Economía Crítica y Crítica de la Economía

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34 horas: vivir, conciliar, trabajar

Autor: Nacho Álvarez Peralta y Jorge Uxo

Categoría: Alternativas, Cuidados, Trabajo

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#lacircular

Cómo organizamos y cómo distribuimos el tiempo tiene una influencia decisiva en nuestras vidas. Las decisiones que podamos adoptar colectivamente sobre estas cuestiones están cargadas de una potencia transformadora muy importante. Por ello, queremos impulsar este debate y conceder a la distribución entre el “tiempo de trabajo” y el “tiempo personal”, un protagonismo mucho mayor del que actualmente recibe en las discusiones de política económica. Hay buenas razones para ello.

En primer lugar, la jornada laboral –medida por el número de horas de trabajo anuales por persona ocupada– ha seguido históricamente una tendencia a la baja, conforme se iban produciendo mejoras en la productividad. Por ejemplo, en España la jornada laboral suponía unas 2.800 horas de trabajo al año a principios del siglo XX, y actualmente está ligeramente por debajo de las 1.700 horas. Pero en el gráfico también podemos ver que si bien entre 1970 y 1990 hubo un intenso proceso de reducción del número de horas anuales de trabajo (casi un 13%), esta tendencia se detuvo entonces, y hoy la jornada anual es sólo un 3% más baja que hace 30 años. De hecho, en España se trabaja de media 118 horas más al año que en el conjunto de la UE-15.

Pero, en segundo lugar, el hecho de que -por término medio- dediquemos más tiempo en España al trabajo productivo que en otros países europeos es compatible con una importante discriminación por género también en la duración de las jornadas. Por un lado, un 28,5% de los hombres declara tener una jornada en su puesto de trabajo habitual superior a las 40 horas semanales, frente a un 15,5% de las mujeres. Por otro lado, el fuerte crecimiento en el trabajo a tiempo parcial que se ha producido en los últimos años se ha concentrado en las mujeres. Un 70% de las contrataciones a tiempo parcial son de mujeres, de las cuales más de la mitad son involuntarias. Además, en el 20% de los casos el empleo a tiempo parcial de las mujeres está asociado al desigual reparto de los cuidados (en los hombres no llega al 5%).

A esta dualidad entre jornadas más cortas de lo que se desearía (fundamentalmente mujeres) y jornadas muy largas (mayoritariamente hombres) se añade una segunda: el distinto uso del tiempo –no solo laboral– entre géneros: las mujeres dedican más del doble de su tiempo al cuidado del hogar y la familia que los hombres. Según la Encuesta de Empleo del Tiempo, mientras que en un día promedio un varón dedica tan sólo 1h y 50 minutos a este tipo de trabajo, una mujer le dedica más de 4 horas. Y la última Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo nos dice que las mujeres dedican 27 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a las 14 horas de los hombres. La consecuencia es una importante discriminación laboral: vidas laborales más cortas y erráticas, concentración de modalidades de contratación atípicas en las mujeres y, como consecuencia, peores salarios, menores cotizaciones y menos derechos adquiridos como trabajadoras (dada la mayor dedicación al trabajo invisibilizado).

Abordar este problema exige cambios sociales profundos, que deberían comenzar por una concepción diferente del sistema de cuidados, con un desarrollo distinto de la ley de dependencia y el reconocimiento de nuevos derechos como la universalización de la educación de 0-3 años, así como un cambio en los roles sociales de género. Pero, también, la reducción de jornada laboral (limitando las jornadas largas y contribuyendo a eliminar el empleo involuntario a tiempo parcial) y la racionalización del tiempo de trabajo pueden ser instrumentos potentes para avanzar en este cambio.

En concreto, un primer paso podría ser la reducción de la jornada laboral ordinaria a 34 horas semanales, acompañada de una racionalización de los horarios que permita redistribuir el reparto del tiempo entre trabajo productivo (remunerado) y trabajo reproductivo (no remunerado). Por ejemplo, podríamos abrir el debate sobre la generalización de una jornada estándar de 7 horas de lunes a jueves (terminando no después de las 18h), y 6 horas los viernes.

Para que haya un efectivo reparto es necesario también reducir el número de horas extraordinarias a un máximo de 5 a la semana y 60 al año.

En tercer lugar, hay que proteger el tiempo personal. Por ello, con carácter general se debería ampliar el descanso mínimo entre jornadas a 14 horas, y el descanso mínimo entre semanas a dos días (24 horas). Dada la nueva realidad digital, se debería regular además el “derecho a la desconexión” para garantizar el efectivo descanso entre jornadas, de tal forma que las empresas limiten el tiempo de acceso a los medios digitales corporativos.

Finalmente, la equiparación entre hombres y mujeres en los permisos por maternidad y paternidad, a 16 semanas, y con permisos intransferibles y pagados al 100% también sería un elemento clave en esta estrategia: reduciría sensiblemente el desincentivo a la contratación que en este momento experimentan las mujeres en el mercado de trabajo, por el mero hecho de serlo.

Con frecuencia, estas propuestas de reducción de jornada son criticadas por los efectos que tendrían sobre los costes laborales, y se pide por ello que vayan acompañadas de una reducción salarial equivalente. Sin embargo, aparte de que es muy probable que estas medidas acaben teniendo un efecto positivo sobre la productividad por hora, pensamos que sus efectos sobre la distribución de la renta constituyen precisamente un argumento adicional a favor de la reducción de la jornada (sin reducción salarial): permitirían reducir las desigualdades económicas.

El peso de los salarios en la renta se ha reducido en España tendencialmente desde los años 80, y esta tendencia se ha reforzado como consecuencia de las políticas de devaluación salarial aplicadas en los últimos años: hoy los salarios significan 3 puntos porcentuales del PIB menos que antes de la crisis, y la reducción de jornada puede ser de hecho una forma de compensar esta tendencia.

Por último, hay un cuarto elemento que aconseja incorporar la reducción de jornada al debate. En los últimos años han aparecido varios estudios que analizan cual será el efecto que tendrá el llamado proceso de digitalización. Aunque existen importantes diferencias entre ellos, se suele llamar la atención, por un lado, sobre el número de puestos de trabajo y profesiones que desaparecerán como resultado de este proceso y, por otro lado, sobre el incremento de la productividad laboral, dando a entender un supuesto conflicto entre la productividad y el empleo.

Desde nuestro punto de vista, esta aceleración de la productividad no tiene por qué entrar en contradicción con el objetivo de garantizar un nivel de empleo suficiente, como muestra la propia experiencia histórica, pero esto exige la adopción de políticas adecuadas. En parte, estas deben asegurar un crecimiento suficiente de la demanda agregada y la capacidad productiva, pero también pueden aprovecharse estas ganancias de productividad para impulsar la reducción de la jornada laboral y liberar tiempo para otras actividades a la vez que se evita la aparición de “desempleo tecnológico” a nivel agregado.

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NACHO ÁLVAREZ Y JORGE UXÓ FORMAN PARTE DE LA SECRETARÍA DE ECONOMÍA DE PODEMOS

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