Economía Crítica y Crítica de la Economía

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La edad dorada de los estudios sobre desigualdad

Autor: Ricardo Molero Simarro

Categoría: Distribución de la renta, Fundamentos, Mundial

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La Carta del GETEM

Introducción

La distribución de la renta es una cuestión habitualmente postergada en los debates económicos. Tradicionalmente, eficiencia y equidad han sido contrapuestas como objetivos excluyentes, dando una clara preponderancia a la primera. De hecho, se ha argumentado que lo importante para lograr el desarrollo era impulsar un proceso de crecimiento económico que, gracias a la mejora de la renta per cápita de los países, aseguraría la desaparición de la pobreza, variable considerada la realmente relevante. Sin embargo, las promesas fallidas del denominado “efecto goteo” (trickle down effect) han generado un creciente interés sobre la desigualdad.

La renovada preocupación por la desigualdad

La distribución de la renta ocupaba un papel preponderante en las obras de los economistas clásicos. Tan es así que, en la introducción a sus Principios de economía política y tributación, David Ricardo llegó a afirmar que “el problema principal de la economía política consiste en descubrir las leyes que determinan la distribución”. Sin embargo, el surgimiento de la economía marginalista, a finales del siglo XIX, hizo prácticamente desaparecer a la desigualdad de la renta del objeto de estudio de la economía. Este olvido duró casi un siglo. En 1955 Simon Kuznets enunció una relación en forma de U invertida entre el incremento de la renta per cápita de los países y el aumento y posterior reducción de esa desigualdad. No obstante, la problemática quedó encuadrada en la economía del desarrollo.

De hecho, todavía en 1997, Anthony Atkinson dedicó su discurso de aceptación de la presidencia de la Royal Economic Society a “traer a la distribución del ingreso de vuelta del frío”. Desde entonces las investigaciones sobre la cuestión se han multiplicado, contribuyendo a la propagación de nuevas fuentes estadísticas, que están siendo fundamentales para calibrar el alcance de la desigualdad de la renta tanto a nivel global, como en el interior de los países. Hasta tal punto, que se puede afirmar que estamos viviendo la edad dorada de los estudios sobre desigualdad.

La desigualdad global de la renta: Milanovic

Muchas están siendo las aportaciones al respecto, pero es probable que Branko Milanovic y Thomas Piketty sean los autores que más están contribuyendo a ello. Milanovic es miembro del Luxembourg Income Study, uno de los organismos que más sistemáticamente recopila indicadores de distribución de la renta y pobreza para la mayoría de países del mundo. No obstante, comenzó a destacar siendo economista jefe del departamento de investigación del Banco Mundial, cuando entró en el debate acerca de los efectos que la globalización estaba teniendo sobre la desigualdad internacional. Milanovic sistematizó ese debate enunciando tres maneras de medirla: uno, el cálculo de la diferencia entre las rentas per cápita de los países (medidas en paridad de poder adquisitivo); dos, el de la diferencia de esas rentas per cápita ponderadas por la población de cada país; y, tres, el del índice de Gini para el conjunto de la población mundial.

La mayoría de autores pro-globalización utilizaban el segundo de los conceptos, que, dado el rápido crecimiento de, entre otros, China e India, muestra una intensa reducción de la desigualdad desde los años 1990. En cambio, a partir del cálculo del índice de Gini global, Milanovic ha llegado a una conclusión mucho menos benigna: la existencia de claros ganadores y perdedores del proceso de globalización: los primeros, las clases trabajadoras urbanas de las economías emergentes (especialmente de las mencionadas China e India) y las élites globales (occidentales, aunque no sólo); y, los segundos, las familias pobres de los países más pobres (principalmente africanos) y las clases trabajadoras de menores ingresos de las economías avanzadas (además de las de las antiguas economías de planificación centralizada y varias de las latinoamericanas). La evidencia al respecto ha quedado resumida en su ya famosa gráfica del “elefante”.

Gráfica del Elefante

Fuente: Lakner y Milanovic (2013) (aquí una versión actualizada de la gráfica).

