Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Las sanciones contra Huawei y la lucha por la hegemonía tecnológica global

Autor: Jose Luis Carretero Miramar

Categoría: Mundial, Poder, Tecnología

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Kaos en la Red

La decisión de la Administración Trump de vetar a las compañías norteamericanas toda relación comercial con la tecnológica china Huawei ha saltado a la primera plana de las noticias tras la ruptura de relaciones de Google con el fabricante asiático, lo que le colocaría en la tesitura de no poder utilizar el sistema operativo Android, y todo su ecosistema de apps asociadas, en sus móviles y en sus ordenadores portátiles y tablets.

Paralelamente, y en los siguientes días, otros importantes proveedores tecnológicos e industriales y operadores de redes han roto también sus relaciones con la empresa china (como las secciones británicas de Vodafone y BT, la japonesa Softbank o los gigantes norteamericanos Intel y Qualcomm). Muy señaladamente, la ruptura ha alcanzado también a la línea de negocios de Huawei con ARM, un grupo británico muy ligado a la Universidad de Cambridge, propiedad de Softbank, que proporciona la arquitectura básica y los chips, bajo licencia, que utilizan la mayor parte de los procesadores para móviles existentes en el mercado, incluyendo el procesador Kirin, usado por Huawei, lo que, en realidad, representa un problema de más difícil solución para la tecnológica china que las dificultades para acceder al ecosistema Android.

Ya hablamos hace casi seis meses de las razones profundas del conflicto de la Administración Trump con Huawei (en el artículo Huawei y la lucha por la conectividad del futuro, disponible en la web del periódico El Salto: https://www.elsaltodiario.com/moviles/huawei-5g-estados-unidos-china). Reiteraremos algunas de esas explicaciones, profundizando en su análisis y deteniéndonos en las derivaciones abiertas por los desarrollos actuales de la situación.

Empecemos afirmando que el llamado “asunto Huawei” debe ser entendido teniendo en cuenta tres planos de análisis de creciente profundidad, como en un zoom cinematográfico:

El primero es el enfrentamiento económico entre la potencia aún hegemónica (Estados Unidos) y la emergente (China) en un mundo cada vez más multipolar y en el seno de una dinámica de crisis de largo calado del sistema capitalista global, cuya única salida plausible parece adivinarse en la implementación de la llamada “Cuarta Revolución Industrial”, que se quiere capaz de valorizar las innovaciones tecnológicas de las últimas décadas y de generar un aumento sostenido de la productividad que permita el inicio de un nuevo ciclo de acumulación de larga duración.

El segundo, íntimamente relacionado con el anterior, constituye el análisis de la carrera entre potencias y entre empresas para la implementación de la tecnología 5G, que va a permitir adelantar ese proceso de transformación tecnológica, generando la infraestructura material para el avance de la tan deseada Cuarta Revolución Industrial, al garantizar el nivel de conectividad cuantitativa y cualitativamente necesario para el despliegue del llamado Internet de las Cosas (IoT), que permitiría operar con millones de objetos conectados al mismo tiempo, facilitando enormemente el funcionamiento de las grandes plantas industriales, los sistemas de almacenamiento colosales como los de Amazon o las futuras Smart cities, en las que los sistemas de tráfico, salud o transporte podrán estar interconectados en tiempo real.

El tercer plano del análisis está relacionado con el aterrizaje táctico de los anteriores planos, de índole más estratégica. Aquí podemos narrar las medidas de fuerza de la Administración Trump contra Huawei como tácticas de negociación específicas en el marco de las conversaciones establecidas entre norteamericanos y chinos para intentar llegar a un acuerdo en el marco de la guerra comercial abierta entre ambas potencias como resultado de las medidas arancelarias puestas en marcha por Trump el año pasado, y la escalada subsiguiente de represalias por ambos bandos; pero también como una intervención directa en el menguante mercado de los smartphones que permite a los norteamericanos recuperar cuota de mercado para sus empresas y debilitar a un importante competidor, justo cuando el mismo necesita acumular capital y derivar esfuerzos en I+D+i para dar el salto de manera solvente a los subsiguientes campos de avance tecnológico.

