Economía Crítica y Crítica de la Economía

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¿Gestión pública de la economía o dictadura del capitalismo?

Autor: Juan Barredo Zuriarrain

Categoría: Finanzas

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Hace prácticamente un año hubo elecciones en España. Y hace poco menos de un año llegó la crisis en todo su esplendor. Desde que estalló, más de un millón de personas han entrado en las listas del paro, miles de familias vuelven tras el umbral de la pobreza, las pequeñas empresas acumulan deudas y buscan clientes y financiación. En todo este tiempo, el Gobierno ha tomado todo tipo de medidas con diferentes objetivos: unas para hacer frente a la crisis, otras para negarla, algunas para aliviar la situación de algunos sectores, ciertas otras para que nos olvidemos un ratito de la crisis… Las críticas por su gestión le han llovido de todas partes, incluso antes de haber decidido nada. Últimamente, entre partidos, sindicatos y movimientos sociales del mundo de la izquierda se ha empezado a contemplar la posibilidad de hacer, pronto, un llamamiento a la huelga general.

Hacer un pequeño resumen de todos los atropellos cometidos hasta hoy por el Gobierno contra los trabajadores, y del trato de favor hacia ciertas clases acomodadas, requeriría simplemente cierta memoria y tirar de hemeroteca. Sin embargo, no es eso lo que me propongo desarrollar en este artículo. Por el contrario, me propongo tratar de explicar las principales razones por las cuales creo que los Gobiernos de los países capitalistas apenas tienen un papel simbólico en la gestión de sus economías y cómo ésta se hace desde intereses privados y de forma nada democrática.

Las decisiones en el mercado

La gran parte de lo producido en la economía de un país se hace de manera privada. La producción acaba en el mercado, donde se vende y se compra según las preferencias de cada uno. Es como un pequeño pueblo, en el que cada habitante tiene sus frutas, hortalizas, vacas y ovejas, y cada domingo soleado va al mercado de la plaza del pueblo a vender a sus simpáticos vecinos lo que le sobra, para comprar lo que necesita.

Sin embargo la economía contemporánea es algo más compleja: lo que hoy encontramos en el gran mercado del capitalismo global no es ni al granjero, ni al agricultor, o al carpintero que venden el fruto de su trabajo. Hoy en día son unos pocos los que tienen las vacas, la tierra, la madera y herramientas… los medios de producción necesarios para hacer los bienes que luego van a vender. Estos alquilan el trabajo al resto de personas, a quienes trabajen donde trabajen, lo único que les pertenece es el salario que obtienen al final de mes. El que pudo poner el capital para comprar el tractor, la vaca, la fábrica, la oficina…es el que se queda con la riqueza obtenida de la producción final. Pero también es el que decide cuánto pagar al que trabaja para él, cuántas vacaciones darle, de cuánta seguridad proveerle, el plazo del contrato…

Este “capitalista”, puede ser un pequeño empresario que montó un pequeño negocio con sus ahorros, que tiene algunos trabajadores a su cargo y que sufre por cada pedido atrasado y por cada persona que tiene que echar. O puede ser un gran accionista en una multinacional que, ajeno a la realidad de los cientos de miles de personas que trabajan en su empresa, espera que le llegue periódicamente un jugoso dividendo que le recompense su aportación al capital de la empresa. En cualquiera de los dos casos, el trabajador asalariado no tiene el derecho a intervenir en la toma de decisiones del centro donde trabaja y que le pueden afectar directamente (modo de producción, salario, reestructuración de la plantilla…).

El Gobierno de la economía

Los Gobiernos de las democracias occidentales, donde impera la economía capitalista, intervienen de dos maneras fundamentales en la economía. Por una parte, crean un sistema de reglas e instituciones que permiten el libre desarrollo de las relaciones capitalistas. Por otro lado, tratan de compensar los desequilibrios que genera el mismo sistema, a través de la intervención en el mismo. Mediante la recaudación de impuestos y el gasto público, redistribuye la riqueza de forma más equitativa y pone en marcha un sector público de empresas y servicios considerados básicos (sanidad, educación, energía, transportes…)

