimiento económico posterior y una cierta recuperación del empleo a partir de 2014 -aunque precario y de bajos salarios- han estimulado que los propios sindicatos reclamen una cierta subida salarial. Por ejemplo, en enero de este mismo año CCOO ha propuesto una subida salarial en torno al 3% o por encima de esta cifra (dependiendo de las empresas y sectores) y pide vincular los salarios a las previsiones de inflación, a la evolución de la productividad y a la mejora de los salarios más bajos de la economía.

La necesidad de articular una estrategia de subida salarial ha estado avalada por algunos organismos internacionales. Por ejemplo, la OIT la lleva reclamando desde hace unos años. Hasta el BCE –que, finalmente, reconoció la existencia de una crisis de demanda en la eurozona que provoca estancamiento económico y baja inflación- ha dicho que ha llegado el momento de una subida salarial.

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Jornades ATTAC Catalunya “El treball em mata” (Barcelona, 16 i 17 febrer)

Autor: Endika Alabort Amundarain

ATTAC Catalunya organiza las jornadas ”El treball em mata” el 16 y 17 de febrero. El viernes 16 comenzarán  a las 18:00 con la presentación de las jornadas debatiendo sobre el trabajo y su crítica como forma de dominación. El sábado por la mañana serán tres los debates. El primero se tratará desde cuando el trabajo es trabajo, seguido de la conferencia taller Desmontando el mito del esfuerzo. Para finalizar, habrá una mesa redonda que tratará las alternativas al trabajo productivo asalariado, en la que participará ICEA.
Las jornadas serán en el Casal del Barri Pou de la Figuera (c/ Sant Pere Més Baix 70, Barcelona, salida metro Urquinaona).

Apuntes sobre la desigualdad: género, clase y estructura salarial (Cuaderno de postcrisis: 4)

Autor: Albert Recio Andreu

Mientras Tanto

I

El aumento de las desigualdades vuelve a estar en el centro del debate social, aunque, por desgracia, parece más un tema para llenar las tertulias mediáticas que un argumento fuerte de las políticas socioeconómicas. El grueso de las políticas que promueven los grandes organismos internacionales están en el centro de la creación de desigualdades. Sin la elaboración de propuestas alternativas y la generación de amplios movimientos sociopolíticos, es difícil que vayan a producirse cambios profundos en este campo. Más bien hay pistas de que las cosas aún pueden ir a peor.

Cuando analizamos los debates actuales sobre el tema, surgen al menos tres campos en que se ha puesto de manifiesto: el de la desigualdad global entre clases sociales, el de las desigualdades entre los asalariados y el de las desigualdades de género. Deberíamos añadir, además, las desigualdades entre países. Por razones de espacio me voy a limitar a comentar los tres primeros temas y me centraré sólo en un aspecto de la desigualdad, el de la renta, aun sabiendo que el campo de la desigualdad abarca otros muchos espacios. Seguir leyendo…

Italia y el “desorden” laboral

Autor: Fernando Luengo

Otra Economía

El pensamiento económico dominante, siempre dispuesto a poner sobre la mesa indicadores que, de una tacada, proporcionen información significativa y sintética sobre la salud de una economía, utilizan a menudo los “costes laborales unitarios nominales” (CLUN). Su aumento dispara las alarmas, pues se asocia a la existencia de una presión alcista sobre los costes (laborales), con el consiguiente deterioro de la productividad y la pérdida de competitividad; mientras que un comportamiento moderado de los mismos es prueba de prudencia y revela fortaleza económica.

En Italia, entre 2010 y 2018, los CLUN, según la información estadística proporcionada por Eurostat, han aumentado un 6,2%; un porcentaje sustancial cuando se compara con lo acontecido en la economía española, donde, en idéntico período, han retrocedido más de dos puntos porcentuales, un 2,5%.

Para analizar qué hay detrás del crecimiento de los CLU en Italia –indagación imprescindible para extraer las conclusiones correctas en materia de política económica- conviene tener presente que este indicador relaciona el salario medio expresado en términos nominales (es decir, incluyendo los precios) y la productividad del trabajo real o en volumen (esto es, sin contabilizar la parte de ese aumento imputable a la variación de los precios).

Reparemos, por lo tanto, en que, al comparar una magnitud nominal (en el numerador) con otra real (en el denominador) es normal –sin entrar en el debate de si es “bueno” o “malo” en términos económicos- que se contabilice un crecimiento de los CLU; cabe calificar de excepcional, y de anómalo, lo contrario: la evolución de nuestra economía en los últimos años, y la de Alemania desde la implantación del euro.

Aclarado este asunto, estrictamente conceptual, entremos en materia. ¿Qué evolución han seguido en Italia los componentes que integran los CLUN? Se aprecia que la compensación nominal por empleado entre 2010 y 2018 ha aumentado un 6,6% (menos de un 1% anual). Como quiera que el índice de precios al consumo lo ha hecho en un 11%, el resultado es que los trabajadores en promedio han perdido capacidad adquisitiva. Esta evolución encaja con que la participación de los salarios en la renta nacional se haya reducido, en casi un punto porcentual aproximadamente.

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La letra pequeña de los datos de empleo del cuatro trimestre de 2017

Autor: Eduardo Garzón Espinosa

Saque de Esquina

1) Desde que el PP llegó al gobierno el número de personas paradas ha caído en 1.520.600 pero de todas ellas sólo 845.400 han pasado a trabajar. El resto (675.300) emigraron, se jubilaron o dejaron de buscar empleo.

2) Hay 1,7 millones de personas ocupadas menos que antes de la crisis y todavía hay 3,8 millones de personas en paro. La tasa de paro se sitúa en el 16,55%, un nivel propio de Estados fallidos o de países recién salidos de una guerra civil. Si en el cálculo de la tasa de paro tuviésemos en cuenta a las personas que quieren trabajar pero que no buscan empleo y a las que trabajan a tiempo parcial pero que siguen buscando empleo a tiempo completo, la tasa sería del 25,1% y no del 16,5%.

