Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Lecturas de autogestión: “El organismo económico de la revolución”, de Diego Abad de Santillán.

Autor: Jose Luis Carretero Miramar

Categoría: Autogestión

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“La fórmula “el que quiera comer que trabaje” aparece como la expresión más acabada de la justicia y la libertad.

·El organismo económico de la revolución | La Repartidora

Artículo publicado en Kaos en la Red el 2 de noviembre de 2020

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“El organismo económico de la revolución”, la obra más conocida de Diego Abad de Santillán, ha sido recientemente reeditada en el Estado Español por la editorial Descontrol, de Barcelona. Sinesio Baudilio García Fernández (nombre real del autor del texto) fue un conocido militante anarquista que vivió a caballo entre las dos orillas del Atlántico, colaborando en la organización de los sindicatos obreros de México, Uruguay, Argentina y España.

Abad de Santillán publicó “El organismo económico de la revolución”, una recopilación de diversos artículos aparecidos en la prensa libertaria española entre 1934 y 1936, en plena etapa republicana, y justo a tiempo para conformar una de las dos ponencias presentadas en el Congreso de Zaragoza de la Confederación Nacional del Trabajo para articular el debate sobre cómo dicha organización entendía el concepto de “comunismo libertario”, que había incluido reiteradamente en sus estatutos como su finalidad última.

Era un momento prerrevolucionario, de enormes tensiones sociales, en el que la presencia, cada vez más fuerte, del fascismo en Europa, multiplicaba las urgencias y la necesidad de una clara visión estratégica para un movimiento obrero ampliamente extendido y con una clara voluntad de transformar el país.

El libro, por tanto, era un intento de construir, por parte del anarcosindicalismo, un discurso coherente y factible sobre como organizar la vida económica de la sociedad tras una revolución que se veía cercana. Su clara voluntad didáctica, su profusión de citas y datos sobre la situación económica del momento, su orientación a convertirse en auténtico manual sobre las líneas generales que la economía post-revolucionaria debía mostrar, lo convierten en un texto enormemente interesante para dilucidar las posibilidades de una estructura productiva integral, basada en la autogestión, aún hoy. Las propuestas de Santillán, de hecho, fueron en gran medida convertidas en un experimento real en el proceso colectivizador posterior al inicio de la Guerra Civil, en el que las organizaciones anarcosindicalistas trataron de conformar, una y otra vez, la tupida trama de coordinación federal entre las unidades productivas autogestionadas que propone Abad de Santillán.

Diego Abad hace una decidida apuesta por convertir las ideas del anarquismo ibérico en una propuesta real y concreta que pueda implementarse de manera inmediata. Aunque sabe que el anarquismo, como doctrina crítica del Capital, el Estado y la Autoridad, puede ser vivido y defendido en cualquier formación social, Abad de Santillán no olvida que “el hombre lobo del hombre no puede convertirse en verdadero hermano del hombre más que en condiciones materiales seguras”. Es por eso, que:

“Si la anarquía para los anarquistas puede mantenerse en la abundancia como en la miseria, el comunismo, por ejemplo, no puede practicarse más que en la abundancia; en la escasez corre siempre peligro de naufragar. En el comunismo hay algo de generosidad, y esa generosidad falta, merma cuando escasea todo y entonces la generosidad es suplantada poco a poco por el egoísmo, la desconfianza, la competencia, la lucha por el pan de cada día.”

La propuesta de Abad de Santillán, por tanto, toma la forma de un comunismo autogestionario que garantiza que, mientras en los aspectos imprescindibles para la supervivencia y el bienestar de la sociedad y los individuos, se produce la necesaria coordinación y planificación, en los aspectos en los que los seres humanos podemos elegir una vía propia sin entrar en conflicto con los demás, la plena libertad para la autoorganización de los individuos y los grupos sea respetada. En definitiva, afirma Diego Abad, “nos guía sobre todo la visión de una sociedad de productores y distribuidores libres, en la que no haya ningún poder capaz de quitar a esos productores y distribuidores el dominio del aparato productivo”.

En esa sociedad de productores libres, afirma Abad:

“La fórmula “el que quiera comer que trabaje” aparece como la expresión más acabada de la justicia y la libertad.

Toda construcción económica y social que no la tenga por base y por ideal inmediato no será sino un engaño nuevo, un nuevo escamoteo de los frutos del esfuerzo revolucionario.”

Porque “La organización económica de la revolución” no es una poética alabanza de las esperanzas utópicas o de las “Arcadias felices” de los pensadores que pergeñan nuevos mundos desde sus torres de marfil. Abad quiere construir una propuesta factible, capaz de articular una sociedad compleja y de aumentar la productividad del trabajo humano en una economía moderna. Su finalidad no es tan sólo, aumentar las esperanzas depositadas en un futuro lejano, sino proponer soluciones prácticas para un ahora de luchas, en un entorno donde la lucha de clases se paga con un tributo de sangre. Por ello entiende que:

“Si demostramos desde ya conocimiento y dominio de los problemas a resolver, y ponemos de manifiesto la manera de resolverlos, inspiraremos cada día mayor confianza a las grandes masas y la tarea de la revolución, que se hace en primer lugar para satisfacer necesidades que en el orden actual quedan insatisfechas, saldrá beneficiosa y aliviada.”

