Economía Crítica y Crítica de la Economía

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La subida del salario mínimo como estrategia para crear empleo

Autor: Alejandro Quesada Solana

Categoría: Alternativas, Modelo productivo

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Muy recientemente se ha publicado un artículo en eldiario.es acerca de la subida del salario mínimo interprofesional. En dicho artículo se viene a defender que no hay evidencia empírica -especialmente para el caso estadounidense- de que una subida del salario mínimo tenga efectos negativos sobre el empleo. Nosotros vamos más lejos: la subida del salario mínimo puede tener un efecto positivo sobre el empleo.

Para ello, partimos de un esquema caracterizado por una economía de tipo wage-led (la española) en la cuál existe un subsidio por desempleo de última instancia, lo que podríamos llamar de facto un salario de subsistencia. Nos referimos a los famosos 426 euros que vienen a ser una necesidad política. Un país con seis millones de parados, más de medio millón cobrando la asistencia por agotamiento de prestaciones, no puede soportar que no exista una renta de subsistencia. De este modo la aparición de los 426 euros era una necesidad política más que económica. Una necesidad que, aunque mínima e insuficiente, celebramos.

De este modo, entre los desempleados, podríamos denominar como salario mínimo los 426 euros.

Por otro lado, de entre los empleados, el salario mínimo se ubica en los 645 euros. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de los desempleados son trabajadores con baja cualificación procedentes del sector de la construcción -sin despreciar al resto de trabajadores y trabajadoras-, la realidad es que los empleos a los que pueden acceder desde el desempleo son empleos de bajo salario. En parte como característica del propio empleo y en muy buena medida como aprovechamiento por parte de los empresarios de las tendencias de devaluación interna vía salarios. Es decir, los salarios están claramente a la baja por la existencia de un amplio ejército industrial de reserva (desempleados) lo que da un poder de negociación muy fuerte al empresario.

Así, la situación que proponemos es la siguiente: el trade-off -o diferencia- entre estar empleado y desempleado es de tan sólo unos 200 euros. De este modo, nos encontramos, en la práctica, con dos salarios de subsistencia: uno de empleo y otro de no empleo. Ambos salarios de subsistencia, por definición, vienen a reproducir simplemente las capacidades de consumo de la clase trabajadora (luz, agua, gas, hipoteca y alimentación y vestido básico, con mucha suerte) pero en ningún caso dan lugar a una reproducción ampliada (ocio, consumo no-básico, ahorro…). Es decir, los efectos sobre la expansión de la demanda agregada son mínimos, cuando no inexistentes.

Pero si desde un punto de vista macro -a través de la (no) expansión de la demanda agregada- no se dan las condiciones para un aumento del empleo, desde el punto de vista micro la solución es aún peor.

Un desempleado cuya expectativa de encontrar empleo supone un incremento mínimo de 200 euros, que además van a cubrir con poca suficiencia más un salario de subsistencia, tiene muy pocos incentivos a la búsqueda de empleo. Mucho más teniendo en cuenta que el empleo ofrecido -si tiene la fortuna de recibir una oferta de empleo- estará objetivamente pagado por debajo de una expectativa aceptable. O lo que es lo mismo, nuestro desempleado ve que en ese trabajo lo están explotando descaradamente.

De este modo, como decíamos, los incentivos para continuar en el desempleo son muy elevados dado que las alternativas ofrecidas son insuficientes. Hasta ahora, hemos venido a modificar muy levemente las ideas de los economistas ortodoxos que proponen la desaparición de la cobertura por desempleo para forzar a la búsqueda de empleo. En nuestro análisis, el trade-off entre empleo y desempleo es, del mismo modo que para los ortodoxos, muy estrecho lo que reduce los incentivos a la búsqueda de empleo. Sin embargo, apuntamos también que el problema no viene del lado del salario de subsistencia que ofrece el desempleo sino muy al contrario: que el salario mínimo también está concebido como un salario de subsistencia -al que están tendiendo los salarios ofrecidos debido a la devaluación interna- lo que provoca un claro solapamiento entre ambas situaciones dando lugar a una disfuncionalidad evidente.

Un alza en el salario mínimo interprofesional significativa, por ejemplo, hasta los 850 o 1.000 euros, llevaría no sólo a una recuperación de la demanda por la vía del consumo de aquellos trabajadores que verían incrementada su renta significativamente -apoyándonos en que la destrucción de empleo por este efecto sería mucho menor que la creación- sino que además los alcientes a huir de la situación de desempleo serían mayores. Es decir: lograríamos más empleo por un aumento de la renta y también una mayor disposición a trabajar (de la que tanto se quejan los ortodoxos) debido al aumento de la brecha entre salario de empleo y de no-empleo.

Pero esta medida, el alza del SMI, no sólo afectaría a los trabajadores cuyo salario esté en la banda de los 645 y los 849 sino que también afectaría al nivel general de precios y de salarios empujando ambos al alza. Además, la cuestión de la inflación tiene poca relevancia debido a que ésta es actualmente es muy moderada. Por el otro lado, el efecto contagio del aumento del SMI vendría a empujar aún más a la demanda vía consumo gracias al alza del resto de salarios.

Que los salarios mínimos “elevados” provocan desempleo no está ni mucho menos demostrado más allá de la pizarra teórica neoclásica -y así lo demuestra el citado artículo de eldiario.es-. De hecho el principal problema percibido por parte de los pequeños y medianos empresarios no es un problema interno o de costes, sino de demanda. Es decir, más demanda -más salarios- más empleo.

Por tanto, y en resumen, no sólo nos parece un error la congelación del SMI sino que, además, entendemos que éste debe ser más elevado y muy superior al salario de subsistencia de no-empleo.

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