3) En la actualidad se realizan prácticamente las mismas horas de trabajo a la semana que cuando llegó el PP al gobierno; sólo han aumentado un 1,7%. Ahora se realizan 75 millones de horas de trabajo a la semana menos que antes de la crisis, un 11,7% menos.

4) Hoy hay 495.300 personas asalariadas temporales más que cuando el PP llegó al gobierno, y sólo hay 276.800 indefinidas más. El peso de los contratos temporales sobre el total ha aumentado durante este periodo desde el 24,8% al 26,7%. España registra actualmente la tasa de temporalidad más elevada de los 28 países de la Unión Europea (exceptuando a Polonia), casi duplicando la media.

5) Los contratos temporales de reducida duración han aumentado durante los años de gobierno del PP: en 2017 se han firmado 31.400 contratos de un día de duración más que cuando el PP llegó al gobierno.

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El cepo del trabajo

Autor: Jorge Moruno

Apuntes de Clase (La Marea)

Se nos presenta un escenario según el cual estaríamos ante un dilema: o bien ante el fin del trabajo, o por el contrario, atravesamos un periodo de transición laboral hacia nuevos sectores que ofrecerán empleos que todavía hoy no conocemos. En el primer caso, desparecería la necesidad de hacer nada para vivir. En el segundo, solamente tendríamos que reciclarnos laboralmente para conseguir adaptarnos. Pero es entre medias donde se encuentra, por igual, una intensificación de la precariedad así como la posibilidad de emancipación.

Voy a tratar de radiografiar la realidad a la que considero que nos enfrentamos. Empecemos por lo que está más asentado y naturalizado como una parte de la condición humana, aquello que “nace con la persona” como cantaba Raphael, esto es, el trabajo. El trabajo, tal y como lo entendemos, es una noción moderna, una categoría histórica. El mero hecho y la premisa de imaginar actividades distintas y concretas como parte de un mismo concepto que las reúne a todas bajo el “trabajo”, ya es algo propiamente moderno.

Cuando el trabajo se convierte en una actividad pública y en la principal forma de mediación social, tiene lugar lo que conocemos como la sociedad de trabajadores que forja una ética propia; “la religión del trabajo”, como afirmaba el filósofo catalán Jaume Balmes. En la sociedad de trabajadores, quienes tienen que trabajar para obtener un salario, la fuerza de trabajo, viven encerrados en un cepo. La fuerza de trabajo es formalmente libre de venderse a quien quiera, pero en realidad depende de que la quieran comprar; si no consigue venderse no es nada, pero cuando consigue venderse se somete a una relación de dependencia con un tercero.

El capitalismo borra su propia historia y hace pasar su propia forma social como la única forma posible de funcionar en sociedad. El hecho de que en cualquier tipo de sociedad el ser humano haya transformado la materia e intervenido en la naturaleza para construir objetos y utilizarlos, no nos dice nada del trabajo como una actividad que estructura y media a la sociedad generando una “relación entre personas oculta bajo una envoltura de cosa” (Marx). Solo en la sociedad moderna, es decir, la capitalista, se instala el fetiche donde el tiempo social humano gastado en producir un objeto define el valor de dicho objeto.

Ese tiempo de trabajo humano gastado –da igual en qué se gaste siempre que lo producido se venda– se convierte en el atributo “objetivo” que le confiere valor al objeto. Ese atributo, el tiempo invertido que genera valor, es una relación social que se expresa en la forma de dinero. Cuando Europcar utiliza el eslogan Time is money, está sintetizando la relación básica que define la riqueza en nuestra sociedad. El dinero puede medir y hacer de equivalente entre cosas de naturaleza distinta, porque expresa esa “sustancia” común compartida por trabajos diferentes –el gasto indiferenciado de tiempo humano de trabajo– que pasa desapercibida cuando alguien compra un producto usando dinero. El valor ni se toca ni se ve, pero opera como ley social que dinamiza la finalidad de la producción. Esto no sucedía en sociedades no capitalistas. La mercancía es nuestro tótem moderno, nuestro fetiche.

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¿Es posible reducir la jornada laboral?

Autor: Verónica Castrillón Serna y Jon Bernat Zubiri Rey

Hordago – El Salto

El estudio de una propuesta de reparto del trabajo para Gipuzkoa demuestra que las políticas de Reducción de Tiempo de Trabajo son necesarias, justas, y sobre todo, viables para luchar contra el paro. Siendo Navarra el único lugar dónde se encuentran ahora mismo sobre el tablero político, consideramos que la implantación de medidas que permitan la reducción del paro, una distribución más justa de la renta, una tributación más equitativa entre salarios y beneficios y un reparto del empleo y del trabajo de cuidados son necesarias, justas y viables.

Traperos de Emaús
Traperos de Emaús. En esta empresa de la economía social llevan desarrollando positivamente desde su inicios políticas de reparto de trabajo. Foto : Jone Arzoz

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España a la cabeza de los países con más becarios y peor tratados

Autor: Eduardo Garzón Espinosa

Artículo publicado en el número 54 de La Marea

Una beca es por definición una subvención para realizar estudios o investigaciones. No obstante, este término ha llegado a ser empleado para referirse a figuras económicas y laborales notablemente diferentes.

