Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Lagarde y la independencia del BCE

Autor: Alberto Montero Soler

Categoría: Moneda, Poder, Unión Europea

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El Confidencial

La creación del euro, como tantas otras decisiones en el ámbito de la eurozona, estuvo condicionada por Alemania. Esta impuso que la institución que gobierna el euro, el BCE, debía crearse a imagen y semejanza del Bundesbank, lo que implicaba dos decisiones políticas claves: que debía ser lo más independiente posible del poder político y que su objetivo debía ser exclusivamente controlar la inflación. La herencia de la hiperinflación de la República de Weimar y su contribución a la llegada al poder del nacionalsocialismo justificaban la posición germana y acabaron por impregnar los estatutos del BCE y, por extensión, la de todos los bancos centrales de la Eurozona.

Esta decisión política no se limitaba a lo institucional sino que tenía importantes derivadas sobre el diseño de la política económica en la eurozona. No solo representaba la transferencia de soberanía sobre su política monetaria por parte de cada Estado miembro sino que también se le daba a la política monetaria una preeminencia excesiva sobre la política fiscal en el ‘mix’ de política económica de cada Estado por una doble vía.

En primer lugar, y con un carácter tanto simbólico como operativo, porque no se avanzaba en el diseño de una transferencia similar en materia de política fiscal a nivel europeo sino que esta se mantenía en el ámbito estatal sometida a estrictas restricciones en materia de déficit y deuda públicas.

Y, en segundo lugar, y de una forma absolutamente disruptiva con respecto al uso tradicional de la política monetaria, porque impedía a los Estados miembro la financiación monetaria del gasto público; los obligaba a financiarse en los mercados emitiendo y colocando deuda, como cualquier otro agente privado; y acababa con un circuito privilegiado de financiación que, usado de forma adecuada, constituía, como poco, un potente instrumento contracíclico.

El desequilibrio es tan evidente que las advertencias del propio BCE a los Estados miembro y a la propia Comisión advirtiendo de que no se puede suplir con una política monetaria ultraexpansiva el trabajo que correspondería realizar a las políticas fiscales empiezan a ser ya el pan nuestro de cada día.

En cualquier caso, se ha escrito mucho tanto sobre las asimetrías y errores de diseño de este modelo como sobre el fiasco de la “austeridad expansiva” -ese mágico oxímoron- y, al menos en relación con la primera cuestión, algo se ha avanzado en su corrección, aunque la influencia de Alemania sigue estando presente condicionando lo que se puede o no hacer y cómo se debe hacer. El fondo de depósitos de garantía europeos o la emisión de eurobonos pueden servir como ejemplo de esa influencia.

Lo que hasta ahora no se había cuestionado, al menos por la vía de los hechos, era la independencia del BCE encarnada en la figura de su gobernador. De hecho, quién fuera este, cómo se eligiera y cuáles son sus márgenes de maniobra fue objeto de atención prioritaria en la redacción de los estatutos del BCE.

La esencia de lo allí dispuesto es que tanto la institución como quien la dirige deben estar lo más alejado posible de cualquier influencia política hasta el punto que su independencia se convirtió casi en un dogma de fe para los promotores del BCE. Una independencia que comulgaba con el sentir de los tiempos en los que se redactó y en los que en el debate público se había instalado la idea de que lo técnico debía de prevalecer sobre lo político -no digamos ya sobre lo democrático- y se promovía la creación de las denominadas agencias independientes.

Lagarde carece de conocimientos en materia de banca central y política monetaria y esa es una grave deficiencia en un contexto de tránsito

De esa forma, la democracia dejó de ser el sustento que otorgaba legitimidad para la acción política en muchos ámbitos -incluido la política monetaria- y se trató de sustituir por la legitimidad que derivaba del saber técnico. Y, en ese proceso, el déficit democrático que se generaba en el diseño y aplicación de políticas con importantes repercusiones sobre la población se trataba de sustituir por una rendición de cuentas ‘ex post’ (‘accountability’) donde se venía a explicar lo que había pasado cuando ya había pasado y sin consecuencias de ningún orden por muy erróneas que fueran las decisiones que se hubieran tomado por quien las hubiera tomado.

