Economía Crítica y Crítica de la Economía

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El papel de los gobiernos de Italia y España en la pandemia: una propuesta mediterránea para dar un nuevo impulso al proyecto europeo

Autor: Giuseppe Quaresima

Categoría: Ajuste

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Este artículo/comentario está tomado del debate ‘¿Qué nos estamos jugando en esta crisis? en Espacio Público.

La pandemia está golpeando duramente y con una intensidad sin precedentes la economía mundial. Los primeros datos oficiales de China, Francia, la Unión Europea o los Estados Unidos, por ejemplo, así como los primeros estudios de las instituciones internacionales de referencia, dibujan un escenario nefasto y una profunda crisis económica y social solo comparables a la Gran Recesión y a las dos Guerras Mundiales.

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No obstante, en esta crisis global no todos los países están sufriendo por igual: hay algunos que presentan ya unos mayores efectos sobre el crecimiento, la producción, el empleo y las cuentas públicas. Así como la enfermedad puede contagiar a cualquiera, pero no lo hace con la misma violencia, cebándose con las personas que presentan “patologías previas”, la crisis económica que sigue a la crisis sanitaria parece ser más dura para los países que presentan una mayor fragilidad y debilidad y unos “problemas económicos y sociales previos”. Si nos centramos en Europa, es sin duda el caso de Italia y España, que según un primer informe del FMI serán los países europeos más afectados por la incipiente recesión y los efectos de la criogenización de la economía a lo largo de los próximos meses.

No es una casualidad que los dos países mediterráneos estén mostrando una afinidad total en el ámbito político y diplomático, así como un alto grado de coordinación y de colaboración en la batalla que se está librando en las instituciones europeas para definir el plan de salida de la crisis. España e Italia se sientan en el mismo lado de la mesa, justo enfrente de Holanda y los países del Norte, con un planteamiento común que se puede sintetizar en la necesidad de no dejar nadie atrás y no repetir los errores del 2011, cuando, entre otros, estos dos países sufrieron de manera feroz el dogma de la austeridad neoliberal impuesta por el Gobierno de Alemania y sus socios preferentes.

Nadie debe olvidar que en aquella crisis los gobiernos que tuvieron que gestionarla aceptaron sin demasiada resistencia las reglas impuestas por la Comisión europea. La imagen de Juncker estrangulando a De Guindos puede ser una buena metáfora de lo que sufrió el país ibérico entonces, mientras en el país transalpino un gobierno técnico cerraba las décadas berlusconiana y aceptaba sumisamente las medidas austericidas, con el “Europa o muerte” como telón de fondo.

Ha quedado a la vista de todo el mundo lo dañinos y perjudiciales que resultaron para ambos países el seguidismo de las reglas de contención del gasto y las políticas de recortes de la última década. Estas reglas, lejos de contener la deuda, (altísima ya entonces en el caso italiano y que se disparó en el caso español) afectaron profundamente a su tejido social, económico y productivo.

Las políticas de austeridad aplicadas compartían varias características:
– el desmantelamiento del Estado social, particularmente en Sanidad, donde la apuesta por el modelo público-privado ha tenido un impacto dramático sobre el acceso universal a la salud.
– una reducción de la participación directa e indirecta del Estado en los asuntos de la economía. Esta menor intervención se puede resumir en una reducción de la inversión en infraestructuras e industria, así como una falta de regulación y control de sectores estratégicos. En algunos casos se apostó directamente por la desregulación y el desmantelamiento de lo poco que quedaba de empresas públicas y municipales.
– la consolidación de una política fiscal regresiva basada en la reducción del peso de los impuestos directos sobre el conjunto de los ingresos y la eliminación de impuestos sobre patrimonio.
– un vuelco normativo en la legislación laboral, que ha reducido drásticamente los mecanismos de protección de los trabajadores y la negociación colectiva (cada vez más marginal) y ha difundido, a través de figuras contractuales engañosas, la precariedad, en particular en las nuevas generaciones.
– otra fase de desindustrialización y la terciarización de la economía a través de la apuesta por sectores con bajo valor añadido (especialmente el turismo).

