Economía Crítica y Crítica de la Economía

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La búsqueda de progreso, ¿vamos por el camino equivocado?

Autor: Juan Barredo Zuriarrain

Categoría: Fundamentos

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Desde las primeras revoluciones industriales hasta nuestros días, en los países occidentales se ha observado que gracias al desarrollo de la economía, a la emergencia de las industrias, a la acumulación de riquezas materiales… se puede llegar a un mayor bienestar. En épocas de gran prosperidad económica, como en “los 30 años gloriosos” que transcurren tras la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento económico permitió el acceso de gran parte de la clase media europea y estadounidense a bienes que les facilitaron mucho la vida (automóviles, electrodomésticos…). Fueron años de reducción del paro, de salarios al alza, de aumento del bienestar generalizado. Las crisis, como la que tuvo lugar en los 70, se caracterizan por reducidas tasas de crecimiento (o incluso depresión), aumento de las tasas de paro y de pobreza. Por eso, hemos acabado asimilando que los incrementos en la producción se traducen en un mayor bienestar social. 

Pero… ¿qué es realmente el PIB? ¿Cómo se halla? ¿Está tan directamente relacionado con el bienestar social? Simplificando, podemos definirlo como la producción total de una región (un país, una provincia, una ciudad…) durante un periodo de tiempo (normalmente un año). El valor total se obtendrá mediante la agregación de los bienes y servicios producidos multiplicados  por sus precios respectivos. Tras esta multiplicación, tenemos un valor numérico muy útil para la contabilidad nacional y la evaluación de políticas económicas, pero con graves carencias.

En la producción total, se incluye todo tipo de productos. Desde alimentos básicos como pan, huevos, verduras… hasta la producción de la industria militar (tanques, misiles, operaciones bélicas…). También forman parte del PIB lo que Christian Comeliau denomina actividades reparadoras, cuyo destino “no es provocar un aumento de la satisfacción, sino compensar una reducción de la satisfacción sufrida o provocada por otros” Por poner un ejemplo, en el caso del hundimiento del Prestige, las medidas de limpieza, indemnizaciones y demás gastos se tradujeron en un aumento del PIB.

Asimismo, al tomarse la variación del PIB como referencia para evaluar la marcha de una economía, se estarán ignorando las desigualdades existentes. En Europa, por ejemplo, mientras la producción ha aumentado casi sin parar desde la década de los 80, la parte del total de la renta repartida a los asalariados se ha  ido reduciendo, en beneficio de las rentas al capital (más exactamente el excedente bruto de explotación). En general, el PIB no tiene en cuenta ningún tipo de desigualdad (ni entre asalariado y accionista, ni entre mujer y hombre, edades, precariedad-estabilidad)…

Por otra parte, no se tiene en cuenta el desarrollo del estado de bienestar. Los servicios públicos como la educación o la seguridad social son considerados como un simple gasto de la administración. Así, si un sistema de salud como el estadounidense, privado en su mayoría, genera más rentas que un sistema público eficaz que garantice la asistencia sanitaria a sus habitantes, el sistema privado sumará más a efectos del PIB.

Además, en muchos países, especialmente en aquellos clasificados como “países en vías de desarrollo” gran parte de la actividad económica no es declarada, permanece ajena al control de la administración, por lo que no es contabilizada. En España, esta economía sumergida representa alrededor del 20% de la Producción Bruta. Otro tipo de actividades básicas para el funcionamiento de la sociedad pero tampoco contabilizadas, son gran parte de las actividades de beneficencia, familiares, de vecindad…

Por último, al hablar de la evolución del PIB, omitimos el respeto del país hacia el medio ambiente. Un crecimiento fuerte del producto en una economía estará causando, seguramente, un daño enorme a su naturaleza, y por lo tanto, al mismo ser humano. El incremento de la producción industrial conlleva que se exploten materias primas a un ritmo más fuerte. Probablemente, las emisiones de gases de efecto invernadero aumentarán… Otro ejemplo más visual todavía: El boom inmobiliario observado en España ha creado durante años muchísimos empleos (directos e indirectos). Ha permitido crecer a un ritmo superior que el resto de países de la Unión Europea. Incluso, ha traído a cantidad de turistas extranjeros con ganas de gastarse sus pensiones aquí. Sin embargo, se ha basado en una construcción sin planificación ni control alguno. Ahora, tras la crisis, a parte de las consecuencias sociales, todas esas casas siguen allí, causando un grave daño visual y fuertes desequilibrios ecológicos.

