Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Intermediarios financieros: Usureros improductivos al servicio del capitalismo financiero global

Autor: Jon Bernat Zubiri Rey

Categoría: Finanzas

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La cuestión viene cuando te paras a pensar y te pones observar cómo, casi sin dudarlo, todo el mundo apuntaría a la banca y demás agentes financieros como el negocio más espléndido que jamás vino a existir. Gente que gana mucho sin, en realidad, producir nada tangible para la sociedad. Compra-venden ese complejo y tan debatido concepto que es el dinero. Hacen de intermediarios en un mercado mundial de capitales altamente inter-relacionados. Difícilmente se podría entender la complejidad de nuestro mundo sin ahondar en la realidad de la economía financiera. Quien dice bancos, dice fondos de inversión y de pensiones, grandes especuladores en los mercados de divisa o en las principales bolsas mundiales. En fin, todos esos agentes que generan cantidades ingentes de excedente sin que nadie pueda coger en sus manos un solo pedazo de pan que pueda ser atribuido al sudor sus frentes.

Seres del todo improductivos desde un punto de vista de la economía real, física o material.

Los ciudadanos y ciudadanas de a pie, cuando escuchamos el término “gran negocio” pensamos de primeras, por lo menos en mi caso, en el fenómeno de la inmediatez.
Un gran negocio es, de la noche a la mañana, vender un piso que hace 10 años te costó 100 millones por 300. O hacer una venta de gran cantidad en un pequeño comercio que no suele superar el millón diario de facturación. Que te toque la lotería, no sé si entra dentro de la tipificación de negocio pero, estaremos de acuerdo, también es un gran chollazo.

La cuestión viene cuando te paras a pensar y te pones observar cómo, casi sin dudarlo, todo el mundo apuntaría a la banca y demás agentes financieros como el negocio más espléndido que jamás vino a existir. Gente que gana mucho sin, en realidad, producir nada tangible para la sociedad. Compra-venden ese complejo y tan debatido concepto que es el dinero. Hacen de intermediarios en un mercado mundial de capitales altamente inter-relacionados. Difícilmente se podría entender la complejidad de nuestro mundo sin ahondar en la realidad de la economía financiera. Quien dice bancos, dice fondos de inversión y de pensiones, grandes especuladores en los mercados de divisa o en las principales bolsas mundiales. En fin, todos esos agentes que generan cantidades ingentes de excedente sin que nadie pueda coger en sus manos un solo pedazo de pan que pueda ser atribuido al sudor sus frentes.

Seres del todo improductivos desde un punto de vista de la economía real, física o material.

”El grano no hace al granero pero… ¿a quién ayuda?”

Y así, grano a grano, como en el refrán, van haciendo no un granero, sino un gran almacén, una enorme bóveda que se llena de 1s y 0s en un gran ordenador que acumula sus ganancias. 1s y 0s que representan, en versión moderna e informatizada, aquellos billetes verdes y pepitas de oro que acumulaba aquel avaro y geniudo “Tío Gilito” que, como sus actuales sucesores, no necesitaba mover un dedo para ver como cada nuevo granito sumaba una pequeña gotita en su mar de falsa felicidad material.

Y eso que se plasma en tantas y tantas cuestiones de nuestra vida real (los 3€ de comisión entre el banco tal y la caja cual; el diferencial de tipos de interés que, curiosamente, observamos y nos muestran con descaro cuando cedemos nuestro dinero o, por el contrario, somos nosotros las que acudimos a solicitarlo prestado; los costes de gestión y tramitación; los avales sangrantes, los grilletes hipotecarios,…).

Suma y suma, granito a granito, hasta el día de  hoy en cuyo mundo, hay gente que aglutina capitales hasta el punto de poseer suficiente poder como para desestabilizar un país o echar al traste los muchos esfuerzos de una aceptable gestión privada, pública o colectiva de la economía. Gentes que, como ya hizo George Soros, puede superar en volumen de divisa (y por tanto desestabilizar con sus altamente lucrativas acciones) a economías como la española, u otras tan fuertes como la británica. Gentes que nos han robado y detentan un poder, el nuevo poder corporativo que se alza sin que nadie tome conciencia de quienes somos los que entregamos en bandeja nuestros pequeños granitos a sus grandes sacas de poder financiero. Gente que consume perfumes caros,  ferraris y posee terceras, cuartas y quintas residencias. Gente que puede cerrar en su puño el destino de familias, países o incluso continentes enteros.

“Como siempre ha sido” pensarán algunas.  Claro, pero la diferencia entre el Cesar, Felipe II o incluso el contemporáneo Bush y los actuales magnates de las finanzas es bien sencilla: la falta de rostro de estos modernos subyugadores puede llegar a hacernos dudar de su verdadera existencia, a pesar de que su asfixia acose nuestra cómoda realidad. Un angoleño con una mínima formación, sabe que la especulación internacional de divisas o las responsabilidades de pago de su deuda externa, son realidades que están condenando a su país a un pozo oscuro que requiere sustanciales y radicales reformas para poder ser superado.
Pero esta realidad no se asocia directamente a una potencia colonial o a un poder público opresor. De hecho, y sin quitar a los gobernantes lo que de responsabilidad tuvieron y siguen teniendo, creo que la capacidad de incidencia de los estados-nación, no sólo deja poco margen a la irreverencia, por no hablar de la insurgencia, sino que  éste se anula en la mayoría de los casos en los que un país trata de sobrevivir en una situación de alta dependencia respecto al entramado financiero global.