Empecemos dando algunas pistas para seguir el despliegue de este gran culebrón global en el trayecto marcado por los tres planos de análisis antecitados.

En primer lugar, es evidente que las medidas contra Huawei (así como la detención hace unos meses en Canadá de la hija de su fundador y directora financiera de la firma) están enmarcadas en el contexto de la guerra comercial global iniciada por la Administración Trump contra la ascendente economía china y que esto se produce en un marco internacional de inestabilidad económica que ha impuesto, entre la clase dirigente norteamericana, las tesis agresivamente ultranacionalistas de asesores como Steve Bannon, uno de los principales teóricos del enfrentamiento con la potencia asiática que ha poblado los despachos de la Casa Blanca. Adelantemos algunas tesis al respecto:

La crisis no ha sido solucionada y la inestabilidad de la economía global aún es sustancialmente elevada. Es más, nada parece indicar que se haya entrado en un nuevo ciclo de acumulación y crecimiento de larga duración. La flexibilización cuantitativa a ambos lados del Océano y las políticas de austeridad, junto a los bajos tipos de interés, han permitido una salida de la crisis que sólo lo es “con imperdibles”, es decir, de manera débil y poco sostenible. La posibilidad de que reproduzcan, en el medio plazo, fuertes sacudidas como la del 2007 o procesos de estancamiento “a la japonesa”, está en la mente de todos los analistas.

Esto, además, sucede en el marco de un mundo cada vez más multipolar, donde la economía norteamericana ha perdido la hegemonía incontestable de que disfrutaba hace décadas. El fuerte déficit comercial y la enorme deuda pública de los Estados Unidos, se amalgama con la tendencial pérdida de mercados estratégicos de sus multinacionales e, incluso, con las dudas respecto a su capacidad para seguir ejerciendo su papel de policía global, papel que garantiza de hecho la primacía del dólar como moneda de reserva a nivel mundial y le permite seguir generando deuda sin tener que pagarla, dada su derrota militar en escenarios como el de Siria.

En este contexto, China, con una economía cada vez más dinámica y abierta, pero fuertemente regulada en lo estratégico por su ubicuo Partido Comunista, ha conseguido convertirse en la segunda economía del mundo, y va camino de ser, en poco tiempo, la primera. Los procesos de transferencia de tecnología que han acompañado como condición estatal a su desarrollo industrial como plataforma de fabricación de las grandes empresas globales en las décadas anteriores, así como una fuerte inversión sostenida desde la revolución maoísta en la formación científica y técnica, han convertido a China en el líder mundial en la aprobación de patentes industriales, y a algunas de sus empresas, como Huawei, en líderes globales de los mercados de tecnología.

Una tecnología que es vista cada vez más como el elemento estratégico decisivo para determinar una salida plausible a la actual situación de crisis y atonía global, así como a los peligrosos desfiladeros geoestratégicos que la rodean. El Capital no encuentra nuevos mercados, teniendo en cuenta que ya la totalidad del planeta está inserta en sus redes de valorización. El proceso de globalización de la economía ha encontrado algunos puntos de bloqueo tras la crisis del 2007, por las tensiones geoestratégicas. China está decidida a ampliarlo y a construir infraestructuras mediante una inversión masiva en la llamada Nueva Ruta de la Seda para facilitar los intercambios en el espacio euroasiático y con África y América Latina, pero los Estados Unidos han puesto sus intereses como potencia por encima de su supuesta actuación de gerente del capital transnacional, haciendo estallar una guerra comercial con múltiples frentes que incluso el mismo Fondo Monetario Internacional ve como uno de los principales peligros para la estabilidad económica mundial.

