Economía Crítica y Crítica de la Economía

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¿Por qué el salario mínimo no eleva el desempleo?

Autor: Luis Cardenas

Categoría: Distribución de la renta, Políticas públicas

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Artículo publicado en Contexto y Acción el 22 de febrero de 2020

La responsabilidad final de la evolución del SMI no puede delegarse en un comité técnico, sino que debe recaer en los representantes de los agentes sociales (patronal y sindicatos) y del Gobierno.

En el último año hemos asistido a un debate sobre los posibles efectos de la regulación del salario mínimo (SMI) sobre el desempleo. Por desgracia, en muchas ocasiones se ha producido de manera claramente sesgada, y a ello ha contribuido la mala divulgación de los resultados de una serie de estudios sobre los potenciales efectos perjudiciales sobre el empleo. A modo de ejemplo, el frecuentemente citado documento de trabajo del Banco de España no señalaba nada sobre el efecto agregado neto y por ello tampoco aportaba ninguna información sobre cómo variaría la tasa de desempleo al tratarse de un estudio exclusivamente de transiciones (cambios en la situaciones laborales). Simplemente apuntaba a que habría un mayor flujo de salidas de la ocupación al desempleo sin considerar cuántas entradas habría a la ocupación. Como señala el informe de CCOO, ni siquiera esa (mucho más débil) afirmación de incremento de salidas se ha cumplido a la vista de los datos de la EPA y también de la EPA-flujos del 2019 (que se sitúan en niveles similares a los del año anterior, cuando no hubo un incremento similar del SMI).

Otro argumento frecuentemente repetido por los críticos al aumento del SMI es que, aunque a nivel agregado no pueda constatarse un impacto negativo en el empleo, el efecto negativo puede estar localizado en aquellos grupos o poblaciones directamente afectados por la medida, lo cual solo puede observarse empleando microdatos para poder distinguir a las personas afectadas. Sin embargo, lo que tienden a obviar estos críticos es que difícilmente se pueden conseguir efectos agregados netos desde una perspectiva microeconómica (¿qué parte del crecimiento del empleo derivado del aumento de la demanda agregada es imputable al SMI?). Asimismo, se cae con cierta frecuencia en tautologías. Obviamente esos grupos poblacionales que se ven más perjudicados no dejan de ser también los mayores beneficiarios potenciales de la medida, porque en realidad son los más afectados en uno y otro sentido. Es difícil de creer que a nivel agregado se produzca un incremento del empleo neto, mientras se destruyen empleos más vulnerables. Sin duda, el uso de microdatos permite afinar con más precisión algunos efectos, pero dadas sus limitaciones en España, los datos agregados de que disponemos, que incluyen lógicamente a aquellos relativos a estratos poblacionales potencialmente afectados (jóvenes, trabajadores de ciertos sectores, etc…), no respaldan los temores de los críticos.

En este debate también parece haberse extendido la creencia de que el SMI eleva el desempleo, basándose en un modelo muy simple donde la oferta y demanda de trabajo se igualan siempre que el salario sea lo suficientemente bajo. La causa del desempleo se encuentra, en todo caso, en las instituciones laborales que elevan el salario medio por encima del salario de equilibrio (protección laboral, negociación colectiva, SMI, etc…). Este modelo, que se enseña en el primer curso de los estudios de economía, no es sino una primera aproximación excesivamente simplificada y, en realidad, existen modelos mucho más realistas y verosímiles desde hace décadas. En cuanto se abandona el supuesto de que el salario es capaz de vaciar el mercado como cualquier otro precio en un mercado en competencia perfecta (por ejemplo, porque existe poder de mercado o porque la demanda de trabajo deriva de la demanda de bienes y servicios), los resultados no son ni mucho tan simples como predice el modelo básico.

En realidad, que no se hayan cumplido las agoreras previsiones de destrucción de empleo no es de extrañar. Aunque desde mediados de los años 90 se han debatido ampliamente todo tipo de investigaciones, la evidencia internacional basada en meta-análisis (la combinación de cientos de resultados en estudios previos) en países como los Estados Unidos o el Reino Unido muestra que, una vez se ha eliminado el sesgo de publicación, el efecto sobre el desempleo no es estadísticamente significativo. La conclusión de esos meta-análisis es que, de acuerdo al consenso en la disciplina, el aumento del SMI no debería aumentar el desempleo.