Actualmente podríamos distinguir varios tipos de becas. En primer lugar tenemos las ayudas directas para los estudios, normalmente dirigidas a estudiantes de cualquier nivel de enseñanza con pocos recursos. En segundo lugar tenemos las becas de colaboración, dirigidas a universitarios para que realicen tareas en algún departamento de su universidad a cambio de una contraprestación económica. En tercer lugar, las becas de formación de personal investigador, que tienen lugar en centros de investigación (normalmente en universidades) y a la que acceden sobre todo estudiantes que se quieren doctorar. En cuarto y último lugar, están las becas realizadas en una empresa o en una administración pública, que pueden ser curriculares (formar parte de la etapa de estudios) o no (dirigida a personas que han terminado la universidad), y que pueden estar reguladas mediante un convenio entre la empresa o la administración y el centro de estudio o no estarlo (de forma que son diseñadas unilateralmente por las empresas). Al margen de estas becas existen los contratos en prácticas, muy parecidas a las últimas becas señaladas pero que suponen una relación contractual –las becas nunca lo hacen-, de ahí que los beneficiarios suelan ser llamados coloquialmente becarios), y los contratos de formación, dirigidos a personas sin cualificación reconocida por el sistema educativo.

Pues bien, de todos estas becas las más abundantes e importantes son las del cuarto tipo, y concretamente aquellas que son diseñadas unilateralmente por las empresas y dirigidas a personas que acaban de terminar sus estudios. Hace unos veinte años esta fórmula apenas existía y, sin embargo, en la actualidad está cogiendo una importancia tremenda porque las empresas la están utilizando para hacerse con mano de obra muy cualificada a un precio muy reducido. Es imposible conocer cuántas becas de este tipo existen porque sólo se registran aquellas que cotizan a la Seguridad Social (que legalmente deberían ser las que reciben alguna remuneración), pero al menos éstas nos ofrecen una buena panorámica del asunto. Como se puede ver en el gráfico, desde diciembre de 2013 hasta agosto de 2017 el número de becas que cotizan aumentó en un 53,2%, un ritmo muy superior al que ha crecido cualquier otro tipo de contrato laboral, y que se ha mostrado independiente al ciclo económico.

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Salario mínimo y mercado laboral (Cuaderno de postcrisis: 3)

Autor: Albert Recio Andreu

Mientras Tanto

El acuerdo sobre el aumento del salario mínimo firmado el pasado 26 de diciembre entre Gobierno y sindicatos ha sido presentado por algunos comentaristas como el inicio del cambio en el mercado laboral. De llevarse a cabo, representaría un aumento del 20% del salario mínimo. Su impacto queda diluido porque se produce en un periodo de cuatro años y el aumento más significativo se plantea al final. ¿Se trata de un primer cambio radical en el mercado laboral? ¿Va a tener un impacto importante en la transformación del mercado laboral? Que el salario mínimo aumente significativamente es una buena noticia, aunque cabe ser escépticos respecto a sus resultados por distintos motivos.

En primer lugar, por la propia historia del salario mínimo. Éste se encuentra, en términos de capacidad de poder adquisitivo, entre los más bajos de Europa. Y ha experimentado un deterioro real de largo plazo, porque durante largos períodos creció por debajo de la inflación. En la era Aznar se impuso la norma de aumentarlo cada año el 2%, muy por debajo de un ritmo inflacionario en torno al 5% (la devaluación real era mayor porque en el cálculo del IPC no se incluye la compra de vivienda, que en plena burbuja ya se había convertido en uno de los problemas más graves de mucha gente). Cuando llegó Zapatero, se comprometió con los sindicatos a elevar progresivamente el salario mínimo hasta los 800 euros. Y, cuando trató de incluir un mecanismo de revisión automática ante la inflación, Zapatero se enfrentó (y cedió) ante la feroz rebelión de su propio Ministro de Economía (Pedro Solbes) y de la cúpula del Banco de España. Al final de su mandato el salario mínimo se había quedado en 641,4 €uros mensuales (por catorce pagas). Rajoy lo ha tenido congelado hasta finales de 2016, y tras dos aumentos en 2018 se situará en 736 Euros, lejos del objetivo de Zapatero y de los 850 que se anuncian al final. Unos 850 euros condicionados a la marcha de la economía española, o sea con un futuro tan incierto como el compromiso que alcanzaron en el pasado los sindicatos con UGT y CCOO. De llegar a aplicarse la medida, su cuantía situaría el salario mínimo español en el 44% del salario medio a tiempo completo en 2015 (último dato disponible), o en el 51,5% del salario medio total, o sea claramente en una situación de ingreso insuficiente. Lejos de los 1000 € mensuales que los sindicatos plantean como salario mínimo en la negociación colectiva.

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Lo que oculta el aumento del empleo en 2017

Autor: Alberto Montero Soler

eldiario.es

Que se reduzca el desempleo y aumente el número de cotizantes a la Seguridad Social nunca pueden ser malas noticias en una economía que experimenta desde hace ya demasiados años una de las tasas de paro más altas de la Unión Europea.

Sin embargo, los datos con los que se ha cerrado el mes de diciembre en términos de afiliación a la Seguridad Social no dejan de ocultar realidades preocupantes que deberían alejarnos de su lectura complaciente y animarnos a sondear críticamente su anverso con el ánimo de identificar tendencias de fondo que pudieran generar más problemas a futuro de los que aparentemente ayudan a resolver a presente.

Aunque solo sea en su dimensión cuantitativa hay dos notas que hay que señalar.

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La trampa y el discurso tramposo de la subida del salario mínimo

Autor: Fernando Luengo

La Marea

El anunciado, a bombo y platillo, aumento del salario mínimo es una buena noticia que, sin duda, habrá llenado de desasosiego y perturbación a la tradición más conservadora del pensamiento económico, dominante en las universidades, los centros de investigación, los servicios de estudio de los bancos y las escuelas de negocio.

Esta tradición ha defendido, y todavía defiende, que la mera existencia del salario mínimo –no sólo su fijación en un nivel “elevado”- es contraproducente, es un factor de perturbación para el funcionamiento eficiente de la economía. Pongo entre comillas el término “elevado” porque para estos economistas -que, por cierto, habitan en la zona más confortable de la sociedad, disfrutando de una posición privilegiada y percibiendo elevadas retribuciones- ese nivel debe ser cada vez más bajo.