La interpretación dada a esta gráfica ha recibido distintas críticas. Quizás la más relevante es la recientemente elaborada por Jason Hickel quien ha mostrado que, detrás de la ligera mejora de la desigualdad de ingresos medida en términos relativos, se esconde una intensa ampliación de dicha desigualdad según la evolución de los ingresos absolutos de unos y otros grupos de renta. Según sus cálculos, mientras que los ingresos del 10% más pobre de la población mundial se habrían incrementado en menos de 200 dólares estadounidenses entre 1980 y 2016; los del 10% más rico lo habrían hecho en casi 125.000 dólares durante esos mismos años.

Dichas diferencias en las mejoras de los ingresos de ricos y pobres se pueden observar claramente con una herramienta de visualización recientemente desarrollada a partir de los mismos datos de Milanovic. Entre toda la información que dicha herramienta permite poner en perspectiva, destaca el hecho de que más de un 85% de la población mundial vive con una renta que, en paridad de poder adquisitivo, es menor a la del umbral de pobreza establecido en Estados Unidos. De hecho, el histograma de frecuencias revela que la mitad de esa población tiene unos ingresos inferiores a los 2.000 dólares anuales, poco más de 5 dólares diarios. Esta cifra estaría por debajo de lo que, según Hickel, se puede considerar un umbral de pobreza absoluta que asegure unos ingresos suficientes para una nutrición básica y una esperanza de vida normal.

No obstante, a pesar de la relevancia de estos cuestionamientos, la contribución de Milanovic al conocimiento y comprensión de la desigualdad global es incuestionable. No en vano, la realidad de esta desigualdad ha sido ampliamente aceptada, por lo que el debate a día de hoy se encuentra, más bien, en si es fruto de las diferencias entre países o de las existentes dentro de ellos.

La desigualdad interna de la renta: Piketty

En este sentido, Piketty, la cara más reconocible entre los/as investigadores que han contribuido a construir la World Inequality Database (WID), es quien, probablemente, más capacidad ha tenido de situar en el centro de los debates la cuestión de la desigualdad en el interior de los países. La WID es el resultado de un conjunto de investigaciones que han recopilado estadísticas sobre la concentración de la renta y la riqueza en las manos de las familias de mayores ingresos (el 10% y el 1% de los más ricos) de más de 100 países del mundo. Estos datos son de gran valía porque provienen en su mayoría de fuentes fiscales (las declaraciones de distintos impuestos, especialmente, sobre la renta y el patrimonio). Gracias a ellas es posible estimar la renta y riqueza de unas familias que, debido a su infrarrepresentación en el conjunto de la población, suelen quedar fuera del alcance de las encuestas en las que se basan los cálculos de los índices de Gini.

Utilizando esos datos fiscales, estos investigadores constatan un sustancial incremento, durante los últimos treinta años, del porcentaje de renta disponible acaparado por los más ricos en los países de habla inglesa (de hasta el 50% en el caso del 10% de estadounidenses más ricos), además de China e India, aunque no en la Europa continental o Japón. Ese incremento sería en buena medida consecuencia del aumento de los salarios más altos, en muchos casos los de las mismas personas que también acaparan las rentas del capital, un fenónemo al que Milanovic ha llamado “homoplutia”. De hecho, Piketty apunta al incremento de los rendimientos de los activos financieros por encima de la tasa de crecimiento económico (la conocida r > g) como causa principal de la extensión de la desigualdad.

Las discusiones generadas por el libro de Piketty han sido muy intensas, recibiendo muchas críticas, pero dando también lugar a toda una literatura en forma de libros que debaten y desarrollan sus principales hipótesis. Quizás la crítica más sustancial ha sido la de aquellos autores que han cuestionado las categorías usadas por Piketty. Éste habría utilizado de manera confusa la noción de capital para referirse a la riqueza patrimonial (en vez de al capital productivo) y la de ganancia para referirse a las rentas financieras (en vez de al beneficio empresarial). Es muy probable que estas imprecisiones conceptuales sean consecuencia directa del marco neoclásico desde el que, indirectamente, Piketty ha desarrollado sus teorías. Como mencionábamos al principio, la desigualdad se encuentra desaparecida del análisis de esa corriente de pensamiento. No en vano, en ella, el reparto de la renta nacional entre capital y trabajo es concebido como una consecuencia de las supuestas productividades marginales de los factores y éstas estarían medidas a partir de una función de producción agregada que es pura tautología, como han demostrado Felipe y McCombie. Por ello, en ese marco de análisis, la distribución del ingreso sólo se puede explicar a partir de factores exógenos y no como uno de los resultados del proceso de acumulación de capital.