Las consecuencias de la austeridad y de sus postulados fueron devastadoras para ambos países: una mayor debilidad y dependencia de factores exógenos de la economía nacional; la cronificación de la fragilidad del mercado laboral y la cristalización de su dualidad; el ensanchamiento de las brechas sociales y territoriales (en particular Norte-Sur; urbano-rural).

Cabe destacar que estas políticas, lejos de recibir el apoyo popular, se aplicaron frente a la contestación social y las reivindicaciones democráticas. Esta respuesta popular sirvió para reforzar al Movimiento Cinco Estrellas en Italia y permitió la irrupción de Podemos en España que, de maneras diferentes, fueron capaces de aglutinar parte del descontento de las bases progresistas del país. Unas bases que habían visto a los referentes de sus partidos formar parte de una clase política corrupta y que había dado la espalda a la ciudadanía. A pesar de eso, también hay que reconocer que buena parte de la población, carente de una alternativa real, asumió los sacrificios impuestos. El sueño europeo ganaba, por el momento, al drama social.

Después de casi una década, que podemos describir como de “lágrimas y sangre”, y con una segunda fase de crecimiento raquítico en el caso italiano y que no ha llegado ni mucho menos a todos los hogares en el caso español, este sueño europeo se ha empezado a percibir más bien como una pesadilla, como una pérdida de soberanía injustificada por una parte creciente de la población. No hay que olvidar que los dos países presentan una de las tasas de desigualdad y de exclusión social más altas de la UE. Tampoco podemos ignorar a toda una generación de precarizados, que se puede ver definitivamente machacada por otra crisis económica.

En estos momentos existe una percepción de abandono y decepción. A esta percepción real, que sirve de abono perfecto para el crecimiento de los movimientos ultras y xenófobos, hay que sumar la crispación del debate territorial en ambos países. Estos elementos sólo hacen que una salida desordenada de esta crisis o, peor aún, con las mismas reglas del pasado, se pueda transformar en un abrir y cerrar de ojos en una crisis política e institucional. Por si fuera poco, tampoco podemos olvidarnos de Francia, donde un Macron acorralado por las reivindicaciones y protestas sociales tiene que defenderse, a la vez, de la incombustible Le Pen.

Además, estamos viendo cómo partir de puntos de partida diferentes en esta crisis puede determinar respuestas diferentes en términos de impacto macroeconómico por parte algunos miembros de la Unión. Por ejemplo, un alto nivel de deuda puede influir en las posibilidades de implementar las políticas de contención de la crisis por parte de los países del Sur, que tendrán que elegir una vez que acabe la emergencia sanitaria, entre poner en marcha políticas de protección social o políticas expansivas de inversión y de transformación. El Norte, sin embargo, puede tener las manos libres para apostar claramente por las segundas, ampliando así su poder económico y reforzando su hegemonía en el espacio comunitario. Es decir, los ya citados efectos de la década de austeridad sobre las economías de España e Italia, entre otros, serían el origen de una respuesta no adecuada en este escenario. Proponer una vez más los mismos instrumentos y las mismas dinámicas sólo desencadenaría una espiral recesionista y alejaría definitivamente la posibilidad de una salida en V en la fase de reactivación económica. Alemania haría bien en no olvidar que el mercado europeo es la principal salida para sus productos y el que sostiene su superávit comercial.

Por todo lo dicho, las propuestas de mutualización de la deuda y de un plan Marshall europeo planteadas por los Gobiernos de Italia y España, y que han encontrado el apoyo de los países que han sufrido las políticas de austeridad y hasta el respaldo más o menos explícito de Macron y del Gobierno francés, no es una petición de ayuda unilateral o de una solidaridad de inspiración cristiana. Se trata, en realidad, de la única manera de dar un nuevo impulso al proyecto unitario europeo, ya que suponen una acción directa de las instituciones comunitarias y el reforzamiento de los instrumentos comunes de política económica y fiscal. La crisis anterior y el Brexit ya golpearon los cimientos de las instituciones europeas (con ver la composición del actual parlamento y las dificultades de elección de los principales organismos de gobernanza podemos hacernos una idea de la crisis profunda que vive de manera cada vez menos latente la UE). Una salida asimétrica de la próxima recesión sería insostenible, tanto a nivel social como a nivel económico y político, para el conjunto del espacio comunitario.

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