En resumidas cuentas, el indicador que acabamos de analizar a pesar de aportar elementos fundamentales para estudiar el nivel de bienestar de sociedades distintas, olvida otros componentes tanto o más esenciales: medioambiente, servicios sociales, desigualdad entre clases, relaciones sociales. Tomar en cuenta únicamente al PIB como medidor de progreso es, a fin de cuentas, considerar a la persona como un ser cuyo objetivo es, simplemente, aumentar el nivel de producción de su economía, ignorando las otras esferas de su vida.

Otros indicadores

Como apuntábamos en la introducción, después de haber visto en la primera parte los límites de la funcionalidad del PIB como indicador de riqueza y progreso social, en la segunda expondremos brevemente las aportaciones de los principales indicadores planteados para complementarlo (o sustituirlo).

Para superar las limitaciones del PIB, los nuevos indicadores deben integrar nuevas variables que definan la riqueza y el progreso social de una sociedad. Estos tendrán, además, que ser fácilmente calculables y universalizables; es decir, que se puedan aplicar y comparar entre varios países.

Entre todos ellos, podemos encontrar unos que se limitan a añadir algún componente al PIB, y otros que se basan en otras variables distintas.

La fundación Redefining Progress, por ejemplo, ha desarrollado el Índice de Progreso Genuino (GPI), que incluía en el cálculo del Producto Interior Bruto, actividades no integradas en la contabilidad nacional (servicios domésticos, servicios aportados por los bienes durables e infraestructuras…) y restaba de la misma externalidades negativas (polución, accidentes de carretera…) En 2006 se aplicó este estudio a los Estados Unidos, y se observó que mientras su PIB no había parado de crecer desde los años 80, el GPI se había estancado, lo cual viene a apoyar la tesis de que crecimientos de la producción nacional no conllevan un mayor bienestar.

El indicador alternativo más conocido es sin duda el Índice de Desarrollo Humano. Desarrollado a partir de los trabajos del Nóbel Amartya Sen, ahora es utilizado en los informes anuales del PNUD (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo). Incluye 3 variables: el nivel de vida (medido a través del PIB por habitante  según la paridad de poder adquisitivo), la esperanza de vida al nacer, y el nivel de educación (calculada por una ponderación de las tasas de matriculación y alfabetización).La clasificación de países por este indicador saca a la luz casos interesantes. Por citar un par de ellos, Estados Unidos, a pesar de contar con una renta per capita elevadísima, quedó relegado, en 2007, al 12º puesto por sus malos resultados en materia de salud y educación. En el otro lado se encuentra Cuba, que aunque no cuente con una renta elevada, gracias a su sistema de salud y educación tiene un IDH mayor que algunos países europeos.

Hay otros indicadores utilizados por el PNUD que miden la desigualdad de género, el nivel de pobreza, de libertad… y que toman bastante menos en consideración el nivel de renta.

Incluso, investigadores e instituciones independientes, han desarrollado indicadores que no tienen en cuenta el nivel de renta. Así por ejemplo, Robert Putnam  midió el poder del capital social en Estados Unidos, teniendo en cuenta factores como la vitalidad de las estructuras asociativas, la participación en la vida política o el civismo. La conclusión fue parecida al caso del GPI. A pesar de que el PIB se había multiplicado por dos, desde los años 70, en ese país, el capital social se había debilitado.

Conclusión

A lo largo de este artículo, hemos visto las limitaciones del Producto Interior Bruto como indicador para explicar la riqueza y progreso de una sociedad. A pesar de las discrepancias que pueda haber, se ha avanzado integrando nuevos elementos que ayuden a lograr una redefinición del concepto de progreso, que sea socialmente aceptada y que oriente a la sociedad en su búsqueda por mejorar. Si el objetivo final es mejorar colectivamente, debemos abandonar indicadores obsoletos e incluyendo nuevas perspectivas que enriquezcan nuestra búsqueda de un mundo mejor.

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