Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Lecturas de autogestión: «Las colectividades de Aragón» de Félix Carrasquer

Autor: Jose Luis Carretero Miramar

Categoría: Alternativas, Autogestión

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“Dedico la memoria de estos hechos auténticos a los colectivistas que, al fusionarse con espontánea generosidad, alumbraron una sociedad nueva”. Así comienza su obra “Las colectividades de Aragón”, Félix Carrasquer, educador y organizador libertario, enamorado de la cultura, que aunaba una tremenda capacidad de análisis social con una voluntad pedagógica incansable que le llevó a fundar la “Escuela de Militantes” de la CNT en Monzón, durante la Guerra Civil española. Un libro que ha sido reeditado recientemente por la editorial Descontrol, ubicada en el feraz ecosistema cooperativo de Can Batlló, en Barcelona.

“Las colectividades de Aragón” es un texto generoso y apasionante, con el que Carrasquer pretende trasladarnos el ambiente y las realizaciones de la obra autogestionaria de las colectividades agrarias, durante la Guerra Civil.

En una narración ordenada y muy rica en anécdotas y documentación histórica, Carrasquer nos explica, con una claridad didáctica envidiable, cómo funcionaban, cómo se habían organizado, y a qué se dedicaban las colectividades puestas en marcha por el campesinado de Aragón en 1936.

Carrasquer comienza su análisis con una afirmación que rompe con ciertos esquematismos típicos a la hora de analizar los procesos revolucionarios en el campo: “hay que justipreciar cuánto supone el que la mayoría de los cenetistas y simpatizantes fueran pequeños propietarios”. Pequeños propietarios acosados, muchas veces, por las marañas de deudas consustanciales a las dinámicas caciquiles del campo español, pero no necesariamente “campesinos pobres en la miseria”. La mayoría de ellos “subvenían a sus necesidades más perentorias”, pero aún así se habían visto arrastrados por el proceso de politización general que había inundado a la sociedad española, en un sentido progresista. La CNT se había expandido entre una población que, por otra parte, había convertido en héroes populares a los militares que, pocos años antes, habían encabezado la “Sublevación de Jaca” en un intento prematuro de proclamar la República.

La dinámica de las colectividades de Aragón, por tanto, desmiente la primaria contradicción que muchas veces se ha presentado entre “jornaleros que reclaman la colectivización”, por una parte, y “pequeños propietarios necesariamente conservadores”, por otra. Carrasquer incide en la importancia de la cultura (lo que ahora llamaríamos la “hegemonía en un sentido gramsciano”) en el seno del campesinado aragonés y en lo decisivo, desde el punto de vista cualitativo, de las personas en el proceso revolucionario. La presencia o no de militantes formados y capaces representa, para Carrasquer, el elemento definitorio del éxito o del fracaso de las experiencias colectivistas en el plano local:

“En las industrias y poblaciones donde había hombres consciente y humanamente preparados, capaces de dinamizar la vida cívica y económica desde el primer instante, la colectividad se desenvolvió con una eficacia ejemplar, mientras que allí donde esos hombres faltaron, su desarrollo fue vacilante y a veces confuso (…)Esto debería servir de lección para las organizaciones de acción directa que pretenden sustituir la sociedad represiva y explotadora por otra de libertad y justicia, y que por eso mismo caerían en flagrante contradicción si pretendieran  hacer el cambio careciendo de hombres que pudieran garantizar la buena marcha de la colectividad tanto por su competencia técnica en el área productiva, distributiva y de los servicios como, en una perspectiva ética, por su capacidad solidaria y su conducta intachable.”

Por todo ello, afirma Carrasquer, “fácil es comprender que la primera tarea y la más importante que a dichas organizaciones incumbe es, sin lugar a dudas, una tarea de carácter pedagógico”.

En ese proceso pedagógico teórico-práctico que implicó el proceso colectivizador, en el que los militantes tuvieron que aprender muchas veces “haciendo”, sin una previa formación técnica y sociopolítica formal, el campesinado aragonés se dotó de sus propias instituciones y de sus propias reglas de funcionamiento. De una institucionalidad firmemente asamblearia, un Derecho propio popular y flexible, y procesos autogestionarios de organización de la producción que aunaban el despliegue de las técnicas modernas más accesibles y la voluntad de salvaguardar el bienestar y la equidad en un contexto tendencialmente igualitario.

Carrasquer hace hincapié en una de esas instituciones desplegadas por el proceso colectivizador, la cooperativa local. Según el pedagogo aragonés:

“Fue esta institución la que permitió coordinar, de la manera más igualitaria posible, las relaciones económicas entre todos los habitantes de la población. Como el comercio especulativo se había abolido en Aragón, todo el pueblo, tanto los miembros de la colectividad como los que no pertenecían a ella, acudían a la cooperativa para proveerse de cuanto necesitaran, ya fuesen artículos alimenticios así como prendas de vestir, calzado, artículos caseros o semillas, abonos, herbicidas u otros para el campo; al mismo tiempo que depositaban en ella los frutos sobrantes de sus cosechas.”