Abad quiere, no hay duda, “ganar población” como dirá años después Abraham Guillén. No le gustan los discursos utopistas que implican “predicar en el vacío y sentar plaza de excéntricos”. Entiende que:

“La vida económica tiende a una viva coordinación, no sólo porque es la manera de producir más y más económicamente, sino porque la población es doble, triple, cuádruple de la existente en los tiempos del artesanado artista”.

Así que su propuesta es un acabado proyecto de articulación de una sociedad moderna (para su tiempo) en base a la generación de una tupida red federal de organismos económicos autogestionarios que incluyen, siguiendo las líneas maestras de la organización sindical cenetista, Consejos de Fábrica, Consejos de Ramo de la producción (Vivienda, Industria, Alimentación, etc.), los Consejos locales y regionales de Economía, Federaciones nacionales de los Consejos de Ramo, y un Consejo federal de la Economía nacional.

Sobre la base de la unidad elemental de la economía autogestionaria (el Consejo de Fábrica) la propuesta de Abad construye dimensiones crecientes de coordinación (en base a la técnica federal) y planificación de la economía. Eso permite que, si en un ramo o localidad determinada, una unidad económica no resulta rentable, el correspondiente consejo económico pueda derivar los recursos infrautilizados a una necesidad aún insatisfecha de la sociedad, evitando el paro forzoso y aumentando la productividad.

Esta propuesta de coordinación creciente entra en conflicto con las perspectivas puramente localistas, basadas en la idea de la “comuna libre”, popularizadas por una lectura demasiado literal de la obra de Pedro Kropotkin entre los militantes del movimiento anarquista. Merece la pena hacer una larga cita del texto, para entender bien el argumento de Abad:

“Creemos percibir en nuestros ambientes libertarios, un poco de confusión entre lo que lo que es la convivencia social, la agrupación por afinidad, y la vida económica. Visiones de Arcadias felices, de comunas libres, influyen en la mentalidad de algunos camaradas. Pero la Arcadia ha sido imaginada por los poetas en el pasado; en el porvenir las condiciones son completamente otras. En la fábrica no buscamos la afinidad, como en el matrimonio o en la amistad, y en el ambiente de trato social; en la fábrica nos interesa, sobre todo, el compañero de trabajo que conoce su labor y la ejecuta sin producir complicaciones con su inexperiencia o su impericia en la marcha del conjunto (…) En una palabra, el grupo de afinidad que se forma en la vida social no tiene función alguna específica en la vida económica.

La “comuna libre” es producto lógico de esa concepción del grupo de afinidad. Pero no hay comunas libres en economía, porque esa libertad supondría también independencia, y no hay comunas independientes.

Una cosa es la comuna libre desde el punto de vista político social, para el arreglo de sus asuntos internos de una manera absolutamente soberana, y otra es la comuna desde el punto de vista económico. En este último punto nuestro ideal es la comuna asociada, federada, integrada a la red económica total del país o los países en revolución.”

Se trata de una propuesta global para la sociedad española de su tiempo, que hace hincapié en la diversificación de las actividades económicas, en un proceso de industrialización auto-centrado y en la búsqueda de la soberanía alimentaria, para garantizar la desaparición de las hambrunas endémicas entre el proletariado. También se incide en la necesidad de un gigantesco esfuerzo intelectual y educativo, basado, entre otros pilares, en un sistema de formación profesional básicamente entrelazado con los organismos de coordinación de las actividades productivas. Para Abad de Santillán:

“La revolución necesita obreros capacitados, campesinos de iniciativa, hombres de base sólida; y la escuela nueva y las instituciones especiales de estudio, de experimentación y de ensayo, darán esa generación que hace falta. Con hombres instruidos, conocedores de su oficio, científicamente formados, España dejará de ser lo que es y podrá corresponder a los anhelos de los patriotas más exaltados”.

La cuidada edición de Descontrol de “El organismo económico de la revolución” nos regala más elementos de inestimable valor para pensar una vía autogestionaria de salida del capitalismo de hoy, en nuestro país. Por ejemplo, una clara reivindicación del iberismo político (el capítulo VI se titula abiertamente “Restablecimiento de la unidad ibérica”). También, un delicioso prólogo de Andrés Ruggeri. Y, además, dos magníficos artículos de Abad de Santillán, añadidos por los editores al texto (como una especie de “bonus track”) en los que reflexiona sobre la necesidad de la lucha por la jornada de 35 horas, ante el creciente paro obrero provocado por el despliegue de la automatización del trabajo.

Un libro absolutamente recomendable. Una propuesta de conjunto para un proyecto de economía autogestionaria, en la que lo rescatable, pese al tiempo transcurrido, supera en mucho a lo obsoleto. Sólo nos queda recordar, con Abad de Santillán, en estos tiempos inciertos, que:
“Una República de trabajadores debe tener por fundamento el trabajo, la organización del trabajo para suprimir el capitalismo, el propietario, el intermediario improductivo. Es decir, una República de trabajadores tiene que entrar en posesión de la riqueza social y administrarla directamente por los productores mismos.”

José Luis Carretero Miramar.

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