Economía Crítica y Crítica de la Economía

Icon

Sobre el Rojipardismo y la clase obrera mestiza

Autor: Jose Luis Carretero Miramar

Categoría: Alternativas, Migración, Trabajo

Etiquetas:

Kaos en la Red

Toca pensar en una integración de los de abajo contra la desintegración programada que nos imponen los de arriba, pero una integración que no es política vertical autoritaria de Estado sino práctica de solidaridad y de construcción de lo común, respetando las diferencias.

La odisea del barco Open Arms ha sacado a la luz, en las últimas semanas, gran parte de las contradicciones, ambigüedades y mitos obrantes en la actual izquierda que se quiere antisistémica en el Estado Español.

Gran parte del debate en los medios alternativos se ha encabalgado, de manera directa, sobre la creciente deriva hacia el “rojipardismo” de una parte de nuestra izquierda. Una izquierda que se quiere “nacional” y “nacionalista”, que quiere aposentarse fuertemente sobre la disputa de los mitos fundantes de la patria española con la derecha y la ultraderecha, como única manera de afirmar una legitimidad amplia para el proyecto republicano de justicia social, convirtiéndolo en transversal por la vía de la afirmación de las necesidades colectivas de la nación. Una propuesta que se quiere populista, interclasista pero afincada en las necesidades de una mítica “clase obrera nacional”, cultural y étnicamente homogénea, y capaz de operar con racionalidad políticas restrictivas ante los crecientes flujos migratorios globales, entendidos como una amenaza al bienestar de las poblaciones bajo protección del Estado nacional, que se quiere fuerte, redistribuidor y génesis de un discurso superador de las contradicciones generadas por la globalización económica.

Se trata de una propuesta que quiere muchas veces incardinarse en las mismas coordenadas políticas que otros populismos progresistas, como los latinoamericanos (peronismo, chavismo, velasquismo, etc), que aúnan una perspectiva fuertemente nacional, desarrolllista y estatista (pero desde una base fundamentalmente antiimperialista) con elementos de apoyo en una alianza estrecha con la clase trabajadora y el resto de las clases populares. Una alternativa de fuerte raigambre en América Latina, basada en la disputa por los símbolos nacionales y el relato de la historia patria con las fuerzas de la derecha, pero que poco suele decir en relación con las corrientes migratorias, y menos teniendo en cuenta que gran parte de sus militantes derivan también en la defensa de una alternativa continental (la Patria Grande) para América Latina, que lleva desplegándose varios siglos desde perspectivas teóricas (y en algunos casos, incluso prácticas) tan dispares como las de José Ingenieros, Abraham Guillén o Hugo Chávez.

El problema de un populismo nacionalista europeo es que se ha mostrado recurrentemente desastroso, desde el punto de vista político, a lo largo de los últimos doscientos años. La constitución, tras la Primera Guerra Mundial, del llamado Círculo Proudhon, nodo de estudios sobre una posible mixtura de las perspectivas de parte del sindicalismo revolucionario francés con los planteamientos nacionalistas y tradicionalistas en el que participaron gentes con una clara trayectoria izquierdista previa como George Sorel o Gustave Herve, no hizo otra cosa que generar la base teórica necesaria para la emergencia del llamado “sindicalismo nacional” italiano, que no tardó en constituir la columna vertebral del posterior Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini.

Al fin y al cabo, las míticas recurrentes rojipardas sobre el obrerismo de determinados sectores falangistas o sobre la existencia de un Partido Nacional Bolchevique alemán que no sobrevivió al nazismo nos hablan de la innegable pluralidad de la vida política del siglo XX europeo, pero no pueden soslayar el hecho de que el nacionalismo de las naciones con Estado, organizado en Europa, durante ese siglo, difícilmente fue progresista y en la gran mayoría de los casos fue simplemente totalitario, racista y abiertamente criminal.

Quizás, gran parte de esta diferencia histórica entre los movimientos nacionales europeos y los latinoamericanos tenga su origen, precisamente, en el lugar ocupado por sus respectivas naciones en la arquitectura global del sistema capitalista. No es lo mismo, indudablemente, un nacionalismo del Sur, que se expresa sustancialmente, de manera reiterada, como un antiimperialismo que además afirma líneas de alianza continentales (Patria Grande Latinoamericana, Panafricanismo, Panarabismo, etc), así como perspectivas filo-socialistas; que un nacionalismo del Norte, con perspectivas fuertemente racializadas, centrado usualmente en el cierre de fronteras y en la conservación de formas de vida más que en la innovación social.