Desde ese relato se argumenta que la reducción del salario mínimo o, mejor aún, su eliminación contribuiría a la creación de empleo, precisamente entre los trabajadores con una situación más precaria, aquellos que ofrecen en el mercado de trabajo menos cualificación. La retribución de estos colectivos, muy inferior al promedio recibido por los trabajadores, compite con el salario mínimo, por lo que su reducción o su eliminación actuaría de estímulo entre las empresas, que verían de este modo reducirse los costes de contratación, con el consiguiente aumento del empleo.

Numerosos estudios han puesto de manifiesto, sin embargo, que la represión salarial (moderación de los costes laborales, según el tramposo lenguaje oficial) no permite aumentar el nivel de empleo, sino todo lo contrario; y que los salarios bajos, además de lastrar la demanda agregada, actúan como freno a la renovación y modernización de las capacidades productivas. Pero, como otros tantos axiomas defendidos desde la economía convencional, la acumulación de reflexión teórica y de evidencia empírica en su contra no ha servido para pasar página.

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¿Dónde está la precariedad laboral?

Autor: Lina Galvez

eldiario.es

Anoche, tomando cervezas en un bar, un camarero me reconoció. Había sido alumno mío hacía unos años en la licenciatura de dirección y administración de empresas. Siempre me da alegría ver a un antiguo alumno, pero reconozco que me entró una cierta angustia al ver que estaba trabajando de camarero diez años después de haberse licenciado. No es que la profesión de camarero no me parezca digna, simplemente no concuerda con su formación, ni posiblemente con las expectativas que él o sus padres tenían cuando estudiaba la carrera.

Sin embargo, cuando me puse a hablar con él me di cuenta de que al terminar la carrera había seguido los pasos de la mayoría de sus compañeros. Había entrado a trabajar en una entidad financiera, y luego en otra… y luego, no había podido más.Me contaba que los horarios, el trato y el salario eran peores que en su actual puesto de camarero.

A raíz de su confesión, un amigo contó que el otro día yendo al aeropuerto la conductora del autobús era una antigua alumna suya que contaba exactamente la misma historia. Que había entrado a trabajar en un banco, pero que no lo había aguantado y que sus condiciones de trabajo en la empresa municipal de transportes de Sevilla le parecían mucho más dignas.

Otra contó que su sobrina se había graduado en enfermería y que, tras un año de contratos por días y de tener que asumir la responsabilidad de lo que le pudiera pasar a los enfermos, decidió volver a poner albóndigas en el restaurante de Ikea porque Ikea era mejor empleador que los hospitales para los que había trabajado.

Las estadísticas nunca hilan tan fino como la vida misma, pero nos ayudan a entender el deterioro generalizado de nuestro mercado de trabajo y el porqué de las frustraciones de estos jóvenes y posiblemente de los cambios en las opciones políticas que observamos.

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La subida del salario mínimo anunciada por Rajoy tiene trampa

Autor: Eduardo Garzón Espinosa

La Marea

El pasado martes 26 de diciembre se anunció el pacto entre Gobierno, sindicatos y patronal para elevar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) un 4% en 2018, un 5% en 2019 y un 10% en 2020. Sin embargo, tal y como explicó el presidente del Gobierno, esa ruta de crecimiento solo se aplicará si se cumplen dos requisitos: 1) que el PIB de la economía crezca más de un 2,5% cada año, y 2) que el aumento de afiliación a la Seguridad Social sea superior a los 450.000 afiliados cada año.

Mariano Rajoy ha insistido en que son requisitos prudentes porque últimamente dichos niveles se están superando. Pero el hecho de que desde el año 2015 se haya crecido y creado empleo por encima de esos parámetros no quiere decir que en los tres años siguientes vaya a ocurrir lo mismo.

De hecho, todo el mundo sabe que la economía es cíclica y que a años de crecimiento económico siempre le siguen años de desaceleración e incluso recesión. Y las previsiones que se realizan para los años siguiente no son muy halagüeñas. Para 2018 tanto el Fondo Monetario Internacional como la Comisión Europea estiman que el crecimiento del PIB español será en 2018 del 2,5%, mientras que el Banco de España cree que será del 2,4% y el propio Gobierno (alegando inestabilidad política en Cataluña) del 2,3%. Es decir, por debajo o muy ajustado al límite marcado como requisito para que aumente el salario mínimo. Pero es que las previsiones para 2019 y 2020 son todavía peores: la Comisión Europea cree que el PIB español crecerá un 2,3% y el Gobierno un 2,1%. De cumplirse estos pronósticos, el acuerdo para el crecimiento del salario mínimo quedaría en papel mojado, especialmente en lo que respecta al año 2020, que es precisamente el año en el que mayor subida se ha programado (menuda casualidad, ¿no?).

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La paradoja del egoísmo

Autor: Juan Carlos Martinez

La Paradoja de Kaldor

Los salarios de los trabajadores españoles se han reducido considerablemente en los últimos años. El porcentaje de la renta nacional que se reparte en sueldos y salarios, incluyendo los de profesionales de las clases medias, es cada vez más bajo. En otras palabras, la capacidad adquisitiva de la mayor parte de la población española ha disminuido notablemente desde 2008 y se mantiene muy baja.

Los empresarios quieren obtener más beneficios. Para conseguirlo tienen dos métodos: aumentar sus ventas o reducir sus costes laborales. No pueden aumentar sus ventas porque los ingresos de la mayor parte de la población son muy bajos y no hay esperanzas de que aumente la demanda a corto plazo. Por tanto se esfuerzan en reducir sus costes laborales.