En todo caso, al igual que en el caso de Milanovic, la aportación de Piketty a la hora tanto de cuantificar el alcance del acaparamiento de rentas por parte de los más ricos, como de convertirlo en uno de los grandes temas de debate de nuestro tiempo es indudable.

La desigual distribución de la riqueza

A ello también han contribuido otros estudios que están estimando el grado al que llega la desigualdad en la distribución de la riqueza. Por un lado, los informes sobre la riqueza global que desde 2010 publica Credit Suisse suelen atraer una considerable atención mediática. En su última edición, de 2019, estiman que, mientras el 1% de los más ricos acumula un 44% de la riqueza global, el 60% de la población mundial tiene un patrimonio medio inferior a los 10.000 dólares estadounidenses.

Por otro lado, se encuentran los también muy recientes trabajos de Gabriel Zucman, otro de los economistas que ha contribuido a la WID. Junto con más investigadores, Zucman está desarrollando toda una batería de estudios y herramientas sobre tres cuestiones claramente interrelacionadas: la mencionada distribución de la riqueza a nivel global; el desvío de gran parte de esa riqueza (en especial, un notable porcentaje de los beneficios de las empresas multinacionales) hacia paraísos fiscales; y la reducción de la progresividad fiscal que se ha producido durante las últimas décadas y que es una de las razones que se encuentra detrás de los recortes a los sistemas de protección social, incluidos los denominados Estados de bienestar.

Consecuencias macroeconómicas

Todos estos estudios nos están permitiendo conocer el grado de extensión de la desigualdad de la renta y la riqueza y abrir el debate sobre sus causas (incluidas las divisiones raciales y de género, muy vinculadas al desigual reparto del trabajo de cuidados que se evidencia en las estadísticas de uso del tiempo). Pero, además, se están multiplicando también los análisis acerca de las consecuencias que tiene la desigualdad. Quizás unos de los más famosos son las aplicaciones del denominado Modelo Bhaduri-Marglin. Este modelo de inspiración post-kaleckiana define dos tipos de regímenes de crecimiento: las economías “guiadas por los beneficios” que crecen más cuanto más aumenta la participación de esos beneficios en la renta nacional; y aquellas “guiadas por los salarios” que alcanzan sus mayores tasas de expansión del PIB cuanto más se incrementa la de los salarios.

El modelo ha sido estimado para distintas economías del mundo por diversos/as autores/as, entre quienes destaca Özlem Onaran. Onaran ha encontrado que la caída de la participación de los salarios en la renta nacional en los países del G20 ha tenido efectos negativos sobre el crecimiento mundial al deprimir la demanda interna de esos países e, indirectamente, también la demanda global. Incluso investigadores del Fondo Monetario Internacional también han confirmado los vínculos positivos existentes entre una menor desigualdad, gracias a la redistribución pública de la renta, y un mayor crecimiento económico. Es más, esos efectos han pasado a ser reconocidos por la nueva economista jefa de la institución, Gita Gonipath.

Consecuencias sociales

Más allá de sus consecuencias macroeconómicas, también se han generalizado los estudios acerca de los impactos sociales e, incluso, psicológicos que trae consigo una creciente desigualdad de la renta. En primer lugar, han generado mucho debate los análisis de los efectos negativos que esa desigualdad tiene sobre la igualdad de oportunidades. Uno de los últimos publicados es el de la OCDE, que ha estimado el número de generaciones (5, de media) que le puede llevar a los/as descendientes de familias pobres alcanzar la renta media de sus países.