Las causas de este hecho son variadas, pero se debe a que el incremento de los costes salariales derivados de un alza del SMI puede absorberse por las empresas sin tener que despedir a quien ganaba menos del nuevo SMI. Las vías más frecuentes de ajuste son las siguientes:

1) Aumento de la parcialidad: si las empresas no pueden permitirse pagar una jornada completa al nuevo SMI recortarán las horas contratadas. Aunque la parcialidad no es deseable, ya es una figura de empleo atípico, sí conviene recordar que el trabajador/a recibirá un salario hora superior. En cualquier caso, la última EPA muestra que la parcialidad no ha aumentado en el último año, situándose en niveles similares a los del 2018.

2) Aumento de la inflación: una segunda opción es que las empresas transmitan el mayor coste a sus precios de venta, y de esta forma mantengan sus márgenes de beneficios a pesar del incremento de los costes, lo que reduciría el salario real. Sin embargo, analizando la tasa de inflación interanual de acuerdo el IPC, este sólo ha aumentado un 0.7% muy lejos del objetivo de ligeramente inferior al 2% establecido como objetivo de política monetaria.

3) Incremento de la productividad: ante el aumento salarial las empresas pueden dejar de contratar e incrementar el esfuerzo de los trabajadores a corto plazo y realizar inversiones más productivas o mejor organización laboral a medio plazo que ahorren mano de obra. De nuevo, la Contabilidad Nacional Trimestral muestra que no ha habido un aumento significativo de la productividad en el último año y que, de hecho, se ha estancado o caído ligeramente. Esto significa que, para el crecimiento de la demanda, las empresas no sólo no han optado por utilizar menos factor trabajo (como se suele afirmar que provocaría un aumento salarial) sino que de hecho lo han utilizado aún más (sin duda como consecuencia de otros factores).

4) Reducción de los márgenes empresariales: otra vía es que las empresas opten por disminuir sus márgenes de beneficios ya que están en un nivel excepcionalmente alto. Como es sabido, una reducción de márgenes puede compensarse por la mayor propensión al consumo de las rentas del trabajo compensando así los posibles efectos negativos. Analizando la distribución de la renta parece que al menos la cuota de las rentas del trabajo sobre el PIB ha dejado de caer (o aumentado ligeramente).

5) Por último, otra forma de reducción de los costes laborales sin afectar al salario es la reducción de los costes asociados a la rotación. En este caso, parece llamativo que la tasa de temporalidad se haya reducido ligeramente y que la nueva contratación esté menos basada en contratos temporales.

En conclusión, a un nivel agregado los datos disponibles para el 2019 apuntan a que las empresas ni han reducido la jornada ni han elevado sustancialmente los precios, pero parece que sus márgenes empresariales se han reducido (o al menos han dejado de incrementarse al mismo ritmo) y los costes de rotación derivados de la temporalidad también se han moderado. Por tanto, no existe evidencia preliminar sobre un efecto negativo sobre el plano macroeconómico.

Sin embargo, el aumento del SMI tiene múltiples ventajas, la primera de ellas evidentemente es incrementar los salarios más bajos y reducir la desigualdad salarial. La segunda es sobre uno de los principales problemas del mercado laboral: la dualidad laboral. El alza del salario mínimo sirve para reducir las brechas existentes entre las figuras de contratación atípica y la estándar. Esto es así porque es de aplicación general a todos/as los/as trabajadores/as independientemente de sus características personales y del sector donde trabajen. No dejan de causar sonrojo las peticiones de crear excepciones (a la baja) para distintos colectivos y reforzar, una vez más, la segmentación del trabajo.

Tercero, el aumento del SMI supone una ruptura con la tendencia previa de flexibilización, que había consistido en el incremento del poder discrecional de las empresas a la hora de gestionar el empleo. Comenzando a recuperar así las muy debilitadas relaciones laborales con la última reforma laboral. Por último, es necesario ampliar el foco a otros efectos positivos del SMI sobre las condiciones de vida y no exclusivamente en el empleo.

Por todo ello, es innegable que se requieren más estudios desde distintas perspectivas (microeconómica, macroeconómica, sociológica, sanitaria, entre otras) pero también lo es que el SMI ha recibido una atención excesivamente alarmista. Asimismo, conviene recordar que la responsabilidad final de la evolución del SMI no puede delegarse en un comité técnico, sino que debe recaer en los representantes de los agentes sociales (patronal y sindicatos) y del Gobierno, pues son los únicos que tienen la legitimidad democrática para hacerlo.

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