Economía Crítica y Crítica de la Economía

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El cepo del trabajo

Autor: Jorge Moruno

Categoría: Fundamentos, Trabajo

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Apuntes de Clase (La Marea)

Se nos presenta un escenario según el cual estaríamos ante un dilema: o bien ante el fin del trabajo, o por el contrario, atravesamos un periodo de transición laboral hacia nuevos sectores que ofrecerán empleos que todavía hoy no conocemos. En el primer caso, desparecería la necesidad de hacer nada para vivir. En el segundo, solamente tendríamos que reciclarnos laboralmente para conseguir adaptarnos. Pero es entre medias donde se encuentra, por igual, una intensificación de la precariedad así como la posibilidad de emancipación.

Voy a tratar de radiografiar la realidad a la que considero que nos enfrentamos. Empecemos por lo que está más asentado y naturalizado como una parte de la condición humana, aquello que “nace con la persona” como cantaba Raphael, esto es, el trabajo. El trabajo, tal y como lo entendemos, es una noción moderna, una categoría histórica. El mero hecho y la premisa de imaginar actividades distintas y concretas como parte de un mismo concepto que las reúne a todas bajo el “trabajo”, ya es algo propiamente moderno.

Cuando el trabajo se convierte en una actividad pública y en la principal forma de mediación social, tiene lugar lo que conocemos como la sociedad de trabajadores que forja una ética propia; “la religión del trabajo”, como afirmaba el filósofo catalán Jaume Balmes. En la sociedad de trabajadores, quienes tienen que trabajar para obtener un salario, la fuerza de trabajo, viven encerrados en un cepo. La fuerza de trabajo es formalmente libre de venderse a quien quiera, pero en realidad depende de que la quieran comprar; si no consigue venderse no es nada, pero cuando consigue venderse se somete a una relación de dependencia con un tercero.

El capitalismo borra su propia historia y hace pasar su propia forma social como la única forma posible de funcionar en sociedad. El hecho de que en cualquier tipo de sociedad el ser humano haya transformado la materia e intervenido en la naturaleza para construir objetos y utilizarlos, no nos dice nada del trabajo como una actividad que estructura y media a la sociedad generando una “relación entre personas oculta bajo una envoltura de cosa” (Marx). Solo en la sociedad moderna, es decir, la capitalista, se instala el fetiche donde el tiempo social humano gastado en producir un objeto define el valor de dicho objeto.

Ese tiempo de trabajo humano gastado –da igual en qué se gaste siempre que lo producido se venda– se convierte en el atributo “objetivo” que le confiere valor al objeto. Ese atributo, el tiempo invertido que genera valor, es una relación social que se expresa en la forma de dinero. Cuando Europcar utiliza el eslogan Time is money, está sintetizando la relación básica que define la riqueza en nuestra sociedad. El dinero puede medir y hacer de equivalente entre cosas de naturaleza distinta, porque expresa esa “sustancia” común compartida por trabajos diferentes –el gasto indiferenciado de tiempo humano de trabajo– que pasa desapercibida cuando alguien compra un producto usando dinero. El valor ni se toca ni se ve, pero opera como ley social que dinamiza la finalidad de la producción. Esto no sucedía en sociedades no capitalistas. La mercancía es nuestro tótem moderno, nuestro fetiche.

Empleo

En segundo lugar, el empleo viene a ser una modalidad que adopta el trabajo en una etapa histórica, pero no son sinónimos. Dicho de otra forma, el trabajo existía antes del empleo y puede llegar a existir después. El empleo nace en el siglo XX y es indisociable de la sociedad salida tras la Segunda Guerra Mundial. Sus características, más allá de ser un trabajo remunerado, implican un conjunto de relaciones sociales, de equilibrios de fuerzas y un modo concreto de reparto del tiempo. El empleo es la época en la que el trabajo se convierte en el principal regulador de los regímenes políticos: el empleo permite acceder al consumo de masas, se convierte en el dispensador de derechos y la condición de ciudadanía se funde con la condición de trabajador. Ingresos estables, suficientes y con perspectivas de seguridad en el medio largo plazo.

De este modo, entendemos que la crisis de la sociedad del empleo está en el corazón de la crisis de los regímenes políticos europeos. Si alguna vez fue del todo cierta esa proyección de sociedad del empleo armoniosa, hoy definitivamente ya no lo es. Duró poco tiempo y en España llegamos tarde a las sociedades del bienestar basadas en el empleo. Pero la URSS se hundió y, con ella, la tensión que obligó a Roosevelt a implementar el New Deal, o a Europa a desarrollar un Estado del bienestar postbélico. Pasaron los años revoltosos de los 70 y toda esa explosión de vida acabó transformando la composición de la clase y el capitalismo.