La cooperativa funcionaba como almacén comunal, pero también como red de distribución de los bienes  “importados” (comprados fuera del pueblo), como banca propia (emitía incluso libretas individuales expresando las transacciones y saldos de cada unidad familiar) y como unidad integradora de la producción de la colectividad y los propietarios privados que se mantenían ajenos a la misma (llamados “individualistas”), lo que permitía la “exportación” y comercialización de lo producido por el pueblo en mejores condiciones (al permitir economías de escala) que la venta directa por los propietarios colectivos o privados.

La cooperativa integraba la “economía privada” (que subsistía en magnitudes variables en los pueblos) con la derivada de la “colectividad” (formada por los núcleos familiares que habían decidido poner su trabajo y sus tierras en común). Según afirma Carrasquer, la cooperativa local tuvo una importancia económica esencial, pero, además:

“Con ser tan útil la cooperativa para el desenvolvimiento económico, lo fue mucho más como escuela de aprendizaje de la convivencia; ya que gracias al imperativo de los intercambios económicos que reunía en su seno a colectivistas e individualistas, ambos sectores confluyeron en sus asambleas, donde por conducto del diálogo pudieron conocerse mejor y abrir cauces inéditos a su cooperación”.

Uno de los elementos más interesantes del proceso revolucionario aragonés fue que las cooperativas y colectividades locales no se quedaron aisladas, encerradas en sí mismas. Ya desde el primer momento, desplegaron un creciente y cada vez más amplio proceso de integración y planificación participativa, instituyendo federaciones comarcales y, finalmente, una estructura de coordinación general que cristalizará en la organización del llamado Consejo de Aragón, como órgano de autogobierno político e integración económica de toda la región. Nos lo cuenta Félix Carrasquer:

“Ya en los primeros meses de la guerra se constituyeron 25 Federaciones Comarcales, federaciones que hacia septiembre de 1936 reunían en conjunto 450 colectividades, acercándose a las seiscientas en 1937 (…) Así fue como de colectividad en colectividad se pasó a la Federación Comarcal de Colectividades, esquema básico a partir del cual el colectivismo aragonés llegaría a fundirse en una estructura más compleja y susceptible de dar a la solidaridad una dimensión más amplia y, por tanto, de mayor justicia.”

En los días 14 y 15 de febrero de 1937 tuvo lugar en Caspe el congreso constitutivo de la Federación de Colectividades de Aragón, al que acudieron unos seiscientos delegados que representaban a las 25 federaciones comarcales ya constituidas, a la CNT, a la FAI y a los grupos anarquistas aragoneses. Se acordaron los estatutos de la Federación (un ejemplo genuino de lo que Laval y Dardot, en su obra “Común”, llaman el “derecho obrero”) y se adoptaron una serie de resoluciones para garantizar el abastecimiento en una situación de guerra.

Paralelamente, y como ya hemos apuntado, se constituía en la sede del Comité Regional de la CNT en Alcañiz, el 15 de octubre de 1936, el llamado Consejo de Aragón, como órgano de autogobierno regional. El 20 de noviembre, a regañadientes, el gobierno central reconocía legalmente a dicho Consejo y en enero de 1937 se establecía su composición definitiva, en la que figuraban, bajo la presidencia del cenetista Joaquín Ascaso, representantes de la CNT, de Izquierda Republicana, de la UGT, del PCE y del Partido Sindicalista.

El libro de Félix Carrasquer continúa incidiendo en las realizaciones prácticas del proceso colectivizador, como la extensión de la escolaridad hasta los 15 años, la construcción de institutos de educación secundaria y de formación profesional en la región, la apertura de la Escuela de Militantes de Monzón (que dirigió el propio Carrasquer), o el decidido impulso a la vida cultural de los pueblos y a las infraestructuras sanitarias básicas en zonas rurales que habían estado prácticamente abandonadas por el poder central durante décadas.

Se trata de un libro absolutamente imprescindible para conocer las dinámicas de organización que estructuraron el proceso colectivista aragonés, y para entender que pretendía y cómo funcionaba el campesinado colectivizador, no sólo desde el plano del discurso, sino también de los procesos de implementación cotidiana en el ámbito local. Como indica Félix Carrasquer en la parte final del capítulo “Hacia la utopía”:

“Resta decir que ya no se puede ignorar bajo pretexto alguno, que la obra constructiva llevada a cabo durante la guerra española entre 1936 y 1939 por las colectividades del campo y de la industria y de una forma más completa por los campesinos aragoneses (…) echa por los suelos todos los argumentos sobre la supuesta incapacidad de los trabajadores para gestionar sus empresas así como para desarrollar y coordinar las innumerables actividades que conlleva la vida social para dar satisfacción al ser humano.

Esa es la lección que un pueblo desgarrado por una guerra que él nunca quiso brinda como ejemplo a las nuevas generaciones de España y del mundo.”

Sólo nos queda hacer una pequeña y cariñosa admonición a todos nuestros lectores: ¡Leed este libro! El pasado tiene también llaves para un futuro por construir, pero habitado por la esperanza.

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