Economía Crítica y Crítica de la Economía

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El asesinato descontrolado generará más de 15.000 puestos de trabajo

Autor: Alejandro Quesada Solana

Categoría: Fundamentos

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Es preocupante, cuanto menos, el papel que los economistas estamos teniendo en los últimos tiempos en todo cuanto acontece en Occidente. Y es preocupante digo porque si bien la economía es demasiado importante como para que se ocupe de ella un economista, todo lo que es la no-economía, lo es aún más. Me refiero, evidentemente, al medio ambiente, a la ciencia política o a las relaciones sociales y humanas, por ejemplo.

El análisis coste-beneficio ha sido una innovación de análisis económico de una importancia terrible -el término “terrible” está usado aquí con toda la intención- en el ámbito de infinitud de disciplinas y pautas sociales. Construir un hospital o no hacerlo depende del análisis coste-beneficio, al igual que edificar una autovía dentro de un parque natural. Todo se reduce a una especie de problema económico-matemático donde se le pone precio a todo. Hemos, gracias al análisis coste-beneficio, creado una especie de mercados para todo con derechos de propiedad sobre todo. Y como todo es ya mercancía y susceptible de ser convertido en precio, poner dinero sobre la mesa a cambio de una mercancía se ha convertido en algo normalizado, prácticamente connatural al ser humano y aceptado por éste.

El mecanismo es simple: se investiga una determinada enfermedad sí y sólo sí su demanda es capaz de colmar la oferta, es decir si los posibles beneficios superan a sus costes. La salud, que es un bien público, se ha convertido de la noche a la mañana en un bien sujeto a leyes de carácter privado, es decir, en la búsqueda y obtención de rentabilidad o bien en la minimización del coste a costa de la propia salud, tómese por ejemplo el aumento descontrolado de cesáreas en contraposición a los partos naturales o seminaturales que son mucho más caros y más lentos pero infinitamente menos peligrosos. O la protección del medio ambiente, que es difícilmente traducible a términos monetarios, se convierte también en mercancía del ámbito privado de la manera más simple; se le otorgan precios a la emisión de polución y si se es capaz de pagar esos precios con el desarrollo de la actividad “el sistema funciona” sin importar cuestiones básicas como que, por ejemplo, la destrucción del medio ambiente es dificilmente reparable y que no está sujeto a la lógica de las indemnizaciones, es decir, hacer el aire irrespirable no se repara a través de una compensación económica, sino que el aire, simplemente, se convierte en irrespirable y no hay vuelta atrás.

Todo es convertible en mercancía, todo es reducible a dinero y todo es transformado en negocio.

Pero el análisis coste-beneficio está conociendo unas cotas de irracionalidad que apabullan. La sociedad ha asimilado tan profundamente ese sistema donde todo aquello cuyos “beneficios” (generalmente sobrevalorados) superen a sus costes (generalmente infravalorados) que desmontar esa construcción intelectual se ha convertido en una tarea ardua. Tanto es así que tenemos ilustres Premios Nobel de Economía que se han dedicado a extrapolar el análisis coste-beneficio a todo lo humano: el amor, por ejemplo, está -para Gary Becker- sujeto a las pautas del coste-beneficio. Así un individuo decidirá enamorarse de otro si las rentas obtenidas -y ahí entra todo, desde los hijos hasta el pago conjunto de la vivienda- supera a los costes -el coste, por ejemplo, de no poder romper el monopolio bilateral de las relaciones sexuales, esto es, la imposibilidad de ser infiel; o el coste de soportar a los suegros, etc.- Todo es mercancia, todo es convertible a moneda y mesurable; y, lo lógico para los amantes del coste-beneficio, es que los seres humanos asuman e interioricen eso. Además, el analisis coste-beneficio es del todo parcial y, como decíamos un poco más arriba, deshumanizado. De este modo, y según Becker, un individuo delinquirá si los rendimientos esperados de su delito son superiores a la pena que pudiera sufrir sujeta a la probabilidad de ser capturado. Y ese es todo el análisis. Quedan fuera de la ecuación las condiciones sociales, la educación, el tiempo histórico o, por ejemplo, la legitimidad de las autoridades que señalan el delito e imponen la pena. Ese es el corazón del coste-beneficio: simplificar la realidad e interacción social a una simple transacción, como el que va al mercado a por fruta, dejando profundas cuestiones al margen del análisis.

Sin embargo, la última moda a la hora de mercadear con todo es, sin duda, la convertibilidad del beneficio en empleo como moneda de cambio y cuyo peso está, en el imaginario colectivo, más que justificado.

De ahí que el título del presente artículo sea tan escabroso. Imaginen por un momento que, en pleno arrebato de lucidez, un grupo de economistas bien pagados, con sus trajes caros y apurado afeitado, sacan a la luz un estudio según el cual, si se instruye a cierto tipo de jóvenes en la delincuencia más salvaje -con otros términos mucho más políticamente correctos, por supuesto; no olviden que nuestro grupo de economistas son gente con estudios, y muy caros por cierto- esto generará directa e indirectamente más de 15.000 puestos de trabajo entre los médicos y enfermeros que cuidarán a los heridos derivados de la violencia, policías para la detención y la seguridad, personal de construcción para la ampliación de cárceles, etcétera. Todo ello perfectamente adornado con un sofisticado análisis econométrico cuya complejidad matemática le aporta un toque mucho más riguroso. ¿Qué gobierno, en la situación de destrucción de empleo en la que nos encontramos, rechazaría tan suculento plato?

Lógicamente, como se puede comprobar es un ejemplo de alejada (¿?) realidad. Podría haber usado otros aún más increíbles, como que por ejemplo un par de grandes ciudades españolas estuviesen subastando su soberanía mediante exenciones fiscales, reducciones de control judicial o simplemente crear una especie de vacío legal para convertir una zona de la ciudad en un lugar sin ley, o mejor dicho, un lugar con una ley que permita hacer prácticamente lo que un inversor que haya prometido la creación de más de 15.000 puestos de trabajo directos en casinos, desee. Como comprenderán, es un ejemplo tan irreal que apenas merece la pena desarrollar ni reflexionar sobre él. El análisis entre el coste (político, de cesión de soberanía; social, de prostitución, drogas, etc; y económico, de blanqueo de capitales -por seguir a Saviano-) y el beneficio generado es, bajo mi punto de vista, imposible. Entrar en una ponderación de costes y beneficios acerca de estas cuestiones es entrar en un juego perverso en el que, por sí mismo, se acepta la convertibilidad en moneda común -dinero o empleos- de los heterogéneos costes contra los heterogéneos beneficios.

La cuestión que aquí se intenta poner de relieve es simple, ¿de verdad estamos tan mal en la lucha ideológica que los ciudadanos se han comenzado a comportar en homo economicus, dándole -de paso- una alegría al cadáver de Pigou? ¿Ha calado tan profundamente el individualismo que exporta el neoliberalismo que los conceptos como derechos sociales o comunitarios y su naturaleza misma no son ya más que papel mojado y convertibles en moneda de cambio, como cualquier otro bien? ¿Deben las relaciones sociales, como el matrimonio o las quedadas con las amistades, ser objeto de un análisis tan superficial y economicistas? Es más, ¿Es sensato entregar un Premio Nobel a quien propone la deshumanización de toda acción humana convirtiendola en objeto de transacción, de mercado?

Los y las ciudadanos y ciudadanas, tienen ante sí un reto simple, pero a la vez complejo como él solo: la reflexión como seres sociales.

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