La pregunta, por tanto, es ¿quién controlará la próxima generación de avances tecnológicos y, por tanto, el despliegue del próximo ciclo de acumulación global, si este llega a concretarse? ¿Quién disfrutará de las ventajas en la productividad y en el control de las infraestructuras de redes que le permitirán, no sólo desplegar su propia capacidad de producir sino también poder controlar la de los demás? ¿Quién, además, tendrá la llave de los recursos tecnológicos clave que dan acceso a un salto cualitativo en términos de defensa y seguridad interna? Recordemos que el control de la tecnología innovadora actual, y de los recursos naturales que la hacen posible, como los minerales y tierras raras que se usan para la fabricación de todo tipo de aparatos electrónicos, incluidos los de uso militar, es un elemento que determinará en gran medida el futuro previsible y, sobre todo, quién lo va a encabezar. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que China controla ya en gran medida la producción de los mencionados minerales y tierras raras (lo que le permitiría implementar una devastadora respuesta a las sanciones y medidas arancelarias norteamericanas, si la tensión siguiese escalando sin límites) y que uno de sus productores destacados es, precisamente, Venezuela, y encontraremos muchas claves para entender las tensiones geoestratégicas del presente.

Y con todo ello en mente, podemos pasar al segundo plano del análisis: la implementación de la tecnología 5G.

La tecnología 5G representa un avance cualitativo a la hora de operar las redes de telefonía móvil e internet respecto al previo 4G. La velocidad en la navegación va a ser mucho más rápida; la latencia (velocidad de respuesta de la red a determinadas interacciones), también; asimismo, el 5G va a permitir conectar una cantidad de objetos mucho mayor en el mismo espacio y al mismo tiempo. Se trata de una tecnología básica para desplegar la potencia del llamado Internet de las Cosas (IoT) y, combinado con otros avances como el llamado Edge computing (que permitirá almacenar contenidos en la nube mucho mas cerca del consumidor y por lo tanto, ejecutar las apps y otros programas con mucha mayor velocidad) permitirá una gestión en tiempo real de grandes conjuntos de elementos conectados (algo decisivo, ya lo hemos dicho, para aumentar la productividad en grandes centros de fabricación o almacenes de e-commerce, por ejemplo, pero también, para uso militar o para la gestión de redes de servicios públicos y privados en las futuras “ciudades inteligentes” o Smart cities”). Por eso, en algunos países como Alemania, se está reservando una parte de la red 5G para que sea organizada directamente por las grandes corporaciones industriales locales.

Hay que tener presente que en el negocio global de la instalación de este tipo de redes Huawei es uno de los actores principales, junto a Ericsson y Nokia y que, incluso, hasta el momento ha desarrollado algunas ventajas cualitativas frente a sus competidores en este mercado. Las sanciones y maniobras estadounidenses tienen como principal objetivo expreso desbancar a Huawei de las futuras redes 5G, utilizando como excusa que dicha empresa podría utilizar su posición en las mismas para espiar a los gobiernos, ciudadanos e instituciones occidentales, dada la directa relación de su presidente con el gobierno chino. Una curiosa acusación, si tenemos presente la dinámica probada de espionaje masivo de la ciudadanía global llevada a cabo por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense que denunció, con una absoluta catarata de pruebas, el ex analista de esta institución Edward Snowden.

El caso es que Estados Unidos ha presionado directamente a sus aliados y muchos otros gobiernos para promover un veto contra la participación de Huawei en la puesta en marcha de las redes 5G. Lo ha conseguido en algunos casos, en otros no. Incluso debemos hacer notar que el propio gobierno británico, fiel aliado de los norteamericanos, pese a ir generando una creciente presión sobre la compañía china y sus negocios, no ha terminado de decidirse a prohibir su participación en el despliegue de esta infraestructura futura.

Hay que tener presente que dejar fuera a Huawei de las futuras redes europeas, por ejemplo, no es tan fácil. La tecnología Hauwei está implantada en cerca del 40 % de los nodos de telefonía móvil del continente. En España, por ejemplo, Huawei aporta el 65 % de la red móvil de Vodafone y el 40% de la de Orange. Además, es uno de los principales proveedores de las redes de fibra de Orange, Movistar y MásMóvil. El gobierno español, recientemente, ha aprobado financiar con dinero público un proyecto piloto conjunto entre Huawei y Vodafone en Málaga y Sevilla.

Y es que hay varios problemas para sustituir a Huawei en las redes móviles en que ya está implantado: las redes 5G se tienen que instalar sobre las previas 4G existentes (es decir, precisan de esa infraestructura previa) y lo más fácil y competitivo, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista tecnológico, por tanto, es que lo hagan las mismas empresas que instalaron las 4G; y, además, la presencia de Huawei en este mercado ha provocado una mayor competencia y una bajada de precios, lo que ha impactado positivamente en las cuentas de las operadoras de telefonía móvil, un efecto que desaparecería ante un futuro duopolio de facto entre Ericsson y Nokia motivado por su ausencia.