  • A cada empresario individual le gustaría que todos los demás empresarios, salvo él, aumentasen los salarios de sus trabajadores. Así aumentarían sus ventas y beneficios.
  • Incluso estaría dispuesto a subir el salario a sus trabajadores siempre que todos los demás empresarios hicieran lo mismo. Cree que sus productos son atractivos por lo que, si la demanda fuera mayor, sus ventas e ingresos crecerían suficiente para compensar la subida salarial en su empresa y aumentar a la vez sus propios beneficios.
  • Pero él no va a ser tan estúpido como para subir los salarios en su empresa si los demás no lo hacen. Sería de tontos. Sería suicida.
  • Por tanto sigue haciendo lo mismo que los demás: tratando por todos los medios de reducir sus costes laborales.

Este tipo de situación es lo que en la teoría de juegos se llama un Dilema del Prisionero pero lo podríamos llamar La Paradoja del Egoísmo: si cada jugador, cada empresario, cada individuo, busca racionalmente de forma egoísta su propio interés individual, el resultado es perjudicial para los intereses de todos. Los empresarios son prisioneros de su egoísmo.

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¿Cómo conseguir que las ganancias de productividad se conviertan en más empleo?

Autor: Fernando Luengo

eldiario.es

La coexistencia de aumentos en la productividad del trabajo y relativamente altos niveles de desempleo nos emplaza a un debate alrededor de la pregunta que encabeza el texto. Este debate, de alcance europeo, cobra especial relevancia y actualidad en la economía española, cuando vemos que, en los últimos años, los indicadores de productividad y empleo han evolucionado en direcciones opuestas; el sustancial aumento del primero ha ido de la mano de una masiva destrucción de puestos de trabajo.

Para el relato dominante, el de los poderosos, el nexo entre productividad y empleo está garantizado, siempre que las fuerzas del mercado actúen sin trabas ni interferencias; en esas condiciones, se da una secuencia virtuosa entre la productividad, los beneficios, la inversión y el empleo. Según esta secuencia, los aumentos de productividad tienen una incidencia positiva sobre los márgenes empresariales, que, al activar la inversión productiva, aumentan los niveles de ocupación de la economía.

Una primera e importante fisura en esta hoja de ruta es la evidente desaceleración, observada en las últimas décadas, en el ritmo de crecimiento de la productividad del trabajo. Una evidencia empírica que obliga a preguntarse por los factores estructurales, más allá de la coyuntura de la crisis, que explican los magros resultados obtenidos en materia de productividad y las consecuencias que todo ello tiene en materia de crecimiento y bienestar. En las líneas que siguen, retomando la pregunta inicial, me centro en otro asunto, no menos importante: identificar algunos mecanismos que podrían establecer un nexo sólido entre productividad y empleo.

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El espejismo del aumento de la productividad en la economía española

Autor: Fernando Luengo

Otra Economía

La productividad laboral es un indicador que relaciona el Producto Interior Bruto (PIB) con el número de trabajadores (L). Pues bien, en lo que concierne a su crecimiento en los últimos años, la economía española se encuentra en la parte alta del ranking comunitario. Entre 2010 y 2016, ha aumentado un 6,9%, registro muy superior al obtenido en nuestro entorno comunitario, donde progresó un 4,7%%; en Alemania, por ejemplo, el crecimiento fue de tan sólo un 3,8%.

Antes de sacar pecho, como hace el gobierno del Partido Popular, es necesario preguntarse sobre los factores que explican tan “brillante” resultado. Al respecto, hay que tener en cuenta la trayectoria seguida por las dos variables utilizadas para medir la productividad (PIB y L) y por el número de horas trabajadas.

Llama la atención, en primer lugar, que, considerando el conjunto del periodo analizado (2010-2016), en nuestra economía el crecimiento acumulado del PIB (el numerador de la ecuación PIB/L) apenas supera el 2%, mientras que el de la UE y Alemania ha sido, respectivamente, del 7,4% y 10,2% ¿Cómo es posible que, con un registro tan decepcionante, nuestra productividad haya conocido tan sustancial mejoría?

La respuesta es muy sencilla. La economía española ha experimentado una masiva destrucción de puestos de trabajo (el denominador de la ecuación de productividad); también se ha reducido el número de horas trabajadas, como consecuencia simultánea de la caída en el empleo y de la generalización de la contratación a tiempo parcial.

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Repartir las horas de trabajo es la mejor forma de crear empleo

Autor: Eduardo Garzón Espinosa

Artículo publicado originalmente en el número 54 de La Marea

A pesar de que existen muchos tópicos sobre lo vagas que son las personas que viven en el sur de Europa en comparación con las del norte, lo cierto es que cuando uno observa los datos comprueba cómo son los trabajadores de los países del sur los que más horas echan en el trabajo. Por ejemplo, en Grecia el número de horas que trabaja cada empleado de media fue en 2016 de 2.045 horas, mientras que en países como Alemania fue de 1.363. Así las cosas, podríamos decir que un trabajador alemán trabaja de media un 33% menos que uno griego, lo que vendría a traducirse en unas dos horas al día menos. No está nada mal.

España no se queda atrás: el número medio de horas trabajadas por trabajador fue en 2016 de 1.695 horas, situándose en un punto intermedio entre Grecia y Alemania, pero claramente por debajo de la mayor parte de los países del norte de Europa. Un simple ejercicio nos podría ofrecer interesantes reflexiones: si tomásemos todas las horas trabajadas –remuneradas- por los empleados de España y las repartiésemos entre todos ellos incluyendo a los parados de forma que cada uno de ellos trabajase de media lo mismo que un trabajador francés, entonces la tasa de paro española caería automáticamente al 4,7%. Sin incrementar en nada el número de horas, simplemente repartiendo solidariamente todas las que ya se realizan. Interesante, ¿verdad? Pero si hiciésemos lo mismo de manera que trabajásemos de media lo mismo que un trabajador alemán, ¡entonces no tendríamos suficientes parados para repartir las horas! Necesitaríamos traer parados de otros países para poder repartir todas las horas de trabajo remuneradas que se realizan en el país.

