Economía Crítica y Crítica de la Economía

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Ausencia de vínculos y extravío del saber

Autor: Yayo Herrero

Categoría: Ecología, Fundamentos

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Lewis Carroll narra un disparatado partido de cróquet en el octavo capítulo de Alicia en el País de las Maravillas. La Reina de Corazones, después de asegurarse que Alicia conoce las reglas, le invita a jugar. Pero jugar en el campo de la Reina no es tarea fácil.

El mazo no es un mazo normal, sino que son flamencos vivos; las pelotas son erizos y los aros son los soldados-naipes de la Reina a cuatro patas. Cuando Alicia comienza a jugar, sus reglas, bien aprendidas, no le sirven para nada. Todo tiene vida propia y es caótico. Los erizos se desplazan a su antojo, el flamenco se mueve entre los brazos de Alicia y esquiva a los erizos, y los aros cambian de lugar como les da la gana. Alicia, que conoce perfectamente las reglas del cróquet, juega a lo loco, sin estrategia ni método, en un terreno en el que los elementos no se comportan como ella espera.

Gregory Bateson en 1986 explicó a través de este fragmento de Carroll los encontronazos que se producen entre las reglas del juego de la naturaleza –autoorganizada y compleja– y una tecnociencia que, impulsada por el capitalismo, la concebía, sin embargo, como un mecano previsible y controlable.

El problema que Bateson nombraba venía de lejos. La cultura occidental se había construido sobre una especie de pecado original. La creencia de que los seres humanos eran una cosa, y la naturaleza otra distinta e independiente. El Génesis, la Escolástica, y luego en el siglo XVII, la ciencia triunfante en Occidente, se había empeñado en intentar comprender el mundo desde fuera, rompiendo los vínculos con él.

Podría decirse que la ciencia moderna arranca con El Discurso del Método. No es que Descartes fuese un rebelde que pretendía transformar el orden social y religioso, pero sí creía en la posibilidad de alcanzar un conocimiento verdadero del mundo físico desvinculado de la religión. Dudar de todo. No fiarse de los sentidos que engañan y buscar la verdad que solo puede ser encontrada en uno mismo. La clave era la razón y la condición necesaria, aprender a razonar desde fuera del objeto observado. El método postulaba la separación entre el sujeto estudioso y el objeto que observaba. Solo así se podía conseguir un saber objetivo, que no dependiese de la persona o del contexto desde el que se miraba. Mientras se aplicase con rigor el método y lo descubierto no fuese falseado a través del propio método científico, se podía defender que el conocimiento generado era objetivo, universal y neutral.

Isaac Newton da una vuelta de tuerca. Convencido de que el universo se podía describir en términos matemáticos –la expresión perfecta del orden–, buscó y “encontró” las leyes universales que lo regulaban. A partir de su descubrimiento, la naturaleza pasaba a ser considerada como una máquina perfecta. El universo, para Newton, era un Gran Reloj, y Dios, el Gran Relojero.

La razón y el conocimiento, para él, eran los que permitían emular a Dios. Solo ellos permitían trascender las ataduras humillantes que imponía el vivir encarnados en cuerpos que enfermaban y envejecían, e insertos en una naturaleza hostil llena de constricciones. Todo ser vivo que no era razón, era naturaleza. Lo que no era sujeto racional, era objeto. Los animales no poseían alma ni razón, eran objeto y naturaleza. Aquellas personas a las que se les suponía ausencia de razón –mujeres y la otredad “descubierta” en los territorios invadidos y colonizados– eran también naturaleza y objeto.