Luego vinieron los años 80, Thatcher, Reagan, privatizaciones y todo un proceso de reingeniería social para quebrar las posiciones de fuerza que mantenía el movimiento obrero, con el objetivo de actualizar a una fuerza de trabajo que debía preparase para la llegada de un nuevo tiempo donde los derechos colectivos salen al mercado y donde las seguridades instaladas se hunden para impulsar nuevas oportunidades de negocio, en las que tú también puedes ganar.

Hay que adaptarse a las necesidades de los inversores que ahora ejercen de soberanos, y por lo tanto, las políticas fiscales, laborales y de bienestar, tienen que subordinarse a sus intereses privados que se convierten, a su vez, en los intereses de todos. Sin embargo, la plantilla del empleo y sus criterios siguen usándose, pero hablar de empleo y, acto seguido, de su mala calidad es una contradicción que solo se sostiene porque todavía carecemos del lenguaje apropiado. Seguimos bailando una música que ya no suena.

Podría objetarse que la crisis solo ha supuesto un bache, un vacío entre dos puntos donde la recuperación es sinónimo de retorno a lo anterior. Cuando la tasa de paro en los países de la OCDE vuelve a niveles precrisis y la tasa de empleo alcanzó su máximo histórico en 2016 (un 67%), hablar de crisis de la sociedad del empleo puede parecer un poco desubicado. Sin embargo, bajo las cifras todo ha cambiado. De lo contrario, ¿por qué razón se normaliza la precariedad laboral sin expectativas,aumenta el endeudamiento, se privatizan servicios y se recorta en bienestar?

El modelo estable del empleo está agotado desde hace décadas, pero la política del crédito lo ha ido dilatando, dado que la financiarización de la economía, como explica Anselm Jappe, no es la desviación perversa que parasita a un capitalismo productivo. Al contrario, la deriva financiera hace las veces de respiración asistida de un modelo agotado, o dicho de otra forma, gracias a ella la crisis no ha estallado antes. Entre 2007 y 2018 las cifras macro pueden cambiar, pero entre medias el derrumbe de la “sociedad del empleo” se ha intensificado. No hay forma de volver atrás y de rebobinar la historia, ahora el objetivo es ganar el futuro y no solo recuperar lo pasado. La crisis ha servido para acelerar un proceso de descomposición laboral que ya estaba en marcha. Ahora toca, parafraseando a André Gorz, encontrar la riqueza de lo posible en la miseria del presente.

El sur de Europa sufre más esta tendencia, pero sea en primera clase o en el camarote, todos vamos en el mismo barco y a la misma dirección, aunque claro está, si te dan a elegir, mejor viajar en primera. No solo es cosa de Grecia, Italia o España. En Londres sin ir más lejos, hace 20 años casi el 30% de la gente pobre vivía en un hogar con gente trabajando. Hoy esa cifra se eleva a casi el 60% los pobres. En Alemania, donde según la OCDE el 10% más rico de la población acumula el 60% del patrimonio privado, viven una curiosa paradoja: baja el paro a mínimos pero aumenta el número de gente que no accede a una vivienda, ¿por qué? Reducción de salarios, precariedad y pluriempleo, sumado a un recorte en la política de vivienda social.

En España seguimos su ejemplo, pero en una situación más adversa y en ausencia de un dique (sin ayudas al alquiler, al pago de facturas…) que frene una situación de desamparo (salvo la familia, las formas comunitarias, las chapuzas, el tejido social). El capitalismo sintetiza la formula trinitaria del beneficio, la renta y el interés: beneficio extraído del tiempo de trabajo, renta aspirada por las hipotecas y los alquileres e interés generado por las finanzas. Un trabajo remunerado inestable (también los indefinidos son cada vez menos indefinidos) e inseguro, mezclado con una constante dificultad para acceder a algo tan básico como una vivienda, recrudece las condiciones del cepo. Los ingresos destinados a sufragar gastos del hogar (proporción de los ingresos disponibles de la familia) han aumentado en España desde el 18,2% en 2005, al 21,8% en 2015. Uno de los mayores aumentos registrados en la OCDE. Además, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 59% de los trabajadores sufre algún tipo de estrés en el trabajo.

Decrecimiento capitalista

Entonces, ¿hacia dónde vamos si la sociedad del empleo rige cada vez menos? ¿Significa eso el fin del trabajo? Si al comienzo explicábamos que el ser humano siempre y en toda sociedad ha trabajado –entendiendo por esto como el metabolismo con la naturaleza, pero que solo en la modernidad aparece como tal la sociedad de trabajadores vertebrada alrededor del trabajo que genera valor (cuidar a tus hijos no es considerado trabajo)–, entonces, la disyuntiva histórica nunca puede ser la de o trabajar o la de “no tener que hacer nada”.

Recordemos, que al margen de la forma que adopte el trabajo –sea empleo u otra-, la dinámica que impulsa al capitalismo es siempre la misma, siempre tiene un mismo objetivo: valorizar el valor, acrecentar el capital. Esa valorización del valor solo la puede conseguir la fuerza de trabajo. Cuando su capacidad viva de trabajar se pone a trabajar, y en su consumo, cuando trabaja, también produce valor: la fuerza de trabajo tiene que ser consumida para que pueda producir trabajo creador de valor. Así, el obrero es propietario de una mercancía, su fuerza de trabajo, y como propietario se relaciona con otro propietario, el capitalista, en términos de igualdad y libertad, pues ambos se encuentran por voluntad propia, y como propietarios que son se preocupan egoístamente por su propiedad.

Capital y trabajo son las dos caras de la misma moneda, enfrentadas en tanto que propietarios de mercancías como elementos al interior del propio capitalismo. La lucha de clases –concepto que toma Marx de los historiadores burgueses–, es la palanca que obliga y fuerza al capital a tener que desplazarse constantemente en el tiempo y en el espacio, en busca de nuevas formas de gobernar a la población y nuevos nichos de mercado. La lucha de clases es el motor que fuerza la innovación del capitalismo.

La creciente dificultad actual para ganarse la vida a través de un trabajo no pone en cuestión la obligación de obtener un trabajo para poder vivir. Pero es aquí, en lo más obvio, donde se encuentra el núcleo de la contradicción, valga la redundancia, capital. Cada vez puede crearse más riqueza con cada vez menos tiempo de trabajo, cada vez hay más tiempo disponible y riqueza creada con menos necesidad de tiempo proletario. Cada vez se libera más tiempo para poder dedicarlo a otras actividades y para hacer muchas más cosas, en oposición a tener que trabajar de muchas cosas para llegar a fin de mes. Se acelera la disparidad entre la riqueza creada y la necesidad de invertir tiempo para crearla.

Esta nueva versión del cepo puede dar lugar a una sociedad desesperada que pierde el deseo por ser libre, como el preso colgado en La vida de Brian, “que daría lo que fuera por recibir la saliva del carcelero en la cara y poder estar esposado”. En tanto que el capitalismo necesita encontrar nuevos espacios, escalas y sectores donde seguir desplazando la producción, nos encontramos ante una suerte de “decrecimiento capitalista” que puede observase en los contornos que prefigura la economía colaborativa.

Marx entendía la emancipación como esa sociedad donde “cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca”, donde no se tiene un rol fijado y uno puede “dedicarse a esto y mañana a aquello” y “que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar”. El capitalismo, en su deriva absorbente de toda la vida bajo su relación, aplica esa misma lógica pero invertida: puedes sacar un dinero extra haciendo de hotelero alquilando una habitación en Airbnb, pagar tus navidades vendiendo cosas en Wallapop, aprovecha tu “tiempo muerto” y hazte conductor de Uber, o alquila tu coche cuando no lo usas. Parcela tu vida en múltiples facetas y actividades, igual que con Marx, pero con una diferencia, ya que esta situación se sigue rigiendo por una ley cada vez más difícil de sostenerse: la dificultad de obtener ingresos del trabajo para vivir.

Esta dificultad puede intensificar la relación de dependencia con el trabajo. La primera reacción de una sociedad de trabajadores obligados a tener que serlo en una sociedad que no garantiza el suficiente volumen de trabajo, es reclamar más trabajo, porque de lo contrario, ¿de qué va a vivir? Cómo conjugar esta necesidad concreta, con la tendencia que apunta hacia una posibilidad que crece –más tiempo disponible– dentro de una realidad –la sociedad del valor– que le impide poder desplegarse: una sociedad que camine hacia el tiempo garantizado, donde la riqueza ya no se define por el tiempo invertido en producir algo destinado a la venta.

Esta “utopía” es la pulsión que hay detrás de todo avance conquistado, todo bienestar libre del acceso económico, toda aspiración de más tiempo y menos subordinación; parafraseando a Virginia Woolf, el deseo de un tiempo propio. Necesitamos hacer equilibrios entre la defensa de lo conquistado en los centros de trabajo y las luchas por mejoras laborales, junto con la necesidad de emanciparse del cepo proletario. Ese es el abismo del siglo XXI, entre un modelo que mide la riqueza con un método que se queda anacrónico y se convierte en un freno, o la transición a una sociedad donde el bienestar dinamice lo producido. Dado que “los hombres solo se plantean los problemas que están en condiciones de resolver” (Marx), la primera tarea política pasa por plantear las condiciones de los problemas a resolver.

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Jorge Moruno, sociólogo.

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