Por otro lado, Kate Pickett y Richard G. Wilkinson han sistematizado en su libro Igualdad los efectos que la desigualdad de la renta tiene sobre la salud y la cohesión social. Como resume el propio Wilkinson, existe una correlación negativa entre una mayor desigualdad y una menor esperanza de vida en los países en los que más extendida está aquélla. Esa correlación se convierte en causalidad en multitud de estudios epidemiológicos acerca de la distinta prevalencia de enfermedades provocada por las diferencias de renta existentes dentro de cada país. La desigualdad genera una disfunción social generalizada, con efectos psicosociales que se acaban manifestando incluso a nivel fisiológico. Por el contrario, las distintas políticas utilizadas para reducirla (ya sean las dirigidas a equilibrar el reparto de las rentas de mercado entre capital y trabajo; o las de redistribución pública, vía impuestos y transferencias sociales) aseguran, en todo caso, la mejora de los indicadores de bienestar y cohesión de las sociedades que las ponen en marcha. Es por ello posible, concluyen Pickett y Wilkinson, aumentar la calidad de vida en nuestros países simplemente disminuyendo las desigualdades existentes.

Propuestas

Las propuestas sobre cómo lograrlo también se han ido multiplicando. Mariana Mazzucato argumenta que es necesario, antes que nada, cambiar las concepciones hegemónicas acerca de quién crea realmente valor en nuestras economías. En la actualidad dichas concepciones tienden a justificar la apropiación de rentas por parte de las empresas de ciertos sectores (financiero, tecnológico, farmacéutico) que se aprovechan del elevado poder de mercado del que disponen.

Por su parte, Saez y Zucman explican de qué manera un impuesto sobre la riqueza podría ayudar a recuperar la progresividad fiscal y revertir una situación como la actual, en la que en Estados Unidos la clase trabajadora está pagando tipos impositivos más altos que las familias más ricas.

Por otro lado, Gabriela Jorquera sintetiza la gran relevancia que la educación infantil, las tutorías personalizadas o las becas educativas tienen para hacer posible la movilidad de ingresos intergeneracional de los/as niños/as nacidos/as en familias de menores ingresos.

Por último y para cerrar el círculo, en su último libro, publicado antes de fallecer, Tony Atkinson desarrolló 15 propuestas para reducir la desigualdad. Éstas abarcan desde la dirección del cambio tecnológico, a las políticas de protección social (prestación por hijo/a a cargo, “ingreso de participación”, etc); pasando por las impositivas (progresividad de los impuestos sobre la renta y sucesiones), las laborales (salarios mínimos); o las que permitirían equilibrar las relaciones de poder entre los distintos actores económicos, muy especialmente a favor de los sindicatos. Y esa sólo una pequeña muestra de todas las herramientas que se encuentran a nuestra disposición para lograr avanzar hacia sociedades más equitativas.

Reflexiones finales

Las razones existentes para preocuparse de la desigualdad son múltiples, pero se hacen si caben más relevantes en el contexto actual, en el que nuestro sistema económico está superando todos los límites ecológicos del planeta. Tradicionalmente, se ha dado una relación compleja entre crecimiento económico, desigualdad de la renta y pobreza. El crecimiento económico ha sido un factor de gran importancia en la disminución de la pobreza, en especial en los primeros estadios de desarrollo. Sin embargo, si ese crecimiento no se ha visto acompañado de una aminoración de la desigualdad, ésta se ha convertido en un obstáculo para reducir la pobreza por debajo de ciertos niveles. De hecho, el repunte de la desigualdad en muchas de las economías avanzadas ha traído consigo la extensión de nuevas formas de exclusión social. En una situación en la que se hace imprescindible frenar el cambio climático, una sustancial reducción de la desigualdad, entre y dentro de los países, lograda a través de una combinación de políticas productivas, comerciales, financieras, redistributivas y sociales, es ineludible si realmente aspiramos a acabar con la privación material en el mundo y alcanzar, en algún momento, el resto de los declarados Objetivos de Desarrollo Sostenible.

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