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El problema es el capitalismo

Autor: Fernando Luengo

Otra Economía

Las personas en edad de trabajar y que ofrecen su capacidad de trabajo en el mercado tienen derecho a un empleo. Creo que con esta afirmación, formulada en términos tan genéricos (deliberadamente imprecisos), están de acuerdo tanto economistas como no economistas. De hecho, todos los partidos y los gobiernos, con independencia de su alineamiento ideológico, proclaman la creación de puestos de trabajo ¡y hasta el pleno empleo! como uno de los objetivos medulares de sus programas.

Disponer de un empleo decente (afortunado término al que apela en sus trabajos la Organización Internacional del Trabajo) constituye la piedra de toque de las políticas gubernamentales y también el test desde el que evaluar el funcionamiento de las economías. Unas y otras se legitiman si contribuyen a mejorar el bienestar de los trabajadores. Quedan, por el contrario, deslegitimadas, si el empleo ofrecido es insuficiente para absorber la oferta de fuerza de trabajo, de modo que el desempleo se mantiene en cotas elevadas, y si no incorpora unos estándares de calidad socialmente aceptables y aceptados; en este caso, habrán fracasado las políticas y los partidos y gobiernos que las llevan a cabo, las teorías que las inspiran y, por supuesto, las economías donde se materializan. Sin paliativos ni subterfugios. Por mucho que el Producto Interior Bruto aumente, el déficit público se modere, o mejoren las posiciones competitivas en el mercado internacional. Porque no hay que confundir ni identificar medios y fines, y porque finalmente lo que cuenta, por encima de cualquier otra consideración, son las personas, en especial aquellos grupos de población en situación de mayor vulnerabilidad.

Y esto es, justamente, lo que ha sucedido, antes y durante la crisis. Un capitalismo, un “proyecto europeo” y unas políticas que, a pesar del crecimiento económico, pronunciado en algunos años, han convivido con tasas de desempleo elevadas. ¿Esto quiere decir que el crecimiento económico no tiene un impacto positivo sobre el empleo? En absoluto. De hecho, hay una abundante evidencia empírica que apunta a la existencia de un nexo positivo entre ambas variables; más discutible es, sin embargo, la intensidad de esa relación, variable, dependiendo del grupo de países analizados, del periodo considerado y de las estrategias de crecimiento seguidas. En cualquier caso, resulta igualmente evidente la incapacidad de los mercados para equilibrar oferta y demanda de empleo, lo que ha supuesto que, incluso en contextos de expansión económica, las tasas de desempleo se han mantenido relativamente elevadas. El pleno empleo es una ensoñación y el desempleo un rasgo estructural del capitalismo.

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¿Por qué la creación de empleo no está reduciendo la desigualdad?

Autor: Nacho Álvarez Peralta y Ricardo Molero Simarro

eldiario.es

Para defender su gestión, la ministra Báñez y los ministros Montoro y De Guindos recurren habitualmente al mantra de que “la mejor medida para reducir la desigualdad es la creación de empleo”. Afirman que la mayor parte del incremento de la desigualdad que se ha producido durante los últimos años se explica fundamentalmente por la destrucción de puestos de trabajo. Y en buena medida tienen razón: cabe esperar que en una economía en la que la tasa de paro ha llegado al 26%, gran parte de la desigualdad responda a la falta de empleo de millones de familias. Sin embargo, lo contrario ha dejado de ser cierto: a pesar de las declaraciones del Gobierno, la reciente creación de empleo no está permitiendo reducir la desigualdad.

La distribución de la renta presenta dos dimensiones: la distribución primaria o de mercado (también llamada pre-distribución), es decir, aquella que se da en el ámbito productivo como resultado del reparto del ingreso nacional entre rentas del trabajo, rentas del capital y ganancias del patrimonio; y la distribución secundaria, o de la renta disponible, que es la que persiste después de que el sector público lleve a cabo su labor redistributiva, utilizando para ello los impuestos y las transferencias sociales.

Las políticas de austeridad fiscal aplicadas (erróneamente) como respuesta a la crisis han reducido esta capacidad redistributiva del Estado, contribuyendo poderosamente al empeoramiento de la distribución de la renta, así como a la expansión de la pobreza y la exclusión social en nuestro país.

No obstante, el mayor incremento de la desigualdad se ha producido en el ámbito de la distribución primaria, en el mercado de trabajo. Desde el inicio de la crisis el índice de Gini medido antes de impuestos y transferencias ha aumentado más de siete puntos, por encima de los casi tres puntos que lo ha hecho el índice de Gini final. Cierto es que buena parte de este incremento de la desigualdad primaria se explica por la dramática destrucción de empleo provocada por la crisis y las políticas de austeridad. Sin embargo, la evolución reciente de la desigualdad apunta a algo más.

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¿Qué le sucede a la tasa de actividad en España?

Autor: Daniel Albarracin

Otra Mirada Social y Económica Es Posible

La tasa de actividad no es más que un indicador estadístico que nos pone en relación la parte de la población que está empleada o busca empleo activamente en relación a la población en edad laboral. La evolución de este indicador ha estado sujeta no sólo a vaivenes propios de las relaciones laborales o la demografía, sino también a su sistema de cálculo.

Anteriormente el denominador se calculaba como la población de entre 16 y 65 años, pero esto se amplió a toda la población mayor de 16 años, pues no hay restricciones legales a que un anciano trabaje. También el criterio de contabilidad de las personas activas se ha modificado, en tanto que la actividad está sujeta a criterios de búsqueda de empleo que sean reconocibles y registrables, y que se han movido en el tiempo (presencia en los servicios públicos de empleo, presentación formal de ofertas de trabajo, etcétera).