En situaciones de crisis como la actual, estos sacan todo su arsenal de instrumentos para intentar frenarla o, al menos, suavizarla. Pueden aumentar su peso en la economía a través de un mayor gasto en infraestructuras, impulsar el gasto social… o pueden tratar de influir positivamente en las millones de decisiones simultáneas de consumidores y empresas: subvenciones, política monetaria expansiva para incentivar el consumo, reducción de la carga fiscal…

Sin embargo, son finalmente esos millones de agentes los que determinan el resultado final: el consumidor no gasta si tiene miedo, el banco no presta si ve que no es el mejor momento, la empresa no produce si no se fía… Si el agente privado prefiere ser cauto, da igual que cada país ponga en marcha todos los típicos mecanismos anti-crisis. Como dice aquel proverbio: “Uno puede llevar al caballo al agua, pero no lo puede hacer beber”

Una vez entrados en un escenario de crisis, muchas empresas se ven obligadas a apretarse el cinturón y ajustar sus pedidos, líneas de créditos y nivel de producción. A veces porque es irremediable, otras veces porque resulta más rentable, los casos de empresas que recurren a los famosos Expedientes de Regulación de Empleo (EREs) se multiplican. En estos momentos de vacas flacas, grandes empresas que presumen de tener beneficios anuales con varios ceros a la derecha, recurren sistemáticamente a los tristes EREs para llevar a cabo fuertes “reestructuraciones” que hubieran sido más difíciles en otro momento.

Los trabajadores y los sindicatos sólo puede negociar o presionar para que la amplitud del recorte no sea tan grande como las pretensiones iniciales de la firma. Pero no pueden decidir nada acerca del futuro de la empresa en la que trabajan.

En la política, si un partido, un ejército, un militar o quien sea, comienza a dirigir un país sin el consentimiento de su gente, se le llama dictadura. Si el país tiene cierta tradición democrática, la población se echará a la calle en contra de aquel dictador que trate de tomar decisiones que afectan a todo el pueblo. En la economía, en el libre mercado, sin embargo, se ve normal, lógico, que venga un día un grupo financiero japonés a decidir que en la empresa de automóviles X se va a despedir a la mitad de la plantilla, y que la otra mitad va a cobrar un 10% menos. Son decisiones dictatoriales tomadas diariamente y admitidas socialmente en nombre de la Libertad de mercado.

Los Gobiernos de las economías capitalistas, por su parte, están atados de pies y manos, víctimas de una doble limitación:

1- Por una parte una limitación ideológica. En las economías capitalistas avanzadas, la libertad de mercado, de empresa, de capitales… es un avance incuestionable del ser humano y toda intervención de más del Estado es vista como una agresión a la autonomía del individuo.

2- Además, hay una limitación que podemos denominar financiera. El Estado, dependiente de las inversiones privadas para el crecimiento económico de su economía, crea las reglas y las condiciones adecuadas para resultar competitivos. Toda política económica que proteja demasiado a los trabajadores, que fije impuestos elevados o cree un “ambiente hostil” para el mundo empresarial, hace recular al capital productivo.

Así entonces, en la tragicomedia del capitalismo, los Gobiernos acaban siendo simples marionetas. Títeres dispuestos a crear el mejor ambiente para que unos pocos puedan escribir el argumento que más les conviene. El resto, de momento, sólo hacemos de público. Y de momento sólo reímos, lloramos, o gritamos.

Conclusión

Tras ver el funcionamiento real de los mercados en el sistema económico actual, observamos que la evolución económica de un grupo de trabajadores, o de un país entero, depende de los intereses egoístas de unos pocos. Resulta del todo paradójico que en un sistema democrático como el de nuestros países, la economía acabe siendo una dictadura de unos pocos sobre la mayoría.

Los gobiernos tienen en su mano un amplio abanico de posibilidades para interferir en la economía, repartir en parte la riqueza y aliviar la situación de las clases más desfavorecidas. Y toda aquella ley que olvide a estas y beneficie a las clases más altas debe ser protestada, contestada.

Sin embargo, hasta que la sociedad no mande sobre los medios con los que trabaja, será esclava de las voluntades de unos pocos y no podrá decidir con libertad las mejores políticas para su economía. Hasta el día en que el pueblo no decida en todos los aspectos sobre si mismo, no será completamente democrático.

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