Y con todo ello en nuestras retinas, podemos pasar al tercer plano del análisis respecto al llamado “asunto Huawei”: el plano propiamente táctico de las últimas medidas implementadas por la Administración Trump. ¿Por qué Trump, en medio de este gran pulso sobre la conectividad global y, por tanto, también, sobre la productividad futura del trabajo y su apropiación, introduce a Huawei en una norma sobre sanciones relacionadas con la seguridad nacional, provocando con ello que Google y muchas otras empresas tecnológicas norteamericanas rompan la cadena de suministros del gigante empresarial chino, justo en este momento?

Aventuraremos que ello se produce por un arco de razones que abarca dos finalidades esenciales: romper el mercado global de smartphones, impactando sobre la posibilidad de acumulación de capital de Huawei para impedir su avance y su proceso de innovación tecnológica, afectando por tanto, también, al futuro del desarrollo técnico de la economía china en su conjunto; y, además, presionar fuertemente al gobierno chino en el marco de las conversaciones entabladas entre la Administración Trump y la de Xi Jinping para tratar de llegar a un acuerdo que permita dar por concluida, al menos temporalmente, la guerra comercial empezada hace más de un año con la gran potencia asiática.

El mercado internacional de teléfonos móviles lleva encadenando seis trimestres en negativo, con un descenso de las unidades comercializadas en el período de enero a marzo de un 6,6 % interanual. Eso ha provocado un alza sostenido de los precios de los principales fabricantes, que tratan de solventar con ello la bajada de las ventas. Tras el anuncio en septiembre de la salida al mercado de la nueva familia de Iphone, el precio medio del catálogo de Apple en España se incrementó en un 20% superando, por primera vez, los 1.000 euros. Pese a ello, Apple no ha conseguido mantener su mismo nivel de beneficios, y el lanzamiento a ha sido considerado, globalmente, un fracaso. Samsung y Huawei también han subido el precio de sus últimos lanzamientos con respecto a los que comercializaron el año pasado.

Eliminar a Huawei de este mercado es eliminar a un potente competidor, sobre todo en el importante segmento comercial de los smartphones de entre 100 y 300 dólares, en el que era casi ya el principal vendedor. De hecho, en España, Huawei había obtenido el año pasado una cuota de mercado del 28,3 %, superando así a Samsung como primera marca en ventas. Y en Europa en su conjunto su cuota no andaba muy lejos: un 27%, a ocho puntos del líder, de nuevo Samsung. Huawei ocupaba el primer puesto en ventas en nueve mercados europeos.

Así que las sanciones se han dirigido contra Huawei, con la pretensión de expulsar a la empresa china de este suculento mercado. El efecto de las sanciones abarca aspectos muy distintos:

Por un lado, impide a los móviles Huawei el uso del sistema operativo Android y les expulsa del ecosistema de apps asociado a Google (desde Whattsapp a Google Maps, por ejemplo). Esto dificultará enormemente las ventas en el mercado europeo, donde los consumidores dan por descontado poder tener acceso a dicho ecosistema, aunque tendrá mucho menos efecto en el descomunal mercado chino, donde todo eso apenas se usa. Huawei ha indicado que lleva desde 2012 desarrollando un nuevo sistema operativo (llamado Hong Deng), pero lo realmente difícil no es tenerlo, sino que el mismo tenga un asociado un universo lo bastante amplio de usuarios y programadores para que se desarrollen continuamente nuevas apps, y que, por tanto, la gente acepte usarlo como alternativa a Android (que hoy día está instalado en el 85% de los móviles del mundo) algo que puede ser fácil para Huawei en su mercado doméstico, pero más difícil en el global.