Un fenómeno habitual de periodos de alto paro ha sido el conocido como “desánimo”. Esto es, personas que dejaban de realizar una búsqueda por los cauces reconocibles o que sencillamente abandonaban temporalmente su búsqueda. Las razones pueden ser múltiples. Desde el acenso de las vías informales de empleo, la ausencia de prácticas de registro de la búsqueda de empleo, hasta el propio cálculo de la persona que opta por realizar otras tareas, como puede ser la formación o el cuidado de otras personas, en tanto que la oferta de empleo no brinda las condiciones suficientes que compensen. A este respecto, cabría añadir nuevos fenómenos, como podría ser la extensión de un tipo de empleo mal pagado, inestable o a tiempo parcial, que haga que una parte de la población valore más su actividad en tareas reproductivas sin remunerar que proseguir su trabajo en el ámbito del empleo remunerado.

En lo que sigue nos vamos a limitar al examen de las estadísticas que ofrece el INE en la Encuesta de Población Activa, para sacar conclusiones. Nos limitaremos al periodo 2007-2017, tomando datos del II Trimestre. En balance la población con más de 16 años creció en dicho periodo, aunque tuvo un pico en 2015 y luego el indicador empezó a descender. La evolución de este indicador puede estar sujeto a un doble fenómeno. Primero el aumento de la población con más de 16 años, que seguramente va engrosando la población más anciana, dada la tendencia al envejecimiento en este periodo y que proseguirá hasta que la generación nacida en los años 70, el baby-boom, desaparezcamos. Segundo, la contratendencia del fenómeno migratorio, en base al cual parte de la población joven, pero también inmigrantes, ha decidido buscar empleo en otro país, o ha retornado a su tierra de origen.

El fenómeno del desánimo, en una sociedad patriarcal, suele repercutir más en las mujeres. Pero debemos pararnos un poco para ver su alcance. En el caso de las mujeres, la tendencia en la población de mayor de 16 años no se ha interrumpido, como en el conjunto, sin embargo la población femenina activa ha seguido la tendencia general de retirarse, ligeramente, desde 2012, de la búsqueda activa de empleo. Esto creo que puede ser explicado mayormente por el efecto envejecimiento. El fenómeno migrante parece que les ha afectado menos a las mujeres, en general, con mayor arraigo en sus comunidades. El efecto desánimo podría explicar muy ligeramente este efecto, pero puede haber influido, sobre todo desde las reformas laborales, con una posible incidencia desde la aplicada en 2012 por el PP.

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RADIOGRAFÍAS DE LA “RECUPERACIÓN”: El empleo. Ideas para acabar con la precariedad

Autor: Nacho Álvarez Peralta y Jorge Uxo

ctxt.es

España ha necesitado diez años para recuperar el PIB real que tuvo en 2007: ha sufrido una auténtica “década perdida” con elevados costes en términos de renta, empleo, desigualdad y pérdida de bienestar. En esta década nuestro país ha experimentado dos recesiones, la segunda de ellas (2011-2013) atribuible a las propias políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial. Desde 2014, no obstante, España ha recuperado una senda positiva de crecimiento. Dedicaremos una serie de artículos a analizar los perfiles que caracterizan este cambio de ciclo, así como los retos de política económica actuales. Damos comienzo a la serie con un primer artículo centrado en el empleo.

Transformar el crecimiento, una necesidad

El discurso del Gobierno plantea que la recuperación económica en curso es una demostración del “éxito” de la políticas de austeridad fiscal y de la devaluación salarial que impulsó la reforma laboral de 2012, una especie de recompensa en diferido de los sacrificios que supusieron estas “inevitables” medidas de ajuste. Sin embargo, la evidencia no confirma en absoluto esta interpretación. No puede entenderse el crecimiento actual sin la influencia de factores completamente ajenos a estas políticas, como la actuación –tardía– del BCE, la reducción de los precios del petróleo, la relajación de las políticas de recortes del gasto público o el impacto del turismo. Tanto el FMI como el Banco de España han confirmado que al menos 2/3 del mayor crecimiento del PIB se explican por estos “vientos de cola” (lo que determina la propia fragilidad del crecimiento actual, y su dependencia de factores externos).

El crecimiento económico no sólo no se está produciendo por los motivos que señala el discurso oficial –el éxito de los ajustes y las “reformas estructurales”–, sino que además presenta perfiles preocupantes. El empleo que se crea es precario y de bajos salarios, las desigualdades se mantienen en niveles muy elevados y los sectores tractores del crecimiento vuelven a ser sectores de limitada productividad. Todo parece indicar que se está reproduciendo el viejo patrón de crecimiento, con similares problemas estructurales que ya vivimos en el pasado.

Debemos, por el contrario, ser capaces de “transformar el crecimiento” para responder a los enormes retos que tenemos por delante. Destacan particularmente tres desafíos: el primero es restañar los profundos costes sociales que se han provocado en la última década; el segundo pasa por resolver los desequilibrios estructurales de nuestro patrón de crecimiento tradicional; finalmente, y en tercer lugar, nos enfrentamos a nuevos retos, como la digitalización y el cambio climático, que exigen pensar la política económica desde nuevas coordenadas.

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Terminar con la precariedad

Autor: Nacho Álvarez Peralta y Jorge Uxo

El Mundo

La excesiva temporalidad existente en el mercado de trabajo español es, junto con la parcialidad, la principal causa de la precariedad laboral, y explica en buena medida los salarios de miseria que hoy reciben millones de asalariados. Recordemos que tener un contrato temporal no significa sólo mayor inestabilidad. Significa ganar, en término medio, 8.000 euros menos al año que una persona con empleo indefinido.

El informe de otoño sobre la economía española recientemente publicado por el FMI constata el fracaso de las dos últimas reformas laborales a la hora de solucionar este problema. Entre el primer trimestre de 2014 y el tercer trimestre de 2017 se han creado unos dos millones de puestos de trabajo, pero de ellos casi el 60% son de carácter temporal. Facilitar y abaratar el despido de los trabajadores indefinidos, aunque en su momento se dijo que ayudaría a disminuir la excesiva temporalidad de nuestra economía, sólo ha servido para erosionar la protección de los asalariados, sin que haya reducido la denominada “dualidad”.