La ciencia newtoniana descubrió una ley universal que demostraba que la naturaleza era una sumisa autómata. El movimiento de los planetas alrededor del sol, la caída de una piedra, el movimiento de un péndulo o la trayectoria de una bala podían ser explicados a partir de leyes sencillas y matematizables. Evidenciada la condición simple y estúpida de la naturaleza –y de todo lo que albergaba que no tuviese razón–, el ser humano racional, mayoritariamente blanco y varón, apostata “científicamente” de la Naturaleza. “Cuanto más se rebaja la naturaleza, más se glorifica al que escapa de ella”, dice Galileo. Romper relaciones con la naturaleza, mirar la tierra y los cuerpos supuestamente no pensantes desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Reconfigurar la vida en común en ausencia de nudos que anclen a esa naturaleza simple.

Permitidme una pequeña digresión. Leer la biografía de Newton da mucha pena. Quedó huérfano de padre a los tres años. Su madre se casó con otro hombre y el padrastro no se quiso hacer responsable del niño, que fue criado por unos abuelos, parece ser que un tanto hoscos y fríos. Él, que era listísimo, intentaba hacer amigos mostrando sus portentosas capacidades para las matemáticas, la ciencia y la técnica. Pero no funcionaba. Parece ser que siempre tuvo difícil tener colegas entre sus iguales. Su refugio fueron el estudio y la religión. Fue un fundamentalista arrianista de tomo y lomo. Se hizo fuerte encerrado en la ciencia y teología. Dicen sus biógrafos que fue despótico, narcisista, engreído y poco generoso. No sé, pero me da que hubiese sido casi imposible que desde esa experiencia vital hubiese podido desarrollar una teoría sensible a la complejidad, la vulnerabilidad, las relaciones entre todo lo vivo y las interdependencias. Teorizar el mundo desde la falta de afectos, y la ausencia de obligación de tener que cuidar de alguien, creo que predispone a pensarlo como una máquina. A Newton le faltaron muchos abrazos.

Volvemos. Para la sociedad inglesa del siglo XVIII, Newton fue el descubridor de la piedra Rosetta que permitió desentrañar el lenguaje que habla la naturaleza. La tentación de llevar la elegancia matemática y la simpleza explicativa del mecanicismo a las nuevas ciencias sociales fue enorme. En el siglo XIX, la llegada de estas visiones a la ciencia económica fue una auténtica revolución. La economía, autocentrada en ella misma, se aplicó al descubrimiento de leyes que pudiesen explicar todo el hecho económico. Principios que calculasen el comportamiento mecánico del consumidor, hallazgo de ecuaciones que explicasen la ciencia de maximizar beneficios y minimizar costes, leyes que determinasen científicamente cómo se comportan la oferta y la demanda… Leyes matemáticas, universales y neutrales que expulsaban de la economía la ética y la filosofía.

Max Weber denominó desencantamiento del mundo al proceso de racionalización en la explicación del mundo. La magia, la religión, lo misterioso, o el temor a los elementos naturales habían quedado sustituidas por la ciencia y la razón. Obligados a vivir en la tierra –esa cruel madrastra a la que Condorcet decía que los seres humanos habían sido arrojados–, en ausencia de percepción de vínculos y relaciones con ella, su único sentido era ser útil al progreso. El “hombre” se quedaba huérfano de creencias. El conocimiento rompía de un tajo los nudos que le anclaban a la vida y se extraviaba.

La razón instrumental daba una nueva oportunidad para que los humanos, que vagaban por la tierra hostil desde la caída de Eva, se acercasen otra vez al paraíso. Otorgaba poder. “La ciencia es el poder y tiene como finalidad extender el dominio de la humanidad sobre el universo. La nueva ciencia proporciona un enorme poder sobre la Naturaleza a fin de conquistarla, someterla y estremecerla en sus fundamentos”, dice Francis Bacon en 1620 en su Novum Organum.