Es por eso que una «izquierda nacional» que recurra a los muros en el Mediterráneo, junto a Salvini y Pedro Sánchez, en nombre de una «clase obrera blanca y patriotera» básicamente inexistente es un contrasentido peligroso.

Deberíamos tener en cuenta que hubo quienes empezaron dedicándose a criticar a la izquierda, la modernidad y el racionalismo, en nombre de un «nuevo discurso» y la potencia de los mitos. Continuaron afirmando un ecologismo místico y biologicista, contra la ecología social transformadora. Siguieron cantando loas a la Familia y la monogamia, contra la disipación sesentayochista. Hace poco llamaron a recuperar el sentido del Patrioterismo, contra el internacionalismo «ingenuo». Ahora nos cantan las excelencias de los uniformados, las fuerzas de seguridad y el populismo punitivo, contra la degradación en los barrios y el éxodo de los desesperados…No es de extrañar, pues, que, con tantas coincidencias con la ultraderecha, algunos rojipardos vayan perdiendo el aroma «rojo» y se queden simplemente en pardos a efectos materiales. O en colaboradores necesarios de los pardos. Hay que tener en cuenta que gran parte de ese trayecto ya lo hicieron los militantes del Círculo Proudhon en los años veinte del siglo pasado, que sustentaron su crítica del socialismo sobre el irracionalismo de las multitudes y su mayor sensibilidad a los mitos nacionales lo que, unido a un fuerte pesimismo sobre las posibilidades de construir una sociedad sin clases, abrió la puerta a la única experiencia revolucionaria realmente posible, según dicho discurso: la “revolución nacional fascista”, tradicionalista, antimoderna, antiliberal y también totalitaria, mística y biologicista hasta llegar, finalmente, al racismo abierto.

La clase trabajadora de nuestros días, sin embargo, ha llegado ya a ser profundamente mestiza, plural, diversa. Sus miles de fragmentos y tendencias buscan un discurso general que no ahogue las diferencias sino que las convierta en potencia revisitada. Empujando con cada vez más ahínco contra las costras de podredumbre con las que la quiere enclaustrar el Capital, la clase obrera global (hecha de todos los gustos en la cama. de todos los géneros imaginables, de todas las mezcolanzas de razas, de todas las fusiones y amalgamas de culturas que en el mundo han sido) está buscando la herramienta que le permita derramar su abundancia de vida sobre el devastado espacio social que los pardos, rojipardos y «rojos» social-liberales quieren convertir en dique, en espacio cerrado, en cárcel para los de dentro y muralla para los de fuera.

Asustados (como buenos occidentales), ante el desastre construido conscientemente por la estrategia del caos operada en el Norte África y en Oriente Medio por los servicios de las grandes potencias (y, sobre todo, por los de la potencia hegemónica), no debemos olvidar que la fuerza de trabajo excedente es la excedencia real de nuestro tiempo. Los sin bienes, los de la patria devastada por los servicios secretos globales, los de los de los barrios interminables de las metrópolis sin límites, los de los trabajos sin final ni oficio. La excedencia cuyo desborde creativo es el primer y único miedo real de los poderosos.

Toca pensar como coordinar los fragmentos, como articular los flujos que se derraman a través de los mares y los nodos barriales, como autoorganizar esa vida excedente que, en su urgencia y pluralidad, reclama un mundo diferente. Toca pensar en una integración de los de abajo contra la desintegración programada que nos imponen los de arriba, pero una integración que no es política vertical autoritaria de Estado sino práctica de solidaridad y de construcción de lo común, respetando las diferencias. Toca construir las instituciones de lo común que den sentido a las resistencias fragmentarias y unifiquen y alimenten las alianzas de las multitudes que tienen en común la explotación y la opresión, pero que también son personas concretas, con culturas, experiencias, cuerpos y gustos diferentes y, en el extremo, incluso preciosamente únicos y vulnerables.

Es en las populosas urbes mestizas de los exiliados y los renegados (la Barcelona de los años 20, el París poblado por los refugiados Marx y Bakunin en los inicios del siglo XIX, el Montevideo de los 60, recorrido por Guillén, Marighella o Joe Baxter…) donde se cocina usualmente el alimento fuerte y sano de las resistencias populares, donde se imaginan nuevos mundos, donde la clase obrera plural (que nunca fue homogénea ni nacional ni culturalmente) convierte su pluralidad en potencia y en promesa cumplida de acción.

Share and Enjoy:
  • Print
  • email
  • Twitter
  • Meneame
  • RSS
  • PDF

Leave a Reply

¡Síguenos!

Documentos

Suscríbete

Introduce tu e-mail: