Economía Crítica y Crítica de la Economía

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¿Marxistas en el siglo XXI?

Autor: Mario del Rosal

Categoría: Fundamentos

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nuevarevolución.es

Abro esta columna, gracias a la generosidad de los compañeros de Nueva Revolución, con la intención de aportar un modesto espacio de análisis de la economía capitalista actual. Aunque carecerá de virtudes y adolecerá de infinitos defectos, cuenta con una clara ventaja de salida respecto a otras: su autor es marxista.

– ¿En serio? ¿Marxista? ¿Es posible que aún quede alguno en el mundo? ¡Pero si ya cayó el muro de Berlín! ¡Pero si el capitalismo ganó la guerra fría! ¿Le ha caído un meteorito en la cabeza a este buen hombre?

Bueno, de momento no me ha caído ninguno, que yo sepa. Aunque eso no garantiza la cordura, claro. Sin embargo, no soy marxista como quien es de un equipo de fútbol o de una cofradía: tengo motivos racionales y razonables. Mis motivos son racionales porque responden a un proceso de reflexión desde la razón, no a un dogma monolítico de corte pseudoreligioso ni a una convicción visceral intocable basada en un supuesto odio al capital. Y, además, son razonables porque no implican ninguna posición personal o política extrema, peligrosa o proclive a la dictadura, como algunos quisieron en el pasado y otros pretenden ahora. Bien al contrario, su fin es encontrar una forma de analizar (y transformar) el mundo mucho más acorde con las necesidades del ser humano y del planeta que el capitalismo suicida. ¿Hay algo más razonable que eso?

Ser marxista hoy en día es complicado, como siempre lo ha sido. Pero no porque alguien haya sido capaz de refutar científicamente las bases del método de análisis iniciado por aquel filósofo alemán barbudo, sino por las graves implicaciones que sus conclusiones tienen para quienes sostienen sus privilegios sobre las espaldas de las víctimas de la explotación en la que se fundamenta el capitalismo. Sí, sí: explotación. Se usa poco esta palabra, pero se practica cada día.

Explotación es trabajar una maquila mexicana o en un sweatshop de Bangladesh, claro. Pero también lo es hacer horas extras y no cobrarlas, vender nuestro tiempo a la empresa por un salario que no cubre el mínimo para sobrevivir,estar disponibles “gracias” a nuestro móvil las 24 horas del día, constatar cómo nuestros hijos están condenados a vivir peor que nosotros a pesar de nuestros esfuerzosy de los increíbles avances tecnológicos y científicos o sufrir permanentemente el abuso de la mafia bancaria. Todo esto pasa cada día en España, quinta economía del “paraíso” europeo, alumno destacado de la zona euro y envidia de nuestros vecinos por lo bien que se supone que estamos saliendo de la crisis.

Pero, obviamente, uno puede indignarse ante estas cosas sin necesidad de ser marxista. ¿Qué aporta, entonces, esto de ser marxista?

Karl Marx nació hace exactamente doscientos años en Alemania y puede ser considerado como el último de los economistas clásicos (y el primero de los marxistas, claro). La base de su crítica a la economía política –expresión que, de hecho, forma el subtítulo de El Capital– es la teoría del valor trabajo, compartida con autores liberales tan citados (y poco leídos)como Adam Smith o David Ricardo. Sin embargo, Marx se atrevió a traspasar la frontera que Ricardo, por su clase social, no quiso jamás violentar. En efecto, este autor inglés entendía perfectamente que, si el valor de las mercancías está basado en el tiempo de trabajo necesario para su producción, entonces el beneficio debe salir de la diferencia entre el valor que los trabajadores generan con su esfuerzo y el valor que les es pagado en forma de salario. De ahí el concepto de plusvalor o plusvalía. Sin embargo, Ricardo era un miembro destacado de la burguesía y, en tanto que hombre de negocios y rico especulador bursátil, obviamente no tenía mucho interés en ahondar en estas cuestiones.

Marx sí se atrevió a ir más allá. Y lo hizo, al menos, por dos razones.

La primera responde al hecho de quenunca llegó a ser un verdadero economista en el sentido moderno (y degenerado) de esta palabra. Marx era principalmente filósofo y su método de crítica contra la economía política del capitalismo tenía unos profundos cimientos hegelianos que le permitieron construir un sólido edificio intelectual con paredes hechas de ladrillos procedentes de la economía clásica británica, un plano de estructura fisiocrática y ventanas con cristales tan transparentes como el socialismo utópico francés. Una construcción sostenida por una visión materialista y dialéctica asentada en la imperfecta realidad y no en los absurdos modelos económicos convencionales actuales que, con el fin de justificar lo injustificable, crean mundos platónicos con tanta sofisticación matemática como penuria empírica. Mundos llenos de consumidores racionales, mercados de competencia perfecta, ventajas comparativas, productividades marginales, curvas de utilidad y otras invenciones que harían palidecer de envidia al mismísimo Morel.

Y la segunda razón tiene que ver con que la intención de Marx no era limpiar, fijar o dar esplendor el sistema vigente, como hacían en su época y hacen ahora una gran parte de los ortodoxos remeros del mainstream (o “economistas vulgares” y “espadachines a sueldo”, como Marx los llamaba). Su intención era destruirlo. Y para destruir algo sin tener suficiente fuerza física, militaro política hay que emplear la razón. Y para poder emplearla contra algo es clave comprender profundamente ese algo. Y eso fue justamente lo que hizo Marx con el modo de producción capitalista: comprenderlo para destruirlo.

Es obvio que doscientos años han cambiado el aspecto del capitalismo e, incluso, alguno de los elementos nucleares, como la naturaleza del dinero, la importancia del capital financiero y ficticio, las formas del Estado, la situación material de la clase trabajadora, etc. Sin embargo, me parece poco honesto deducir de ello que el método de análisis marxista no es válido para comprender la versión actual del capitalismo. En primer lugar, porque la esencia de este modo de producción no ha cambiado, ya que sigue teniendo exactamente los mismo pilares: el mercado, el trabajo asalariado, la ganancia y la acumulación de capital. Además, porque el marxismo ha avanzado mucho desde los tiempos de El Capital. Quien crea que los marxistas solamente leemos a Marx están muy equivocados; la lista de autores posteriores y contemporáneos es tan enormemente larga como extraordinariamente fructífera. Y, por último, porque, de hecho, las contradicciones del capitalismo son hoy mucho más sangrantes que hace dos siglos y, por ello, las herramientas del análisis marxista facilitan más aún que entonces su comprensión.

En resumidas cuentas, si soy marxista no es por nostalgia de sistemas económicos que se arrogaron ilegítimamente ese nombre, ni tampoco porque desconozca la ciencia económica actual. Lo soy porque no he encontrado un método de análisis que me permita entender mejor qué le ocurre al capitalismo, por qué nos condena a un futuro inviable y por qué es imposible someterlo a una gestión progresista, sostenible o, simplemente compatible con el ser humano. Como suele repetir Xabier Arrizabalo, amigo y maestro, el marxismo constituye la culminación de mejor tradición del pensamiento económico. Aprovechémosla para liberar a las generaciones futuras de las cadenas del capitalismo. Aún estamos a tiempo.

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Por Mario del Rosal

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