Por otro lado, las sanciones contra Huawei abarcan la totalidad de su cadena de suministros. Y hay un punto mucho más débil que ya hemos mencionado al inicio del artículo: los chips comercializados por ARM, que se usan en su procesador Kirin. Aquí estamos hablando de hardware, y es mucho más difícil desarrollar alternativas viables a corto plazo. Aunque quizás, en un sentido mucho más profundo, y a veces la dirigencia china piensa así, estemos hablando también de oportunidades a largo plazo: un procesador 100% chino otorgaría una independencia tecnológica tremenda a la economía de la República Popular.

Se intenta así evitar que las tecnológicas chinas (recordemos que más empresas chinas como ZTE han sido también sancionadas anteriormente y otras, como Hikvision parecen candidatas a serlo pronto) acumulen el capital suficiente para ampliar sus programas de I+D+i y se hagan con el liderazgo incontestable de los desarrollos tecnológicos futuros. No en vano, en las conversaciones entre chinos y americanos sobre la guerra comercial en curso, uno de los elementos centrales de conflicto es la política china de imponer legalmente obligaciones de transferencia de tecnología a los inversores extranjeros.

Y, finalmente, debemos fijarnos también en que las sanciones contra Huawei han seguido un guion tuiteado al detalle por el mismísimo Donald Trump, en paralelo al proceso de conversaciones iniciado entre el gobierno chino y el estadounidense acerca de una posible solución a la guerra comercial que enfrenta a ambos países. Y esos tuits de Donald son extremadamente claros: una y otra vez, el presidente norteamericano liga las distintas vicisitudes del affair Huawei (incluida la detención en Canadá de la hija del presidente de la compañía y directora financiera de la misma) al resultado de las negociaciones.

Es decir, que diga lo que pueda decir la teoría del Estado de Derecho, Trump afirma que el asunto Huawei se puede solucionar si se llega a algún acuerdo comercial con China. Demostrando, de manera transparente, que las sanciones son también una maniobra política en las negociaciones en curso. Una maniobra peligrosa y con efectos potencialmente dañinos para la estabilidad global, no hay duda. Pero ese tipo de tácticas parecen las habituales en el actuar de un presidente que ya demostró en sus conversaciones con Corea del Norte que es capaz de facilitar el asalto a la embajada coreana en un país tercero (España) para obtener información sobre el negociador con el que está sentado en ese mismo momento, aunque ello provoque que este último se levante de inmediato de la mesa.

Así que puede que la densidad del daño contra la gigantesca tecnológica china, y contra los consumidores que compraron sus productos, sea finalmente limitado, si se llega a un acuerdo en las conversaciones en curso entre los gobiernos de las dos principales potencias de nuestro mundo. Pero esta posibilidad, de nuevo, nos remite al primer plano de análisis de nuestro texto: el enfrentamiento por la hegemonía y por la apropiación del desarrollo tecnológico futuro, en el marco de un capitalismo sometido a crisis recurrentes e interdependientes.

Se podrá llegar a un acuerdo, pero será temporal, limitado, inestable. O quizás no se llegue a ningún acuerdo finalmente. Más pronto que tarde, el equilibrio entre las potencias se resquebrajará. Lo nuevo querrá asumir su posición naciente frente a lo viejo que quiere perpetuarse. La pregunta es si China logrará la hegemonía global antes de que sus propias contradicciones (la tendencial burbuja de las infraestructuras locales, los crecientes conflictos de clase, la deriva hacia la apertura al mercado mundial de cada vez más sectores económicos con el consiguiente debilitamiento del poder regulador y el mando estratégico del Partido sobre los objetivos de desarrollo…) la hagan implosionar.

Lo que debe interesarnos, sin embargo, y ocupar la parte más material de nuestros afanes cotidianos es si esta nueva “Guerra Fría” naciente abrirá espacios para la confrontación contra el sistema en sí, para un avance en la democratización del mundo y, por tanto, en la reapropiación de los nuevos desarrollos tecnológicos por las clases populares. Las divisiones en el seno de la clase dirigente son siempre un elemento imprescindible para la emergencia de una situación revolucionaria, decía Lenin. Pero también hay que tener en cuenta que a los que dicen aquello de que “todo es caos bajo el cielo, la situación es inmejorable”, hay que responderles siempre: “si, pero sólo si nos estamos organizando en serio”.

El futuro está más abierto que nunca. Eso puede ser una maldición o una bendición. Está en nuestras manos lidiar con él.

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