La ciencia del siglo XX se encargó de ir poniendo las cosas en su sitio. Einstein revolucionó la concepción que teníamos de la física y demostró, entre otras muchas aportaciones, que si variaba el sistema de referencia dos acontecimientos aparentemente simultáneos dejaban de serlo. Dependiendo desde dónde miraras, la percepción cambiaba. Heisenberg, en su Principio de Incertidumbre, advirtió que en el mundo subatómico es imposible conocer a la vez la posición y la velocidad de una partícula, ya que el mismo método de medición altera la velocidad a la que viaja ésta. Los teoremas de la incompletitud de Godel establecieron ciertas limitaciones sobre lo que es posible demostrar mediante un razonamiento matemático. El segundo principio de la termodinámica o ley de la entropía trajo a la palestra la cuestión de la irreversibilidad.  El calor disipado en la combustión del carbón no se podía volver a convertir en un trozo de carbón disponible para quemar. La ecología nos enseñó que todo lo vivo y lo inerte está interconectado, que la biosfera crea y mantiene sus propias condiciones de existencia a través de ciclos y de una densísima y compleja red de relaciones…

Resulta que lo vivo no funcionaba de forma automática. Las relaciones no eran lineales. A la misma causa no le seguía siempre el mismo efecto.  Sinergias, realimentaciones positivas y negativas, azar, caos… La vida progresaba entre la estructura y la sorpresa.

Cuatro siglos después, es innegable que el funcionamiento de los equilibrios que los seres humanos han conocido desde que aparecieron en el planeta hasta hoy han sido estremecidos. Más dudoso es que se haya conseguido controlar y dominar la naturaleza.  Lo que Isabelle Stengers denomina la intrusión de Gaia es la irrupción de los ciclos y fenómenos naturales como agente político, como un poder. Un poder que, sin duda, de aquí en adelante habrá que tener en cuenta, pero que no es controlable ni sometible, con el que no se puede negociar. Las viejas reglas, que tanto dolor y sufrimiento causaron en quienes no tenían privilegios, ya no sirven para jugar en el campo de la Reina de Corazones. Intentar organizar lo vivo con la lógica de las cosas muertas ha sido una cagada monumental y sus consecuencias violentas e injustas.

En ausencia de relaciones y vínculos, se extravía el conocimiento. El saber que nació en Europa se autoproclamó como conocimiento universal y el sujeto patriarcal, emancipado de todo aquello que generase obligaciones hacia otros, se convirtió en el protagonista de la economía y la política. Siempre aprendemos e interpretamos desde un cuerpo, un tiempo y un lugar. El conocimiento y la experiencia no se dan en el vacío. Hume, Descartes o Walras intentaron distanciarse de cualquier prejuicio o punto de referencia concreto para construir un pensamiento objetivo y neutro.

Hoy, en plena crisis ecosocial, apalancados en el origen de coordenadas del crecimiento, los sacerdotes de los beneficios otean y deciden no hacer nada o perderse en las falsas soluciones.

Vínculo. Unión o atadura de una cosa con otras.

Abstracto. Aquello de lo cual se ha excluido el sujeto, lo concreto, las cosas y los vínculos que las atan.

Comentando Roma, la película de Cuarón, un amigo me decía que, aunque le había gustado, toda la primera parte se le había hecho pesada, que prácticamente durante media hora no pasaba nada. La primera parte de la película mostraba la tarea de la empleada doméstica indígena. Levantarse, preparar desayunos, fregar. Limpiar baños, hacer camas, ordenar, quitar las cagadas del perro, hacer comida; fregar, meriendas, preparar la cena, acostar a los niños, fregar e irse a dormir. Lo mismo al día siguiente, y al otro, y al otro. En ese no pasar nada, lo que pasa es justamente el mantenimiento de la vida. Saberes que no se llaman conocimiento. Vínculos y trabajos invisibles cuya contemplación aburre.

¿Hay alguna otra forma de entender la razón que ayude a evitar el naufragio de una civilización que, en ausencia de vínculos, extravía el saber? María Zambrano llamó razón poética a un pensamiento racional que también debe integrar cosas, acontecimientos y sentimientos que consigan unir el yo con la vida. Habla de superar una razón aislada, abstracta e instrumental, de “repartir el logos por las entrañas”.