Valgan como ejemplo de cómo se puede errar sin ningún tipo de consecuencias, más que las derivadas del juicio de la historia, las dos subidas de tipos de interés de Trichet en 2011 con la eurozona en plena crisis de deuda soberana y sus decisiones ayudando a agravarla. Si aquellas decisiones se contraponen al famoso ‘whatever it takes’ de Draghi, que permitió cerrar la crisis simplemente con un anuncio y sin aplicar ninguna medida concreta, la conclusión más inmediata, más directa, es que, más allá del saber técnico necesario para aplicarla, la política monetaria sigue siendo política en sentido estricto y que, como toda política, exige de legitimidad democrática que la respalde.

La cuestión es que para salvar la carencia de esa legitimidad democrática directa, que debiera ser más reforzada cuanto mayor es el poder que se delega y ejerce, los redactores de los estatutos del BCE apelaron básicamente a la competencia técnica como forma de establecer un criterio para resolver el nombramiento y legitimar la independencia. Ese ha sido el pilar sobre el que se ha producido la selección de los gobernadores del BCE hasta ahora y es ahí donde el nombramiento de Lagarde como próxima gobernadora del BCE hace saltar las costuras del diseño institucional de la política monetaria europea tal y como la conocíamos hasta ahora.

Por un lado, porque quienes cuestionan el nombramiento a partir de la denuncia del déficit democrático del procedimiento encuentran que la elección de Lagarde es un nombramiento político para un cargo político elegido mediante cabildeo entre presidentes y jefes de Estado de la eurozona y sin participación de la única instancia política de representación directa, el Parlamento Europeo.

Y es más grave si, para camuflar esta crítica, se desvía la atención apelando al argumento de que, al menos y como resultado de esa negociación, se evitó que se nombrara a un halcón cercano a las tesis germanas. Ese consuelo no hace sino resaltar aún en mayor medida la arbitrariedad del procedimiento y, por ende, su endeblez democrática.

¿Y si se hubiera nombrado a un halcón? ¿Sería lo que la eurozona necesita en estos momentos? ¿Tiene sentido que se impusiera el nombramiento de un gobernador que pudiera contravenir los intereses de la mayor parte de Estados de la eurozona y servir solo a los de una minoría? ¿Cómo se puede evitar que eso ocurra si la decisión se toma a puerta cerrada y como resultado de una negociación en la que entran en juego el reparto de otros cargos? Creo que son preguntas de la suficiente entidad como para merecer una reflexión específica y una respuesta satisfactoria, pero de momento no es el caso.

Y, de otro lado, quienes se aferran a la letra de los estatutos del BCE se encuentran, no solo con que la persona elegida carece de la fuente de legitimidad que, en su opinión, sustituye a la democracia, como es la competencia técnica, sino que además tiene una dilatada trayectoria política que puede enturbiar su presumible independencia (al igual que De Guindos, su vicepresidente, dicho sea de paso). En efecto, Lagarde carece de conocimientos en materia de banca central y política monetaria y esa es una grave deficiencia en un contexto de tránsito de la política monetaria por caminos inexplorados. Flaco favor se le hace cuando se presume que se limitará a seguir la senda de Draghi porque, implícitamente, lo que se está suponiendo es que carece de criterio propio para buscar nuevas sendas.

Como tampoco vale para justificar el nombramiento remitirse a que es una magnífica comunicadora porque, si bien es cierto que la política monetaria actual se sustenta en gran medida en las ruedas de prensa periódicas del gobernador, lo que en ellas se hace no es comunicar sino anunciar y dosificar la información para que los agentes elaboren sus expectativas y obren en consecuencia. La comunicación es importante, sin duda, pero lo es más la credibilidad que proporciona el ‘background’ de quien habla y anuncia.

Así que, visto lo visto, el nombramiento de Lagarde inaugura una nueva fase en la política monetaria europea marcada por un carácter mucho más político de la institución aunque aquejada de similares deficiencias en materia de legitimación democrática. La resultante puede ser explosiva a poco que Alemania comience a tensar la cuerda y no me cabe duda de que, cerrado el reparto de cargos, no tardará en hacerlo.

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*Alberto Montero (@amonterosoler) es profesor de Economía Política en la Universidad de Málaga.

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