Salvando las muchas excepciones y particularidades que escapan a las intenciones de este artículo, es patente y muy lamentable que el mundo se haya puesto en bandeja a aquellos que hace ya mucho tiempo se dieron cuenta del suculento negocio que era captar y gestionar las pequeñas o grandes cantidades de ahorro o excedente no reinvertido por los distintos asalariados e inversores productivos.

Usureros e intermediarios financieros: ¿Cuál es su utilidad?
En etapas anteriores, los capitalistas promovían una actividad  productiva que, aunque ocasionase excedentes desigualmente repartidos, era utilizada por la sociedad para la satisfacción de sus necesidades. Grandes fortunas alineadas con el poder de los estados-nación para generar mayores niveles de producción, y por lo tanto de consumo, que estimulaban la actividad, el empleo y el crecimiento económico (y, por supuesto, también sus magníficos beneficios).

Jamás olvidaremos los barracones, las jornadas de 12 horas o más, las epidemias, la esclavitud, la explotación infantil,… (prácticas deplorables que, por cierto, no se han terminado, tan sólo se han deslocalizado a sociedades menos combativas o más amordazadas). Tan sólo quiero destacar que aquellos antiguos patronos, reyes o gobiernos a la vieja usanza están en clara decadencia. Y no son ni de lejos mejores, los nuevos vientos que traen los caciques que detentan el poder económico en nuestros días.

Estos nuevos gestores del poder, de la economía y del destino de la humanidad, tienen el añadido de que, además de vivir ocultos bajo la máscara del complejo entramando de gestores del capital (directores generales y de departamentos financieros de bancos y empresas, brokers, gerentes de fondos de pensiones y de inversión, altos directivos, consultores y asesores,…), no aportan (en términos de economía real de la que nos viste y nos alimenta cada día) nada que se pueda tocar, comer o disfrutar.
Aprovechan la creciente e incontrolable necesidad de intermediación financiera global, para generarse unas rentas de lo más suculentas. Además no arriesgan de su propio bolsillo, tan sólo se juegan en este casino o, mejor, ruleta rusa mundial, el dinero de los demás (inversores, pequeños y grandes ahorristas,…). Su saldo crecientemente positivo de la cuenta en las islas Caimán, les permite estar tranquilos de que nunca tendrán que pedir o de alguna nueva forma aprender a robar. Gentes que hacen su trabajo para maximizar las ganancias improductivas de ahorristas e inversores que, aunque ahora no lo teman, poco o nada tendrán que rascar si, como sucedió en 1929 a escala global (o en épocas mucho más recientes en el sudeste asiático, argentina o incluso en Parmalat) el tinglado explota, la burbuja se rompe y todo son lamentos donde antes había abundancia y bienestar (bienestar material que no real, que de este poco tienen que decir los billetes y las cuentas de banco)

¿Y qué pasa con la economía de verdad?

Este complejo fenómeno de las finanzas y la especulación tiene consecuencias sobre los equilibrios de la economía. La demanda-consumo (y además de lujo) de estos gestores y directivos de la empresas financieras, tiene una repercusión macroeconómica que no ve en la oferta-produccion una contrapartida. Estás empresas no producen realmente nada y tan sólo suplen la carencia originaria de las hipótesis neoclásicas que afirman la existencia de información perfecta y universal).

Si, si, ya sé, estos magnates exprimen la rentabilidad del otro factor de producción crucial, el capital (asociado al riesgo), y eso tiene una retribución estupendamente explicada en los libros de macroeconomía, dónde este factor es equiparado al trabajo y mezclado con éste en los modelos teóricos de la economía. Dejaremos esta absurda equiparación para otro día. Centrémonos en todos esos gestores-intermediarios del capital, toda esa gente que con su actividad en el mercado, no aporta producción en la oferta, pero desencadena altas cotas de consumo de bienes y servicios en el lado de la demanda. ¿Acaso no puede ser ésta una de las razones para la crónica inflación que padecen nuestras economías?. ¿Qué sucede con un sistema en el que el sector más derrochador y consumista de la población no genera, en muchos casos, ningún valor productivo tangible y se dedica a vivir del valor añadido que otros y otras producen?

Este es el pequeño poder que con nuestras cuentas de banco, nuestros fondos de pensión o de inversiones les otorgamos. El poder sobre el devenir de nuestro sistema y nuestras vidas. El poder de hacer de nuestro mundo un enfermo crónico cuyos males y pesares se nos presentan tantas y tantas veces como meros fenómenos meteorológicos. Hechos que en realidad responden a lógicas y a intereses concretos y momentáneos (y por tanto contestables, alterables e incluso abolibles).

No creo posible establecer un juicio personalizado sobre todas los que, con nuestro pequeño granito, sumamos un poquito más en su mastodóntica montaña de ganancias.
Pero sí creo indispensable hacer de este grave problema objeto de nuestra reflexión,  nuestras críticas y nuestras prácticas contestatarias. Para que, con el tiempo, las alternativas (que las hay) se nos hagan social e intelectualmente más atractivas. Porque también en este ámbito (de inmensas y globales consecuencias), otro mundo es posible y necesario. Y si no, miremos al nuevo premio Nobel de Economía (al que equivocada e interesadamente le han puesto el título de la Paz) o al proyecto FIARE de constituir en el estado español una cooperativa financiera de intermediación entre el ahorro solidario y la inversión desde una perspectiva alternativa ( http://www.fiare.org ). En esto, cómo en todo, se hace camino al andar.

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