Ante la constatación de semejante fracaso, el Gobierno y Ciudadanos planean una nueva reforma laboral que avance hacia la implantación del llamado “contrato único”. Bajo la denominación de contrato de “protección creciente”, la nueva figura contractual establecería una indemnización por despido equivalente a 12 días de salario para el primer año trabajado, 16 días para el segundo año y 20 días el tercer año.

Sin embargo, este contrato de “protección creciente” será ‘de facto’ incapaz de solucionar el grave problema de precariedad que tenemos, que está muy ligado a la ausencia de causalidad de los contratos temporales y que se concreta en una rotación laboral cada vez mayor. De hecho, la duración media de los contratos en nuestro mercado de trabajo se sitúa desde 2013 en los 53 días, lo que significa que a millones de trabajadores de nada les servirá una indemnización creciente (pues seguirán viéndose afectados por la indemnización de 12 días de salario al año que ahora tienen los contratos temporales).

¿Por qué, con el mismo nivel de indemnización y la misma facilidad de despido, un empresario mantendría más tiempo en el puesto de trabajo a un trabajador con el nuevo contrato de “protección creciente” que a un empleado temporal? La realidad es que el nivel de rotación y temporalidad abusiva se mantendría, aunque éste ya no afectaría formalmente a trabajadores “temporales”. Estadísticamente el fenómeno de la precariedad “se corregiría” al eliminarse la categoría, pero la realidad no cambiaría. Política laboral gatopardista.

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Europa y los salarios

Autor: Lucia Vicent Valverde, Fernando Luengo y Mariu Ruiz-Galvez Juzgado

La Marea

Hace unos días vio la luz el informe de la Comisión Europea (CE) Labour market and wage developments in EuropeEl estudio confirma una realidad de sobra conocida y sufrida por muchos trabajadores: los salarios en Europa apenas están creciendo, están estancados o incluso retroceden. Y esto sucede en un contexto de recuperación de la actividad económica, que los gobiernos presentan –es el mantra más repetido por el del Partido Popular– como la prueba de que hemos dejado atrás la crisis.

Entre las razones que explican esta “paradoja” el texto señala la permanencia de altos niveles de desempleo, la débil productividad y la proliferación de los contratos a tiempo parcial. Llama la atención que los autores del documento dejen en el tintero de las explicaciones las reformas laborales, promovidas por la Comisión Europea, junto al Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, y que han sido la piedra angular de las denominadas “políticas estructurales”. Ni una palabra al respecto en el informe. Sin embargo, los documentos de referencia de las instituciones comunitarias y las propuestas que llegan desde Bruselas insisten en la necesidad de seguir o intensificar el mismo rumbo de las reformas laborales llevadas a cabo en los últimos años.

Esas reformas, han sido al mismo tiempo, un fracaso y un éxito. Un fracaso porque, a pesar de que la desregulación de las relaciones laborales (flexibilización, en el relato oficial) se han llevado muy lejos, los resultados obtenidos en materia ocupacional han sido a todas luces decepcionantes, demostrando que bajar los salarios no es el camino para crear empleo. Sí, es cierto, en los últimos años las estadísticas ponen de manifiesto la generación de empleo neto, pero gran parte de los nuevos puestos de trabajo son de pésima calidad. Es importante destacar en este sentido el aumento del número y del porcentaje de trabajadores que perciben bajos salarios o que se encuentran en situación de pobreza.

Las reformas laborales también han sido un éxito. Han abierto las puertas, han creado las condiciones para que se produzca un drástico “ajuste” salarial, haciendo posible que los costes de la crisis económica los soporten los trabajadores; en lugar de los responsables de la misma, el entramado financiero y corporativo que alimentó y se benefició de la economía del endeudamiento. Reformas dirigidas, en teoría, a dotar de mayor flexibilidad al mercado de trabajo, en realidad han supuesto un vuelco en la negociación colectiva, debilitando la capacidad negociadora de los trabajadores y la negociación colectiva, desnivelando de esta manera las reglas del juego a favor del capital.

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Salarios, desigualdad y cumbre social de Götemburg

Autor: Lucia Vicent Valverde, Mariu Ruiz-Galvez Juzgado y Fernando Luengo

Blog de Econonuestra en Público.es

El balance de las políticas de austeridad salarial y presupuestaria ha sido claramente negativo. No han sacado a las economías europeas de la crisis y mucho menos se ha avanzado en el terreno de la equidad y la cohesión social; tampoco han corregido las insuficiencias y sesgos institucionales de la zona euro.

La crisis económica –o, para ser más exactos, la gestión que de la misma han realizado las oligarquías económicas y las élites políticas- está suponiendo en la Unión Europea una notable redistribución del ingreso desde las rentas salariales hacia las del capital, y desde la mayor parte de los trabajadores hacia los altos ejecutivos y directivos de las empresas.

La creación de empleo es a todas luces insuficiente, pues todavía persisten altas tasas de desempleo, se generaliza el infraempleo, aumenta el número de trabajadores pobres, la negociación colectiva se degrada y se ejerce una presión sistémica y sistemática sobre los salarios. Además, los gobiernos perseveran en las políticas de ajuste presupuestario, que han incidido muy especialmente sobre las partidas sociales, que suponen un importante complemento –salario indirecto-, sobre todo para los trabajadores que perciben retribuciones más bajas. Un proceso que bien puede calificarse de ajuste estructural cuyos efectos sociales no han impedido al gobierno central seguir insistiendo en medidas que intensifican las desigualdades, que se ha institucionalizado en los últimos años, a pesar de los contundentes efectos sociales que se derivan del mismo.

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