Necesitamos mucha, mucha y buena ciencia. Saber no asegura la inteligencia colectiva, ni tampoco que se vaya a poner el foco en la supervivencia digna, ni siquiera que desde ese conocimiento cambie el sentido común. Pero es condición necesaria para intentarlo.

Necesitamos una ciencia –natural y sobre todo social– que piense en la naturaleza desde dentro, sin intentar dominarla, aliándose con ella. Unas ciencias terrícolas capaces de desacelerar los excesos cometidos por la propia ciencia. En la novela de Tarashea Nesbit, Las esposas de Los Álamos, uno de los esposos que trabajan clandestinamente para conseguir la primera bomba atómica en el desierto polvoriento se pregunta: “¿No deberíamos conseguir fracasar?

De esas ciencias terrícolas he aprendido muchas cosas útiles para vivir. Que un árbol nunca va por libre. Qué las plantas, en contra de lo que decretó la mirada antropocéntrica, son capaces de comunicarse entre sí. Que una población de hayas se organiza para mantener con vida a los troncos caídos. Que los vegetales aprenden sin cerebro y se organizan sin un único centro decisor. Que lo más importante en ellas es lo que no se ve: la raíz, una raíz que escucha y se interconecta con hongos y otras raíces para conseguir que el conjunto sobreviva. Que la piel de un árbol se llama corteza. Que el gran poder de las plantas es el de animar lo inanimado. Y que de ese poder arranca la posibilidad de vida. La tuya, la mía, la nuestra. Para mí, el conocimiento de los árboles ha sido un gran maestro.

Cómo no sentir reverencia –reverencia significa respeto y admiración ante algo que es más grande que tú– ante la vida… Una tiene que tener la percepción muy dañada para observar un bosque y ver solo madera.

Dice Abi Andrews en el maravilloso libro Naturaleza es nombre de mujer: “¿Oyes la respiración del bosque? Bajo el suelo está su cerebro. ¿Lo oyes pensar a medida que pasa el tiempo? Unos hilillos de micelio, de una célula de grosor, se ramifican como neuronas y se conectan para formar debajo del bosque una red viva de varios kilómetros de longitud”.

¿Qué ciencia puede ayudar a anclarse en la tierra, conectarse con las otras vidas para encontrar la fuerza? Azarías, el personaje de Los Santos Inocentes, solo se rebela contra el señorito cuando éste mata a la milana bonita. El amor al animal, su conexión con él, su asesinato rabioso y absurdo, subleva a Azarías y hace brotar a borbotones la dignidad de esa vida humillada.

¿Cómo tener la sensatez de bajar a la tierra desde la atalaya que ciega? ¿Cómo hacer brotar a borbotones el sentido de pertenencia, el orgullo de ser terrícola? Wagensberg denomina estímulo blando a un detonante que proviene de otra conciencia y te agita. Una conversación, un cuadro, un libro, una mujer gitana que a ti, feminista paya, te señala tus privilegios; una lectura, un cártel de propaganda electoral racista, un desahucio, un poema, un amor, un insulto… Los estímulos blandos con frecuencia hieren, duelen, molestan. Es la perplejidad que surge e interpela lo que hasta entonces para ti era normal. Dice que esos estímulos blandos son imprescindibles para que aparezca el cambio, la creatividad y el conocimiento. Son sorpresas que obligan a reconfigurar, si nos dejamos interpelar por ellas, los imaginarios y nuestro saber.

Una sorpresa es algo inesperado que produce un cambio de ánimo.

El 30 de abril de 2016 una comadreja paralizó el mayor acelerador de partículas del mundo. Se coló en la instalación que la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) tiene a las afueras de Ginebra y provocó un cortocircuito. La pobre comadreja no sobrevivió al mordisco del cable. Tuvieron que pasar varios días antes de ponerse en marcha de nuevo el Gran Colisionador de Hadrones que algunos también llamaban la máquina de Dios. Imaginad la cara de Newton si alguien le contase que un bichito peludo de poco más de cuarto kilo podía para la máquina de Dios.

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